Por Javier Pardo de Santayana

(In Esfahan. Acuarela de Behzad Bagheri en flickr.com. 41.5 x 62) (*)
Debió ser bella antes de que la desfigurasen; por lo menos tanto como para encender la pasión de un hombre hasta el extremo de que éste, despechado por su rechazo, la lanzara a la cara un ácido corrosivo.
Hemos visto su rostro ahora, pasados siete años del hecho. La piel está quemada de arriba a abajo; aparatosamente retorcida bajo la nariz y alrededor de su boca y aun más abajo del mentón. El resto se halla como alisado; como si hubiera sido arrasado por la espantosa quemadura. La cuenca del ojo izquierdo se nos muestra vacía y con la oquedad cerrada por una delgada película de piel. Solo el ojo derecho permanece en su sitio, pero de poco vale.
Ameneh Bahrami es iraní, y en su país impera la ley islámica; «de quisas» la llaman. O sea, la ley que el presidente Ahmadineyad quisiera imponernos en «Al Ándalus». Ya se sabe que en su opinión el Occidente está dejado de la mano de Dios. Ley equivalente a la judía del Talión; que en esto se parecen los unos y los otros. Según ella, el feroz enamorado – «o para mí, o para nadie» – habría de experimentar un castigo equivalente al sufrido por su amada.
Así que, cumpliendo el hispánico dicho de «a todo cerdo le llega su San Martín», al muy apasionado animal de nombre Majid Mohavedi le llegó la hora de experimentar en su propia piel y de la forma más exacta lo que él se permitió perpetrar sobre Ameneh. Pero – aquí viene la gran noticia – cuando solo faltaban unos minutos para la ejecución de la sentencia, la desgraciada muchacha dijo «alto» y, supongo que horrorizada en el fondo de su alma por el castigo, rompió todos los esquemas de la sociedad iraní pidiendo el perdón para su agresor.
Desconozco cual puede haber sido sido la reacción mayoritaria de los iraníes, aunque supongo que para ellos lo justo se identificará con lo oficialmente establecido por los ayatolás. Por eso imagino , y no creo que con ello me equivoque, que para los hombres, e incluso para una buena parte de las mujeres de aquel país, Ameneh será una mujer «provocadora y enemiga del régimen».
Pero, sobre todo, desconozco lo que movió a Ameneh a tomar su última decisión. Lo primero que oí en televisión fue que lo había hecho «por amor a Dios». Pero si nos atenemos a lo que otros medios dicen, el motivo no queda claro. Según dicen, la ley ofrece la posibilidad de pagar una «compensación económica» como alternativa a la ejecución de una sentencia según la cual un médico – o ella misma , según otros – vertería diez gotas de ácido corrosivo en cada ojo del condenado. También dicen que Ameneh insistió siempre, hasta su sorprendente cambio en el último minuto, en que se aplicara la venganza para evitar futuras víctimas. Y añaden que ahora el agresor tendrá dificultades para pagar la cantidad establecida, que serviría para atender a gastos médicos, y cuyo montante sería, por lo que dicen, notablemente inferior a la exigida por la víctima.
Así resulta difícil llegar a una conclusión definitiva. Pero ya sabemos que la tendencia de hoy es a subrayar lo malo y omitir lo bueno. Que es raro que alguien crea en la bondad, y que, si la encuentra, tenderá a ocultarla. Por eso yo quisiera quedarme con aquella primera frase – «lo he hecho por amor a Dios» – que respondería a la decisión de una mujer excepcional.
Cualquier otra cosa sería para mí respetable y objeto de comprensión humana; es más, sería una prueba más de hasta donde llega la necesidad de supervivencia o la triste realidad de la vida. Mas yo insisto en que prefiero creer que las verdaderas palabras de Amenah fueron aquellas primeras que oí, y que esas palabras brotarían del fondo de su conciencia atormentada. Una conciencia donde encontraríamos el perdón; un tesoro que solo parece residir en el corazón de los cristianos.
Y me digo: si así fuera, ¿qué pensaría el desalmado que borró su rostro? Pues supongo que se daría cuenta de que, si bien consiguió arruinar la belleza, la lozanía y las ilusiones de esta mujer – lo que nosotros llamaríamos «su vida» -, no pudo destrozar su alma, que en tan pavorosa situación se habría mostrado con ejemplar grandeza.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm6.static.flickr.com/5046/5342402970_edd6e93327_b.jpg