Por Javier Pardo de Santayana

(Batuque de colher. Acuarela de Marilza Casotti en artoteque.com)(*)
Se ven a puñados. Son sobre todo jóvenes con sus desmañados atuendos habituales – pantalón vaquero, jerseys de varios números más de los que corresponden, y no sé cuántas camisas y camisetas amontonadas sobre el cuerpo – y, claro está, con el inevitable pinganillo en sus orejas.
Recuerdo ahora esta anécdota que viene al caso: acababa yo de llegar a una escuela aeronáutica norteamericana con un pequeño grupo de españoles, cuando naturalmente, – no faltaba más – uno de ellos se apresuró a sacar partido de lo que aquella especie de Jauja le ofrecía adquiriendo algo entonces novedoso: una radio de transistores que venía a ser el último grito de la tecnología más moderna. Así que metió el invento en un bolsillo e instaló en uno de sus oídos precisamente lo que ahora entendemos por «pinganillo»: ese pequeño artefacto que, a partir de aquel momento y tal como ahora vemos con todo hijo de vecino, pasó a formar parte, no ya sólo del aspecto exterior de nuestro amigo, sino casi, casi, de su propia personalidad.
Pero como es sabido, los españoles nos distinguirnos del resto de los habitantes del planeta por hablar más alto que nadie, y por consiguiente más que nuestros anfitriones norteamericanos. Así que no pudo extrañarme la mirada de asombro de aquel caballero que le sorprendió conversando a voz en cuello con otro de los españoles recién llegados mientras lucía en su oreja el aparato en cuestión, identificado entonces con el «sonotone» y las dificultades de audición. Quien le viera de tal guisa no podría evitar, por tanto, tomarlo por un sordo de mucho cuidado, circunstancia ésta increíble tratándose como se trataba nada menos que de un aspirante a piloto que debiera haber sido excluido previamente de cualquier pretensión de conseguir un título.
Desde luego aquel equívoco ya no podría tener razón de ser ahora, cuando el uso del llamado «pinganillo» es cosa tan corriente y habitual que anula toda posibilidad lógica de que alguien pueda creer que media España anda tocada del oído o necesitada de la atención del psiquiatra, idea esta última que, por cierto, también nos asalta a veces ante algunos que parecen hablar solos, gesticulando incluso mientras caminan por la acera.
Ahora, superada ya ampliamente la era del «transistor», el problema está en que la posibilidad de conexión con las ondas radiofónicas, la música grabada, o, simplemente, otra persona cualquiera, puede tenernos ocupados todo el santo día y en cualquier circunstancia. Y, sin embargo hay momentos en que conviene hacer otras cosas distintas de oír música o hablar con los amigos y parientes. O en los que resulta aconsejable el mantener un cierto grado de seguridad y alerta cuando vamos y venimos por ahí, a juzgar por lo que insistentemente nos dicen aquellos medios que se esfuerzan en prevenirnos de los peligros del tráfico y de otros factores de riesgo de la vida actual, tema éste en el que cada vez hilamos más fino. De ahí que cada vez yo me sienta más y más inquieto viendo a esa gente que cruza nuestras calles con el pinganillo puesto en el apéndice auricular y escuchando ensimismada el ultimo hit o la última referencia al «trending topic», es decir, voluntariamente aislada de su entorno y también, por consiguiente, del omnipresente sonido de las frenazos, las aceleraciones y las voces que conforman un entorno informativo anticipador de posibles atropellos.
Y éste no es sino uno de los muchos aspectos de la cuestión. Porque podríamos hablar incluso – y ésta tal vez pudiera ser la primera y más importante derivada del asunto al que me vengo refiriendo – de lo que a la larga supone, por ejemplo, que nuestros jóvenes y no tan jóvenes pasen una buena parte de su vida como autoobligados a aprovechar a tope las posibilidades que les ofrecen todos esos cacharros que tenemos a nuestra disposición para no parar de darle a la tecla y permanecer conectados con el exterior de nuestra propia vida, es decir, ajenos a lo que en cada preciso momento ésta nos brinda; desinteresados de los rostros con los que nos cruzamos y de todo ese mundo de sugerencias que nos va saliendo al paso; encerrados en un círculo de sensaciones sin sentido que no conduce a parte alguna.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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