Historias de mi madre. Nuestra Señora “la Bien Mirada”

Por Carlos de Bustamante

(Imagen de Nuestra Señora “la Bien Mirada”, que conserva la familia Bustamante) (*)

Foramontanos de la Montaña (y perdón por la redundancia), por la que hoy llamamos Cantabria, mis abuelos paternos se afincaron en Valladolid. Adquirieron una casona en la Plazuela de san Miguel. Zona noble del Valladolid cortesano. La casa no desentonaba de las mansiones cercanas al Palacio Real. Aunque, por razón de la profesión de mi padre, conocí otras, porque viví en ellas, que eran viviendas militares. Más o menos a la edad del uso de razón, nos asentamos definitivamente (¿) en la Plazuela de san Miguel número cuatro.

Brevemente, es preciso que les describa la parte de la casa que tiene relación con el título expresado arriba. El amplio cuarto de estar, tenía balcón y mirador a la Calle de la Concepción y plazuela. Era, pues, luminoso y alegre. Dos grandes portones daban paso a un gran salón que, tapizados varios tresillos y grandes cortinas en puertas y balcones en tela de raso rojo, le dieron el sobrenombre de “salón del Arzobispo”. Nuevos portones comunicaban el salón inmenso con otro no menos inmenso comedor.

Abiertos todos desde el cuarto de estar al comedor, aquello era de una amplitud en absoluto común. En el salón del Arzobispo y frente por frente a los portones de entrada desde el recibidor (ni hall, ni leches, con perdón) la vista acudía, sin remedio, al bargueño que, labrado todo él en marfil con preciosas columnas torneadas, realzaban aún más el resto de múltiples cajones recubiertos exteriormente de panes de oro. Esa maravilla-que se llevaba al palacio real cuando en él se hospedaban los reyes-, servía de trono mayestático a la Señora que acompaña esta historia y que titulé-porque lo era- Nuestra Señora la Bien Mirada.

Cuando cada uno, o alguno por lo menos, de los hermanos entraba o salía de casa, y aunque sólo fuera por breves instantes, abría la puerta del salón, miraba a la Virgen con el Niño que pueden contemplar arriba y sin decir, o sí, nada-según cada cuál- con la vista lo decía todo. Había ocasiones en que a esas miradas, de ninguna manera se las podía calificar de “simples”. Era cuando sucedía en casa algún acontecimiento singular: una celebración familiar, una visita importante, una necesidad perentoria, un éxito…o fracaso… Eran ocasiones en que la mirada se convertía en verdadera oración de petición, acción de gracias, o mirada –siempre enamorada-en angustiosa súplica de auxilio.

No es mi intención dramatizar, pero como en cada familia hay siempre algo de lo mencionado, o de todo un poco, la consecuencia es que miradas de uno u otro signo eran diarias, frecuentes, o muy, muy especiales.

Porque humanos mejor entendemos las cosas de la tierra que del cielo, la interpretación y sentido de las miradas, sin necesidad de más comentarios, de sobra sabe cada uno qué se dice en ellas aunque “sólo” se hagan sin palabras.

¿Quién no recuerda el significado de la contemplación de la madre a su hijo recién nacido? ; ¿o nacido y a la edad correspondiente, la alegría en los ojos de la que le ve –le mira cuidadosa, dar los primeros pasos?; ¿o dejada la infancia, ver cómo hijo o hija se acerca a recibir por vez primera el Sacramento de la Comunión? ¿Y en las bodas o bautizos? Pues así, o parecido, eran las que salían de nuestros ojos y que nuestra Madre recibía, supongo, agradecida. Queda, pues, claro, que es cosa bien distinta ver que mirar. Como distinta fue la de esa Madre a su Hijo en brazos.

¿O qué hijo no se postra ante la Madre del cielo, para pedir con ojos suplicantes, la salud de una madre terrena en grave peligro de muerte?

Todo eso lo recibió nuestra preciosa Señora en el salón del arzobispo.

Aunque no alegre, imposible omitir un hecho singular, de la que Ella fue testigo.

A propósito no puse en interrogación otro párrafo sobre las miradas debidas a nietos, porque nuestra madre terrena aún no tenía. Lo que, fácilmente es deducible que sucediera (llegada del primer nieto), y que, aún con enorme emoción, no debo omitir, porque me impactó:

A pesar de la grave enfermedad de nuestra madre, la profesión -la milicia- de sus hijos mayores, les obligaba a incorporarse a sus destinos, solicitados voluntariamente.

Los dos que, por intercesión de la Inmaculada del colegio Santiago acabábamos de ingresar en la Academia General Militar, hubimos de partir a tierras africanas.

