Código de barras

Por Javier Pardo de Santayana

(Urbano XXI. Acuarela de Javier Cruz en javiercruzarte. blogspot.com)(*)

Yo no sé qué esperan para darles el Premio Nobel. Me refiero a esos genios que inventaron el código de barras y el lector que lo registra. Si mal no recuerdo, empecé a admirarles cuando vivía en la villa de Mons, esa ciudad belga que ostenta el retrato de Felipe IV en su Plaza Mayor. Fue en una tienda del centro donde hicimos unas compras. Todo esto me sitúa más o menos hacia el año noventa y uno o noventa y dos. Pero quizá me traicione la memoria y fuera algún tiempo antes, puesto que hay quienes dicen que lo trajo Mercadona hace veinticinco o treinta años. En cualquier caso no parece haberse escrito mucho sobre tan importante acontecimiento.

Lo que quiero decir es que, según mis cálculos, el invento es más bien reciente. Y sin embargo, ya no sabríamos vivir sin él. Claro que no se llegó a él de sopetón, porque antes ya se había facilitado la contabilidad de las compras etiquetando todos y cada uno de los artículos expuestos a la venta. Lo cual fue a su vez posible gracias al invento de una especie de pistolas etiquetadoras y a la paciencia de quienes hacían el trabajo.

¿Imaginan ustedes lo que sería nuestro día a día si no hubieran existido unas personas concretas que dieron vueltas a la cabeza hasta que se les encendió la idea? ¿Se imaginan a ustedes mismos, sin ir más lejos, esperando en la cola de los supermercados a que la cajera – o el cajero, para no incomodar a los puristas de la igualdad – teclease cifra a cifra el valor de cada artículo? Y eso suponiendo que ya se contara previamente con etiquetadora y calculadora.

Lo digo yo que, aunque no pertenezca al pleistoceno ni a la Alta Edad Media aunque a veces lo parezca, he vivido tiempos en que el tendero, que se sabía de memoria los precios o, como mucho, los consultaba en una lista más o menos a mano, los anotaba uno a uno con un lápiz que llevaba en la oreja y luego hacía la suma diciéndose a sí mismo o musitando en voz baja aquello de «y me llevo dos». Y solía hacerlo en un papel de estraza de los de envolver. Claro que este prolijo proceso, sujeto lógicamente al error humano, exigía del dependiente nada menos que saber sumar, habilidad caída en desuso con la aparición de la calculadora.

Pero volvamos al código de barras. Cierto es que en cuestión de inventos ya nada nos asombra después de haber visto el iPod. Pero hay inventos e inventos, y la influencia económica y práctica de éste en la apresurada vida actual es casi revolucionaria. Y sorprendente en muchos aspectos, empezando por la fiabilidad del sistema. No sé si nos damos cuenta de que hasta no hace tanto el manejo de los aparatos de precisión era responsabilidad de un técnico, y que, aún así, las averías eran frecuentes, cosa que no ocurre en este caso pese al número de horas que el sistema soporta funcionando sin tregua día tras día. Como sucede también con ordenadores y televisores, el número de problemas que parece presentar no tiene punto de comparación con el que se producían en sistemas más sencillos no hace mucho. Y esto pese a que la operación de registrar una compra la realizan personas que no tienen ni pajolera idea del aparato que manejan, sean amorosas madres de familia, jovencitas pizpiretas, sufridos emigrantes o empleados sobrevenidos por las cifras del paro.

Pero lo más sorprendente es el contraste entre la zafiedad de la introducción de datos y las perfección del resultado que se obtiene. Si se fijan ustedes un poco, cuando la cajera o cajero acerca al lector electrónico el artículo que sea – empaquetado claro está -, puede hacerlo de cualquier manera que le pete; es decir, colocándolo en cualquier postura o situación imaginable siempre que mire a los mágicos espejuelos que lo escrutan desde todos los ángulos posibles. Incluso diría yo que suele hacerse – pobres ignorantes – con un mohín de desprecio hacia la importancia de la operación. Y el aparato reacciona con un pequeño pitido que me hace pensar en que la primera condición que ha de tener un cajero en nuestros días es un buen oído y saber diferenciar entre el sonido propio y el del cajero de al lado.

Me asombra, sí, la habilidad del aparato para discriminar, cualquiera que sea la posición del envoltorio, una secuencia de rayas de distintos grosores impresas con mayor o menor precisión en un papel que sufre tanto las dilataciones y contracciones a que le exponen los cambios de temperatura como la descuidada y repetida manipulación a la que se ve sometido a lo largo del proceso de transporte y almacenamiento. El contraste entre la desmañada presentación de los datos, que puede incluir hasta un soporte sucio y arrugado, y la exactitud de la información, instantáneamente traducida a palabras y cifras perfectamente correctas acerca de la naturaleza cantidad y precio del artículo en cuestión, exige una perfección extrema y justifica mi propuesta de que se reconozca debidamente a quienes fueron capaces de inventarlo.

Según leo en varios sitios, el primero en idear algo parecido, aunque en vez de rayas paralelas fueran círculos concéntricos, se llamaba Norman Woodland; estudiante norteamericano como ustedes pueden suponer. Corría el año 1948. El mismo Woodland y su compañero Bernard Silver lo patentaron allá por 1952 con la ayuda de dos ingenieros apellidados Alexander y Stietz. Se trataba de identificar vagones de ferrocarril. En 1966 se le empezó a dar un uso comercial y en 1973 sería reconocido como un «código de producto universal».

Apuesto doble contra sencillo que ninguno de ustedes tenía ni la menor idea de estos nombres que cambiaron en parte nuestras vidas. Recordemos al menos uno de ellos – Woodland – es decir, «Tierra de bosques», apellido sugeridor de troncos verticales que bien podrían evocar las barras. El conocimiento del nombre quedará, supongo, muy por debajo de los merecimientos, pero no puedo rendir otro homenaje al inventor que no sea el del humilde blog de los Foramontanos.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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