Por Javier Pardo de Santayana

(Room N.Y. Óleo de Edward Hopper en la actual exposición del museo Thyssen)(*)
Repaso la actualidad en busca de algún tema, y a medida que lo hago noto que voy desfalleciendo en el intento. Tengo, sí, la sensación de manejar algo manido, ya sobado y resobado hasta la saciedad, más merecedor de la papelera que del pequeño honor de un humilde estreno.
Veo, por ejemplo, las consabidas alusiones al «manguerazo», y constato que aún no hemos salido de la semántica improductiva. Una vez más se trata de la inevitable polémica, centrada ahora en si la operación es un «rescate» o más bien una inyección de dinero selectivamente orientada a determinados bancos españoles que – pobrecitos ellos – están como unos zorros. Se ve que lo que algunos quieren es cargar las tintas para enturbiar el impacto de una solución alcanzada con esfuerzo. O sea, fastidiar y sacar pequeños réditos partidarios.
De verdad, yo diría a esos diletantes del debate inútil lo que ya he apuntado alguna vez en estas páginas: que se dejen de pamplinas y vayan al meollo de la cuestión; que ya va siendo hora de despertar a esta Europa estancada que no sabe a dónde va, y completar al menos su dimensión económica; que hay unas potencias emergentes ahí afuera y estamos perdiendo el último tranvía… Pero sé que teniendo la prima de riesgo y otras preocupaciones parecidas a nadie importa lo más mínimo un futuro cargado de incertidumbres y amenazas globales.
Leo también algunos comentarios como de patio de vecinos. También están relacionados con la crisis. Por lo visto, un político español mencionó coloquialmente a Uganda a guisa de contraste con España, y, claro, ahí también se encuentra cebo para la polémica, así que a sacarlo punta para que se nos pongan en contra hasta los bosquimanos de Botsuana. Como no hay otra cosa en que pensar… Y para acabar de mejorarlo ahí tenéis a los tuiteros y demás gente de mal vivir comentando estas estupideces a pesar de que la mayoría – producto al fin y al cabo de la Logse – desconoce el nombre de la capital y hasta la ortografía del vocablo. En fin…
Sigo buscando temas. La polémica, esa pasión que ya supera en importancia a la sentida por los españoles hacia el jamón serrano, se centra ahora en la competición europea. A ver si destrozamos algo que iba bien; tan bien, que nos hizo campeones del mundo. Y empezamos a pelearnos por si debemos utilizar un delantero real o un falso delantero, cuestión sin duda de gran enjundia. Se trata de demostrar que somos más listos que nadie y, de paso, cargarnos al marqués. ¿No es esto emocionante? Ya saben que cargarse a alguien es un morboso aliciente para un celtíbero de raza.
Sobre este asunto y lo que ahora llaman «La Roja» yo podría decir algo; en realidad ya lo hice, como, si me apuran, lo he hecho de casi cualquier cosa; porque esta es la verdad: pocas cosas me quedan de las que no haya tratado de una u otra forma. Diría, por ejemplo, que dejen tranquilo a ese señor, que además de sabio es pan bendito. Que le dejen solo, que entre todos le marearemos y le necesitamos lúcido; que no le descarten aún por viejo. Que luego Torres la mete y todo cambia; que así es el fútbol.
Para colmo veo a un majadero haciendo en el congreso la pantomima de la banderita independentista. Ese mamarracho cobra de los españoles pero no los quiere. Así que no vale la pena ni hablar de él. Lo que uno siente es desprecio hacia quienes le permitieron llegar allí.
Afortunadamente, al final aparecen los comentarios suscitados por la séptima victoria conseguida en Roland Garros por Rafa Nadal, ese muchacho de quien siempre da gusto hablar y al que ni siquiera destemplan los envidiosos galos. El problema es que ya lo hice otra vez, así que me repetiría en los elogios. Ya hablé, esto es cierto, de su categoría humana y deportiva, de su ejemplar tesón, de su espíritu de lucha, de su caballerosidad, de su respeto por el adversario tanto en el triunfo como en la derrota. No busca la polémica ni los titulares, simplemente hace lo que sabe hacer, lo hace bien – mejor que nadie -, y además disfruta. Ya he oído a alguna buena firma de la comunicación presentarlo como un excelente modelo para estos lamentables días de crisis, de lamentable desarreglo moral y de mezquina desunión. Pero en este tiempo aciago hasta incidir en ello se me hace insoportable ante la aparente ineficacia del ejemplo.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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