Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de Emilio López Martín, de felicitación de Navidades, en 100×81.ning.com)(*)
En mi artículo anterior me referí a las impolutas tapias de Johannesburgo, bordeadas de jardincillos de agapantos y rosas blancas y coronadas de grandes árboles, muchos de ellos en flor. Esto tiene su mérito, porque la región de Gauteng – pronúnciese algo así como «jauten», acentuando la primera sílaba – situada a unos mil setecientos metros de altitud, es territorio de sabana africana, y esto confiere a la ciudad la categoría de un gran oasis creado por la voluntad del hombre. Pero también hablé entonces del desequilibrio y de los contrastes sociales. Y el primero me surgió al ver de refilón el agresivo y estúpido gesto de un grafito embadurnando una pequeña tapia de Yeoville, barrio por lo que parece de bastante peor catadura que aquellos que se extienden por el noroeste de la ciudad.
Habíamos salido temprano, como aquí se hace todo – y cuando digo temprano, es temprano – en busca de un nacimiento sudafricano para uno de mis hermanos, que ha reunido una bellísima colección de estas pequeñas obras de arte. No teníamos GPS ese día, pero el i-pod de mi hija fue suficiente para conducirnos adecuadamente hasta el mercadillo en el que podríamos encontrarlo. Mas a partir de aquel punto empezamos a improvisar el recorrido.
Conviene explicar, puesto que de otra forma el lector podría hacerse una idea muy distinta de la real, que cualquier parecido entre las calles de Johannesburgo y las de cualquier ciudad española debe ser desterrada de antemano si es que queremos visualizarlas de alguna forma. Olvídese, por tanto, de esas casas de pisos a las que estamos acostumbrados, y de los bares, cafeterías y tiendas de ultramarinos o de cualquier otro tipo que podamos imaginar. Johannesburgo es, de entrada, una ciudad absolutamente horizontal sobre la que sólo emergen algunos – pocos – islotes de edificios altos entre los que destaca el CBD, siglas que corresponden a «Distrito Central de Negocios». Pero como deducirán ustedes de su nombre, tampoco es ésta zonas de viviendas, así que pasamos directamente de los barrios de lo que aquí consideraríamos grandes casas con grandes parcelas, como el de Sandton, a las aglomeraciones de pequeñas casas rectangulares de una sola planta con tejados metálicos como Alexandria o Soweto, donde cualquier vehículo o ciudadano susceptible de ser expoliado deberá evitar internarse, al menos si nos atenemos a los consejos «oficiales».
Decía yo que a partir de determinado punto del recorrido empezamos a «improvisar» con la idea de dirigirnos hacia una zona dominante que nos proporcionase una buena visión de conjunto de una ciudad que, como Johannesburgo, está asentada sobre un terreno sumamente ondulado, y donde se pueden distinguir lomas y valles cubiertos de verdor y riachuelos que alegran el panorama. Pues bien, estando en trance de buscar un buen punto de observación, fuimos a caer en la trampa de una larga «calle» o llámenla ustedes como quieran, conocida por el nombre de Louis Botha, importante personaje que fue el primero en ostentar el cargo de Primer Ministro en el moderno estado de Sudáfrica, conocido entonces como «Unión Sudafricana.»
Así fue como llegamos al barrio de Yeoville, en el que pude ver las primeras – y únicas – pintadas de la ciudad, y así fue como, también, acabamos por dar con nuestros huesos en uno de esos meollos urbanos que las autoridades aconsejan no visitar jamás, y no digamos si es de de noche. Y quizá nos librara de mayores males que andábamos a plena luz del sol, porque llegamos a encontrarnos materialmente bloqueados por un caos de gentes y vehículos de toda clase y condición en el centro de un Johannesburgo tenido por una de las ciudades más peligrosas del mundo. Mas no cundió el pánico, ya que la experiencia africana de la conductora nos permitió afrontar la situación con la mayor serenidad e incluso con sentido del humor. La verdad es que el aspecto de la gente no nos pareció del todo agresivo, motivo por el cual, aun reconociendo que al final alcanzamos el puente de Nelson Mandela con cierto alivio por nuestra parte, llegamos a la conclusión de que quizás haya un punto de exageración en toda esta desagradable cuestión.
Donde sí que pudimos ver una una expresión mezcla de asombro y de terror fue en el rostro de Regina, una mujer zulú del servicio seria y ya de cierta edad con la que tuve ocasión de conversar sobre algunos asuntos interesantes, como la corrupción que lastra el progreso de aquel país o la la resistencia de los políticos a cambiar las cosas por razones de puro interés personal. Sí, efectivamente, cuando aquella mujer supo de la inquietante situación por la que habíamos pasado y acerca de la cual la habíamos informado con desenfado e incluso con cierto sentido del humor, abrió los ojos como platos y nos dio toda clase de consejos prácticos para ocasiones como la que acabábamos de vivir; como, por ejemplo, que en caso de perdernos por semejantes andurriales acudiésemos en derechura a una estación de servicio – garaje decía ella – y preguntásemos cómo salir de allí sin mayor daño, pero no preguntando al primero que encontráramos sino a los empleados mismos; y, desde luego, cerrar las portezuelas del coche a cal y canto sin el menor miramiento. El caso es que, según nuestra bien intencionada consejera, estuvimos en peligro cierto de que nos dejasen más o menos en calzoncillos y teniendo que salir del enredo a pie descalzo.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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