Por Javier Pardo de Santayana

(Aeropuerto. Acuarela de Laurentino Martí en la XI Exposición Internacional de Acuarela, Segovia, Junio 2009.50×70)(*)
Vuelo nocturno. El escenario es la cabina de un avión. Brillan las pequeñas luces de los mandos formando una gran constelación en el interior. Fuera, dos líneas semejantes de pequeñas luces. La más próxima, la costa de África que vamos dejando atrás. La que percibimos al fondo, la costa levantina que se nos aproxima.
Estamos conversando con el comandante. Es un navarro corpulento que da todo el tipo de su profesión. El copiloto interviene de tarde en tarde para contestar alguna pregunta mía o para comunicar con el tráfico, pero sigue con interés nuestra conversación. El comandante nos hace ver que ya no se utilizan los «cuernos», esa especie de volante con el que tradicionalmente se gobernaban las aeronaves de transporte. Ahora el comandante dispone a su izquierda de una especie de joystick. Toda la información procedente de los mil y un mecanismos y mandos de una u otra clase acaba resumida en una pequeña pantalla. Y si se produce una avería, en otra pantalla parecida aparecerán reflejados los pasos que hay que dar.
Pero todas estas interesantes explicaciones son superadas por el calor humano. El comandante fue piloto militar, como su padre, así que la conversación empieza a centrarse en gente que él conoce y que nosotros conocemos también: gente, sobre todo, del mundo de la aviación. Empiezan a surgir nombres de amigos y conocidos de unos y de otros. Un tío de mi mujer fue uno de los más famosos pioneros del aire; él conoce a un compañero mío de vuelo; recuerdo mi entrada en Chicago pilotando una L-4. Viejos tiempos. Así van saliendo nombres y más nombres. El comandante tira de i-pod o de i-pad, que me armo un lío con unos y con otros, y aparecen las fotos familiares. Resulta que un hijo suyo está casado con una chica pariente de mi mujer; nos habla de unos hermanos navarros amigos suyos, y resulta que salieron de jóvenes con mi mujer y una hermana mía. Y para mayor casualidad, es vecino de piso de un cuñado de mi hermano mayor…
Pero no son éstas las casualidades más sorprendentes. Porque ese mismo día, en una tienda del centro comercial de Sandton, una señora joven se acerca a mi mujer y la pregunta: «Señora, ¿vive usted en El Coto? Porque ayer la vi por ahí. Lo dije aun sin saber si era española, y los demás se rieron como si no lo creyeran». Y así comenzó una breve conversación: «¿Y de qué me conoce usted?» «De la parroquia». «Pues yo he estado aquí para reunirme con mis hijos, pero ya me vuelvo esta noche.» «¿Y con qué línea vuela?» «Con Iberia». «Pues nosotros – la señora señala a un grupo de otras cuatro personas que la acompañan – les llevaremos a Madrid». «Mire usted, éste es nuestro comandante, éstas las azafatas fulanita y menganita y éste nuestro auxiliar de vuelo. Por cierto fulanita es de Monte Calderón, o sea, también vecina nuestra».
Así fue como conocimos a toda la tripulación y a nuestro Comandante, y como nos vimos atendidos y agasajados como pocas veces antes, y como acabamos en la cabina del avión mientras, sin intervención humana, éste volaba en dirección a su destino.
Siempre dije que en nuestra vida se producen más casualidades de las que reconocemos, y que para encontrarlas todo consiste en hablar con la gente cuando surge la ocasión. Ésta de Johannesburgo, sucedida ya al límite de nuestra estancia allí, es una de las muchas que recuerdo.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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