El mundo onírico de Chagall

Por José María Arévalo

(Óleo de Marc Chagall, en el Musée national Marc Chagall, Niza)(*)

Muy oportuna la exposición que nos ofrece la sala municipal de La Pasión, “Marc Chagall, Las fábulas de Jean de La Fontaine”, con los grabados del pintor ruso que se publicaron en 1952. Pueden verla hasta el 20 de Mayo, justo cuando concluye también la primera gran retrospectiva dedicada al pintor judío en nuestro país, en el madrileño Museo Thyssen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid, con nada menos que ciento sesenta y nueve obras cedidas por una veintena de grandes museos de todo el mundo, del MOMA y el Guggenheim de Nueva York, al Pompidou de París, las cuatro excepcionales que atesora el Thyssen, además de un buen número de colecciones particulares, y algunas más aportadas por la familia del artista.

Chagall (Vitebsk, 1887 – Saint-Paul de Vence, 1985) es un creador singular, con un estilo personal e inconfundible, que ocupa un papel clave en la historia del arte. Mientras contemplaba sus grabados en la sala de la Pasión no podía evitar compararlos con los extraordinarios de nuestro Goya, a los que indudablemente recuerdan. Chagall estuvo en España y seguro admiró la obra del maestro aragonés, en tantos casos también de ensoñación, como toda la de aquel, pero he leído que su visita fue posterior, así que no puedo afirmar que influyera en él. Sabemos que ni por los movimientos de aquel bullicioso París, capital del arte en la primera mitad de siglo XX, en el que frecuentó a poetas y escritores, el fauvismo, el surrealismo o el cubismo, se dejó Chagall apenas contaminar, que construyó su libérrima obra más allá de cualquier influencia. “Logró –nos dicen en la exposición, no sé si por llevarme la contraria, más bien yo a ellos- que su fabuloso mundo onírico, poético, melancólico y siempre colorista no se pareciera a ningún otro”. «Con él, la metáfora hizo su entrada triunfante en la pintura moderna» reconoció André Breton, padre del surrealismo. Pero yo veo en toda su obra un gran paralelismo con nuestro Goya, que nos hace a los españoles más familiar, más inteligible su obra.

Especialmente interesante es la técnica de su trabajo como grabador, que nos explican en la muestra del Museo de La Pasión. Para ilustrar el texto de La Fontaine –como antes hiciera con “Las almas muertas” de Gógol- en 1927 crea un conjunto de ilustraciones con las que refleja maravillosamente la fantasía e ironía del escritor francés, “cuyos poemas estaban poblados tanto de héroes de la mitología clásica y popular como de todo un repertorio de animales que se comportaban como seres humanos”. Chagall emprende siobre ellos su trabajo como un grabador en blanco y negro, “pero es un blanco y negro en el que se contienen todos los colores del guache” reflejados en las láminas preliminares que dibujó y que desgraciadamente se han perdido en su mayoría. El resultado es un producto de diversas técnicas, de incisiones, cubiertas de barniz, consiguiendo devolver con maestría la complejidad de un plumaje o de un pelo suave, midiendo “magistralmente por medio de un refinado esgrafiado la gradación del blanco y el negro”.

Marc Chagall estuvo siempre abierto a explorar nuevas técnicas –óleo, grabado, escultura, cerámica, vidriera, etc.– y acometer nuevos proyectos. También en la exposición del Thyssen se dedica un capítulo importante a su faceta como ilustrador de libros. “A lo largo de toda su vida Chagall estuvo acompañado por poetas y escritores, que fueron sus amigos y con los que mantuvo una relación de mutuo reconocimiento. Breton, Malraux, Cendrars, Apollinaire…muchos veían en él a un “pintor literario”; y Chagall amaba la literatura, sobre todo el mensaje de libertad que contienen las palabras a las que él supo enriquecer con sus composiciones llenas de fantasía y de color”.

La exposición de la sala vallisoletana , que tiene un marcado carácter didáctico, para mi gusto debiera haber recogido algunos ejemplos de su pintura colorista, aunque fueran reproducciones, porque muchos no podrán acercarse al Thyssen estos días, y Chagall fue, sobre todo, un maestro del color: “Sus tonos vibran con distintas intensidades, logrando realzar el contenido de los cuadros: sus azules, verdes, rojos o amarillos dan vida a los personajes, reales o fantásticos, que pueblan su particular universo. Un mundo en el que todo es posible y que no deja de sorprendernos, basado en historias vividas o imaginadas: un violinista, un rabino, una pareja de enamorados, un saltimbanqui, un paisaje y toda una amplia gama de animales fabulosos, pueblan sus complejas composiciones. En su obra los colores se mezclan de forma impensable, al igual que lo hacen sus extraños personajes”. Chagall fue, además del gran soñador, el mago del color.

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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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