Por Carlos de Bustamante

(Bodega. Acrílico de Jesús Meneses del Barco, en la exposición antológica del Colegio Lourdes de Valladolid en 2006. 52×75)(*)
De verdad creo, que a todos mis amigos cánidos y vulpes les importaba un rábano si era o no progreso el de la potente maquinaria en el campo. Sí les preocupaba en cambio, el que con mucho personal ocioso -todo, o casi, lo hacían las máquinas- había más cazadores que nunca; y las piezas de caza, sustento principal de los raposos, y ahora de los humanos, disminuían de forma alarmante.
Zorro “el Viejo”, con ardor juvenil, se había mostrado públicamente contrario a la mecanización en el campo; pero, sin argumentos convincentes, el asunto del progreso no había quedado en absoluto claro. Todos, menos Escarcha que se había ausentado atravesando a nado el río hasta la otra orilla, seguían debatiendo el asunto que les interesaba en cuanto a la disminución de caza se refería y al extraño silencio y soledad con que se entristecía su hábitat.
En tanto, Escarcha siguió las huellas del convoy de maquinaria tras la cosechadora. Sin miedo alguno, puesto que les había visto antes en el corral, tras seguir el rastro y con gran sigilo dio con él en el cacho del Moral Grande. Tractoristas y maquinista de la cosechadora comían “un mordisco”, a la sombra acogedora y silenciosa del enorme moral cabe el padre Duero. Acostumbrada a hablar con Carolus, su amo, escuchó divinamente la conversación que se “traían los del mono”. Justamente la misma que poco antes tuvo Carolus con sus amigos de la raposera. Sin apenas tiempo de almorzar el contenido de “cuatro latillas” de conservas adquiridas en la capital, dijo Jesús el “jefe” de la cosechadora:
-¿Y qué “sos” parece, amigos, la labor de la “Fergussón”?
-Pues que si nuestros padres levantaran la cabeza, morirían otra vez ¡del susto!, respondió Emiliano que manejaba “superior” un tractor Ebro gigante.
-No sé qué les sucedería a nuestros padres (q. e. g. e.), pero sí lo que les ha ocurrido a nuestros hijos… y guardó silencio. Mientras, rebañaba con fruición la salsa de los mejillones que se acababa de comer a fuerza de pan.
-Pues los míos, dijo Pepe recostado displicente sobre el enorme neumático del tractor Ursus que conducía, en “ cuantis” que vieron que el oficio de mulero no tenía porvenir, se fueron los cuatro a Vergara “ande” ahora trabajan en una fábrica superior de maquinaria mayormente para el campo. Allí -prosiguió- “me se” están poniendo como tasugos y no quieren venir al pueblo ni “pa” la función. La última vez que “vinon” me “dijon” que me fuera también con ellos “pa” trabajar en la cadena, y no aquí donde nadie tiene más porvenir que tragar la polvareda y el tamo que levanta la cosechadora. Eso –sentenció- si no vuelven los tiempos de antaño y te “enveredan” otra vez el azadón que te deja “eslomado” cavando de sol a sol; cambiando las tornas del riego; o levantando una y otra vez los almorrones y regaderas que se arpan con tanta agua como hay en Peñalba.
-¡A ver…! , aprobó Emiliano las palabras que “tiró” su compañero.
-No, lo del azadón y las mulas, terció Luis el ayudante de Emiliano en la cosechadora, ha pasado definitivamente a la historia y ni personal hay en el pueblo para bajar a Peñalba “pa” esos trabajos inhumanos. Como Luis tenía “muy bien de letras”, añadió solemne:
-Si es que alguno la tiene, no sé yo de quién será la culpa, pero como la juventud marchó a las fábricas de las capitales, a falta de obreros, el “jefe” tuvo que comprar maquinaria. Y la juventud, vistas las máquinas que lo hacían todo más y mejor, dijeron, con razón, adiós al campo. Los tiempos han “cambeado” y “pa mí” que a mejor…, finalizó no muy seguro la larga perorata.
Escarcha no necesitó oír más, y, callandito como había venido al cacho del Moral Grande, se retiró para contar a sus amigos cuanto había escuchado.
