Alegría tranquilizadora de la naturaleza y el silencio

Por Carlos de Bustamante

(Sol entre pinos. Acuarela de Francisco Pedro Roldán)(*)

Ignoro por completo si la alegría nace con la persona. Dicho de otro modo: ignoro si cada ser humano que nace, lleva en los genes alguna herencia de alegría. Como se suele decir de otras muchas cualidades o defectos, no sabría decir “si se nace” con ellos, “o se hace” posteriormente. Como todos cuantos pasaron por momentos de alegría y otros su antónimo: la tristeza o el pesimismo, puedo sólo emitir mi opinión. La que basada en la simple experiencia, no se apoya en fundamentos científicos ni filosóficos. Digo, nada más.

Digo, que la edad es escuela en la vida de personas normales (corrientes y molientes). Asignatura, pues, que he estudiado durante años. ¿Qué cuántos?: fácil: los que tengo. Experimentado.

No recuerdo si, recién nacido, lloré como Dios manda o no. Seguro que entonces no manifesté alegría alguna. Lloré. Si los vagidos guardaban proporción con el tamaño, lloré lo que no está escrito. Tampoco recuerdo hasta cuándo. Debí ser muy vulgar. O sea, como la mayoría. La mayoría que he visto en mis hijos, fue lo que se dice prosaica. Dejaría de llorar, como ellos, cuando recibí el primer alimento. Nací con hambre. Como todos. ¿Por qué?: será, digo, y perdonen que utilice la sabiduría popular y no la improbable mía, porque “el que no llora no mama”. Lloré mucho. Nadie me lo ha dicho, nadie. Pero yo lo sé. Alguien anotó mi peso. Chicarrón.

Cuanto me alcanzan los recuerdos, fueron felices. Alegres. Gracias a mis padres. Recuerdos, pues, alegres de la primera infancia. Como la mayoría, ajeno a los sucesos más íntimos de mi entorno. La austeridad propia de la gran familia militar, no me causó ninguna pena. Natural y sobre la marcha, asimilé la gran lección: la alegría no procede del tener, sino del ser.

Como mucho en casa no recuerdo que tuviéramos, deduzco que mis padres “eran” alegres. Hasta muy entrado en años, no comprendí la causa. ¿Acaso es posible la alegría vivida con causas tan adversas? Afirmativo.

Consciente, luego, de las circunstancias, no creo, ahora, posible la alegría sin amor.

Sirva, pues el rodeo, para esta primera conclusión. Difícil, imposible, la alegría cuando falta el amor o el Amor. Normal que falte la alegría, si falta la persona a quien se ama. Extraordinaria la alegría cuando, pese a la falta, se tiene.

Conclusión segunda y evidente: si por tremenda ausencia, faltó pronto en nuestra casa la persona amada, tuvo –si mi deducción no es errónea, que no lo creo- que mantenerse la alegría (que la tuvimos) por el Amor. Lo que los hijos tardamos en asimilar, lo vivió nuestra madre como las mujeres fuertes de la Biblia. Apoyada en ese Amor y haciendo “de tripas corazón”, supongo, nuestra madre hizo, con alegría singular, de padre y madre. La asimilamos, seguro, con el ejemplo. No hubo truco alguno. Si Dios, dicen-y dicen bien- es Amor, de Él le vino la alegría. La que nos transmitió.

Fue preciso el paso de los años, para comprender el heroísmo. Seis hijos varones, seis, distinto aparentemente cada uno, nos igualaba la alegría. Por el gran amor a nuestra madre primero. Y por otros y sucesivos amores luego. Extraordinaria herencia. Nos crecimos ante las dificultades. Si no las mismas, sí fundamentadas en cómo se vivieron en nuestra casa. Con mayor o menor intensidad, según épocas y circunstancias, entendimos e intentamos imitar el amor y el Amor que presidió el hogar más materno que paterno.

Hasta aquí muy lógico – aunque no fácil-, pero razonable. Hubo, sin embargo, otra causa, que explica el título de referencia.

Providencialmente, gran parte de la niñez, adolescencia y juventud, la vivimos en el campo. Nos dejó huella. Con mayor propiedad: nos imprimió carácter. Amamos la naturaleza. Nos identificamos con ella. El “objeto” amado, correspondió con el don de la alegría.

La contemplación del campo y la naturaleza en las diferentes estaciones, nos llenaba. En silencio “clamoroso”, desde entonces y para siempre nos llenó de alegría. Miramos y vimos una y mil veces la belleza que encierran valles, páramos y montañas. Tierras feraces de cultivos, y secarrales yermos. Fue y es nuestro elemento. No sin nostalgia hoy, es y fue nuestra alegría. Y perdura. Lo viví hace años. Se lo narro como lo recuerdo:

Compartía despacho como comandante jefe de la Cuarta Sección con el entonces también comandante jefe de la Tercera, mi inolvidable amigo Carlos Ruiz Ballesteros (q.e.p.d.). Poco tiempo después y por más que sobrados méritos propios General de Brigada. Hoy, sin los ascensos que aquí sin duda mereció, en la mejor Compañía que puede disfrutar un hombre de bien con la competencia envidiable de quien entregó “todo” en servir a Dios y a España como merecen ser servidos. Cristiano de una pieza, nos contempla desde el Cielo ganado día a día, con visión tan humana como sobrenatural.