No se nos pasó inadvertida la contemplación de nuestra madre, cuando marchamos, como lo hiciera con nuestro padre cuando marchó a tierras donde, soldado (oficial artillero) de España, vivió jornadas terriblemente heroicas. Como aquellos tiempos tampoco eran tranquilos en nuestro Protectorado que costó tanta sangre española, la admiración de despedida a sus hijos, fue de inquietud inenarrable. Pero el tercero vivo de los Bustas (había fallecido el primogénito a los diez años de edad), volvió pronto a España.

Con una oposición comprensiva por la precoz determinación, nuestra madre había dado el “placet” a la boda de su tercer hijo de tan solo veintitrés años. El “mejor casarse que abrasarse”, lo había entendido en su más pleno sentido. Debió ser ella la que, con algo más que la vista, intercedió a Nuestra Señora.

A pesar de la enfermedad, con ánimos más heroicos que animosos, pudo estar presente en al menos la boda de uno de sus hijos. Tal vez sólo el contrayente pudo descifrar en el más pleno sentido, el ver y mirar de unos ojos, con lágrimas contenidas, que lo decían todo. Primera hija en su casa -todos éramos varones-, y vestida de novia primorosa. La novia, mi mujer, recibió todo el amor de una madre ante su única hija, que sería primera y última conocida.

Sólo, creo, el contrayente, pudo darse cuenta perfecta del sentimiento de ausencia, a la vez que contemplaba, orgullosa, a sus tres hijos, militares en uniforme de gala, y a los otros dos en disposición ya de abrirse camino en la vida.

Supongo que sólo el contrayente pudo darse cuenta de su pena, cuando tras breve viaje de novios, su hijo con la nueva y primera hija, partían juntos, otra vez a tierras africanas. Ni el recién casado mismo pudo nunca saber, aunque lo imagine, qué le pediría, a solas, a la Bien Mirada, para los hijos que marchaban sin seguridad de volverlos a ver.

Volvimos. La carencia de lo más elemental para dar a luz en el lugar de destino, hizo que sucediera el milagro: a los pocos días de estancia en Valladolid, los ojos amortiguados de una madre, pudieron encenderse en puro agradecimiento al estrechar entre sus brazos, a su primer y único nieto que conocería. Con el alma y corazón encogidos, contemplaba la escena, enternecedora como jamás contemplé ninguna:

-“Es niño, pero muy rico”, dijo desde la cama al tiempo de dirigir la vista a una imagen de la Virgen con singular parecido a la del salón. Corrí, y sin hablar palabra alguna, caí de hinojos ante quien no necesitó palabras para saber lo que no dije.

Siento no poder transmitir sonrisas en esta tremenda ocasión. Por el contrario, sí debo decirles, que, arrasado en lágrimas, apenas si pude ver a la que en mi interior más profundo mientras se me rompía todo, le daba las gracias por haberle concedido conocer en vida a su nieto. Lástima que no conociese a nuestras seis hijas, seis, que vinieron luego.

Entre muy pocos días de felicidad, tristeza y gozo, todo mezclado, llegó el de nuestra partida. Todos entendimos ahora la diferencia entre ver y mirar. Por la que recibimos de nuestra madre terrena y la que imploramos a la del cielo. Recibió a su nieto bautizado con inmenso cariño en el lecho del que no se levantaría.

No había transcurrido un mes, cuando volvimos para darle el adiós definitivo. Nos quedaba en el salón, la Bien Mirada Virgen con el Niño.

Cuando, también sin palabras le decía mi despedida, de rodillas sobre la alfombra que, haciendo juego, cubría el suelo de tarima en el recinto del Arzobispo, tal vez inoportuno, recordé:

-¡Niños, podéis asomaros al salón; pero no piséis la alfombra nueva, que es habitación sólo para visitas!, fue la advertencia severa a unos hijos, que en juegos intrépidos por toda la casa, “no dejaban títere con cabeza”.

Salvo un día. Al marcarse la tarima sobre la nueva maravilla, aconsejó el entendido, colocar un mullido debajo con paja larga de centeno. La obra se realizó enseguida.

-Y ahora, aconsejó el experto, conviene pisar en toda ella, para que así se asiente por igual.

-Es una labor, aconsejó ante nuestros oídos atónitos, que bien pueden hacer los niños.

-¿Podemos entrar ya mamá?, preguntamos a coro y boquiabiertos. Permiso concedido y… recomendado.

Fueron tales las carreras, brincos, saltos y voltinetas, de cinco criaturas como desbocadas, que en una mañana festiva, quedó la alfombra planchada, las pajas de centeno asentadas; y luego, los cinco niños vomitando; mareados, claro…, en el cuarto de baño.