Sentado Carolus, en el banco exterior de la cabaña de Ignacio, mi observatorio, le rodeaban los habitantes de la raposera en la peña alba, con la representación del Gran Consejo por Zorro “el Viejo”. Todos hablaban atropelladamente y nadie se entendía.
Sin votación alguna, cobraba fuerza la opinión de que tanto en el páramo como en el valle, sobraba el monstruo que había revolucionado los modos y medios de trabajo y convivencia tanto en humanos como en animales.
Zorro el Viejo, se colocó las gafas para las grandes solemnidades y, puesto en pie a cuatro patas, iba a dar, solemne, el veredicto. Justo en el preciso momento en que irrumpió Escarcha.
-¡Traigo novedades!, exclamó por todo saludo. Zorro el Viejo ordenó silencio y se hizo sepulcral.
Sin omitir nada, relató la conversación que acababa de escuchar en el cacho del Moral de la Dehesa. El silencio ahora, tan intenso era, que se podía cortar. Y en los ojos de cada uno de los oyentes, se podía leer el poema de la confusión. Nadie sabía ahora a qué carta quedarse. El “cri, cri” de los halcones girando en las alturas fue como es despertador de dudas y confusiones.
-Se trata de saber, creo, dijo Raposilla la Guapa, quién y por qué se inició esta revolución que ha cambiado todo. Sin nadie que objetara nada, continuó: Todos hemos visto cómo el personal que bajaba a Peñalba, vivía si no en la pobreza absoluta, desde luego en los umbrales. Y digo más, gracias al pan que cada obrero recibía en la Dehesa, además del jornal, en Traspinedo no se pasó verdadera hambre. Raposo tomó ahora la palabra:
-Como a nadie se le negó nunca trabajo, pan y jornal en la Dehesa, era imposible que “el jefe” pudiera pagar muchos cuartos a cada uno. Entre otras razones, aunque con una sola basta, porque no los tenía. Tomó un raposín el relevo:
-Pasados los años del hambre, en el pueblo todos querían vivir como se decía que lo hacían los de la capital. Así, continuó solemne, comenzó el éxodo. Bajaban a trabajar sólo los mayores o viejos, y marcharon tras los cantos de sirena, los jóvenes. Llegó la primera conclusión de Raposo el Viejo:
-Como la marcha del pueblo era ya imparable, el Jefe se vio pronto sin personal suficiente. Y las labores, inhumanas, o casi, a duras penas podían con ellas los mayores. Así comenzó la mecanización del campo que muchos, y tal vez con razón, llamaron progreso. Yo, por viejo, he visto, cómo la gavilladora y atadora hacían más y mejor que la siega a hocino por las cuadrillas que, incluso, venían de otros pagos. Y he visto cómo la trilladora “echaba” de las eras a los pares y a los muleros, para no volver. He visto arrumbados en el corral carros y aperos, que nada y nunca tendrían que hacer con los tractores y las galeras (remolques).
Como se inquietaba el auditorio por saber el final, Raposo el Viejo, sacó enseguida una nueva conclusión: Después de siglos de grandes trabajos manuales y remuneración escasa, el personal probó otro estilo de vida; mejor y más humana. Nadie quiso volver a la anterior. Añadió luego Zorro el Viejo, palabras que no todos entendieron:
-El listón del nivel de vida, subió muchos puntos más alto. Se aceleró el éxodo. Problemas, ahora, para el Jefe. No daba abasto para adquirir nuevas y mejores máquinas. Era él ahora quien pasaba estrecheces. Imparable el proceso: había nacido en el campo una nueva Era. La de la mecanización y el progreso.
Por ser “parte” en el asunto, sólo al final, tomó la palabra Carolus.
-Poco más de cuanto habéis dicho puedo añadir: Es, sí, una nueva Era. Como acaba de empezar y parece que continuará con más y mayores novedades, es pronto para asegurar si es bueno o menos malo el progreso. Se nos han ido la alegría y el personal; pero tenemos ahora más y mejores producciones con menor esfuerzo. Si os parece, podríamos concluir que estos tiempos son nuestros tiempos. Y nos gusten más o menos, son los hemos de vivir. Si son buenos o malos, mejores o peores, serán nuestros hijos, y no nosotros quien lo diga.
-¿De acuerdo…? , de acuerdo. El verano no ha terminado. Nos vemos…
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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