Me saldría del tema relatar las vicisitudes de ambos, vividas y trabajadas en estrecha colaboración en nuestros respectivos destinos. Baste decirles, que, con trabajo intenso, superior con creces al exigido, viví con él y junto a él un período inolvidable de mi vida en la milicia. Jefe de Operaciones, él planeaba las que yo secundaba no sin dificultad, dadas las exigencias de las múltiples maniobras y actividades que con incansable afán del deber hacia superiores, subordinados y soldados, preparaba con impresionante y meticulosa naturalidad.

Las maniobras de aquel año se llamaban “Cabrera 198…” y suponían poner a prueba la capacidad de traslado en ferrocarril, vehículos propios, y aún más en el “coche de san Fernando”, tan propio de la Infantería. También de supervivencia en un medio realmente difícil cuando no hostil por la climatología y material que conlleva un Batallón al completo de un Regimiento mecanizado.

Peñalba de Santiago es un pueblo con un claro sabor medieval, en el que podremos disfrutar de una gran belleza paisajística y monumental al igual que de la tranquilidad que nos ofrece el majestuoso Valle del Silencio. Dentro de este precioso marco, destaca la presencia de una de las joyas del arte medieval-mozárabe: la iglesia (siglo X). El pueblo se encuentra situado a unos 20 kilómetros de Ponferrada, en el valle del río Oza. Valle del Silencio. Entre una gran masa boscosa de abedules, castaños y robles, encontramos el caserío tradicional de Peñalba de Santiago. Está formado por una aglomeración de casas de piedra con cubiertas de pizarra, y balconadas de madera en forma de corredor, las cuales discurren de forma escalonada hacia el valle. La vegetación, exuberante, pugna por adentrarse en las viviendas “desalineadas”.

Hasta aquí, el Batallón mecanizado pudo, a duras penas, poner a prueba la capacidad del movimiento de aproximación al supuesto enemigo. En ferrocarril primero, por caminos luego (pues nada tienen -o tenían- de carreteras) de dificultad sólo superada por la intrépida pericia de los conductores. Fue preciso luego vivir, moverse, sin llegar a combatir, en el medio que a la Infantería le es propio: un terreno de belleza impresionante; mas, ¡ay!, pareja a la dificultad creciente. Como el “enemigo” estaba distante tras las altas cumbres, sucedió algo insólito. Lo que no consiguió la marcha dificultosa, pero alegre a través del bosque por sendas cada vez más empinadas, sobre los infantes al completo de equipo y armamento, lo consiguió el Valle: “Silencio”.

Cuenta la leyenda que el que fuera sólo eremita y luego san Genadio, instaló su retiro lejos del mundanal ruido en la cueva que lleva su nombre: gruta en roca viva, difícil de localizar sin “peinar” el terreno; como hicieron los soldados del Batallón de San Quintín.

Relatan los lugareños al amor de la lumbre con maderas olorosas que, deseoso el santo de concentración para meditaciones trascendentes, le molestaba el continuo murmullo del río Oza. “Culebra que entre flores se desata”, que se precipita monte abajo en continuas cascadas ruidosas. Tampoco le ayudaban en su total retiro al ermitaño los cánticos de las colonias de pechiazules, bandadas de perdiz pardilla, chovas piquirrojas, aullidos de lobos procedentes de la vecina sierra de la Cabrera y el Bierzo e infinidad de aves alborozadas en los señoriales dominios de la Hoya berciana y montes Aquilianos.

De carácter recio el monje eremita, ordenó enérgico: “¡Cállate…!” Como si la orden hubiera llegado al Batallón en claro olvido de los mandos, la marcha se hizo, sin previo acuerdo, absolutamente silenciosa. Valle del Silencio. En el que las botas de los soldados se asentaban sobre las asperezas del terreno sin el más leve ruido de pisar sobre ramas viejas, esparcidas en el santo suelo, que hubieran chascado ruidosas al romperse con la reciedumbre de las pisadas. Valle del Silencio. Total. Cueva de san Genadio. Siseo del río Silencio, que no llegaba a susurro. Río que para no murmurar en cascadas, aparecía y desaparecía en las irregularidades de los montes Aquilianos. Silencio en la tropa y mandos, durante el que entendimos las silenciosas oraciones del santo. Claros en el bosque a mayores alturas. Y nieve en la cumbre. Batallón mecanizado del Regimiento san Quintín -32- en aproximación silenciosa al enemigo, pie a tierra, por terrenos de montaña. Nieve por encima de las rodillas y comida caliente al otro lado de la cumbre (Cima de Aquiana) preparada en las cocinas de campaña en el lugar que sólo Dios sabe -también el Jefe de la 4ª y formidables subalternos – por qué caminos llegaron. No sucedió allí el “Milagro de Empel” como en los Tercios de Flandes. Tampoco nada que fuera anormal en la dificultosa marcha a través de la “Ruta del campo de Bouzas”; o con datos imprecisos, digo, los que aún permanecen en la memoria. Peripecias por los montes de Valdueza, los Aquilianos en Peñalba de Santiago, Bouzas, Compludo… El tránsito de un Batallón de “locos infantes”, nunca a la aventura improvisada, por pueblos como san Esteban de Valdueza, Ferradillo…Pero sí hubo quien agradeció a la Patrona de los montañeros -Virgen de las Nieves-, el parte “sin novedad”, finalizadas las muy duras maniobras.

Alegría por amor a la naturaleza. Tranquilidad serena, amorosa, del silencio.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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