Destinado a la Península, los novios -casados y con un hijo más lo que viniere-… ocupamos la casona; contraste inimaginable con la “casita del moro”, alquilada en el Marruecos ahora independiente. De una sola habitación, dividida para diminutos cuarto de baño y cocina, a aquella enorme mansión de catorce balcones a la calle, más inmensa galería al patio, había un abismo. Por si esto era poco para la nueva ama de casa, tenía a su cargo cinco varones, cinco, el primogénito de pocos meses, más dos nuevas hijas, mellizas y sietemesinas. El servicio en estas condiciones, brillaba por su ausencia.

Con las exigencias amables, pero propias de los que estaban en edad de buscar la media naranja, la atención personal a cada uno más la limpieza, más los niños, más el marido, hicieron que aquella niña curtida en tierras del moro con sobresaltos y peligros ciertos, se curtiera en lo menos fácil misión de la casa inmensa y familia, de golpe, numerosa. Bien es verdad, que el cariño con que siempre desempeñó, y bien, las labores, se vio también siempre correspondido con el no menor de sus nuevos hermanos. Con una estimable aportación económica de cada uno de los que percibían sueldo, la economía hoy se diría que era sostenible. Muchachas, como se denominaba entonces al servicio, se presentaron varias. La sonrisa de entrada, se les borraba de golpe en cuanto veían el panorama. Cinco hombrones de armas tomar, en una casa de perderse, ¡y con niños!, eran motivos más que suficientes para quien entraba decidida por una puerta, saliera escopeteada por la otra.

Con paternidad responsable, pero sin miedo al amor del que vienen los hijos, no tardó mucho en llegar el cuarto/a del joven matrimonio.

Fue preciso tomar una determinación: vacío un chalé en la Rubia, barrio vallisoletano donde se ubicaba mi acuartelamiento, propietario del inmueble y separado de él por tan solo una tapia, decidimos el traslado. Parte de los muchos muebles de la casona, vinieron al chalé de la Rubia; entre ellos, el bargueño con Nuestra Señora la Bien Mirada. También alguno de los hermanos, que ya en nuestra casa, nos siguieron ayudando.., y dando trabajo, pero menos. Los niños tenían lugar sobrado de esparcimiento en el jardín; incluso disponíamos de una pequeña piscina donde “chapucarse” en verano. Época feliz, como nunca tuvimos otra. Nª Sª seguía siendo mirada. Y con Ella, absolutamente protegidos.

Nuestra casa, siempre amable, se convirtió en lugar preferido de reuniones y festividades familiares. Cumpleaños, Navidades… eran motivos de máxima unión familiar, que allí se encontraba a gusto. También nosotros con ellos.

Pero nunca dura mucho la alegría en casa de los “relativamente” pobres. A los hermanos, poco a poco “los fuimos casando”… Los niños se hacían mayores. El amor generoso nos trajo otro/ a. Y comenzaron los colegios. Aunque entonces tuvimos muchacha fija y “aña” para ellos, imposible el traslado y recogida varias veces al día desde tan lejos. Tal vez demasiado pedigüeños con nuestra Madre, Nª Sª La Bien Mirada le tocó en el reparto de bienes al mayor de los hermanos.

Y porque todas las advocaciones, con o sin Niño de la Virgen, son la misma Madre, desde entonces y hasta nuestros días, fue la Inmaculada, regalo de don José Velicia por nuestra boda, la que sigue recibiendo miradas de cariño en lugar preferente de las sucesivas viviendas que, a partir del chalé añorado de la Rubia, hemos ocupado. Ya la conocen: la preciosa talla coronada, que siempre adornada con rosas, preside el cuarto de estar y hasta hace de “filtro insuperable” en la pantalla del instrumento donde trabajo.

El hijo único varón y seis niñas, seis, de las que dos nos esperan… allá arriba, en el cielo, todos volaron. Y fundaron sus propias familias. Con soledad intermitente (en realidad los abuelos nunca estamos solos), ¿habrá mejor compañía que nuestra Inmaculada regalo de boda, que vive con nosotros desde hace cincuenta y cinco años…? Pero nunca olvidada la otra, cuando comencé el ininterrumpido ir y venir de Valladolid a la Dehesa, recordaba al Niño precioso en brazos de la Virgen y brotaba enseguida la oración cantada:

No sé Niño hermoso
Que he visto yo en TI
Que no sé qué tengo,
desde que te vi.

Tus tiernas mejillas
De nieve y carmín
Tus labios hermosos cual rosa de abril
Tu aspecto halagüeño
Y el dulce reír
Tan profundamente
Se han grabado en mí
Que no sé qué tengo,
desde que te vi.

Que no sé que tengo,
desde que te vi…

Y repetía, pausado, ceremonioso, enamorado: “Que no sé qué tengo/desde que te vi”…

—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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