Godofredo, que amó la Belleza

Por José María Arévalo

(Godofredo Garabito en una de sus intervenciones públicas de los últimos años)

Como les decía el sábado pasado, cuando un amigo se va, cuesta escribir de él por no contar intimidades. Como en el caso de Saturnino Lorenzo el sábado pasado, ha venido en mi ayuda, para dejar también en estas páginas un recuerdo a otro añorado amigo, Godofredo Garabito, un texto igualmente entrañable. Son las palabras que le dedicó el que ha sido presidente de la Real Academia de la Purísima Concepción, Javier López de Uribe, en el homenaje póstumo que tributó a Godofredo la Academia el pasado 26 de abril. Del arquitecto vallisoletano López de Uribe he publicado en este blog varias de las conferencias que, sobre arte, devoción que compartíamos los tres, pronunció en esa afamada institución. De mi relación con Godofredo ya incluí algunas anécdotas en el artículo de 18 de Diciembre del 2009, que titulé “Felicidades y gracias, Godofredo”, con motivo del homenaje que le tributamos en la Cena Palmarés de la Unión Artística Vallisoletana, que se celebra todos los años por esas fechas, en la que se clausura el año artístico y entregan los premios concedidos en los concursos celebrados por la asociación durante el año. Fue concretamente en la edición XXXIII del Palmarés, cuando tuvo que dejar la Presidencia de esta Asociación.

Me ha recordado a Godofredo la reseña del foro celebrado recientemente en Barcelona, donde ha vuelto a abrirse el “Atrio de los Gentiles” en torno al tema general de “Arte, belleza y trascendencia”. “La belleza –dijo el cardenal Martínez Sistach, arzobispo de Barcelona– nos puede salvar de la actual crisis y nos conduce hacia la verdad y la bondad; nos lleva más a lo que somos y debemos ser”. Porque la belleza, terminaba Sistach en la presentación del Atrio barcelonés, refleja la belleza de Dios. Tendremos que publicar algo más de este encuentro. Pero vayamos ahora a las palabras que dedicó Javier a Godofredo en la Real Academia de la Purísima Concepción:

“Nos reunimos hoy para otorgar homenaje póstumo a quien durante treinta años colaboró en las tareas de esta Real Academia: nuestro compañero y amigo Godofredo Garabito Gregorio, fallecido el pasado día 8 de febrero. Su medalla, expuesta hoy sobre esta mesa, nos trae el recuerdo de la labor cultural que impulsó y desarrolló durante su larga vida académica.

Fue elegido académico el 26 de noviembre de 1979 y tomó posesión del sillón y la medalla el 25 de junio de 1982 con un discurso sobre Las mil y una mañanas de la Biblioteca, al que contestó en nombre de la corporación el académico de número D. Leopoldo Cortejoso Villanueva.

Desde esa fecha tuvo ocasión de contestar en nombre de la Real Academia a otros nuevos académicos en sus discursos de recepción, entre otros a José Delfín Val y a quien ahora les habla, que tenemos el honor de poder corresponderle con estas intervenciones.

Todos conocemos la poderosa y polifacética personalidad que había desarrollado Godofredo a lo largo de sus casi ochenta años de fructífera existencia. Castellano de pura cepa, fue un hombre amante de nuestra tierra y de sus gentes, que fueron cantados continuamente en su poesía.

No es fácil hacer poesía, pues para ello es necesario poseer profundidad interior. El poema hace aflorar, desde dentro y desde distintos ángulos, una serie de imágenes vividas, vistas, acumuladas en la memoria y en la mente. Como dice Adam Zagajewski –uno de los más famosos poetas contemporáneos– en su reciente libro Mano invisible, escribir poemas es un duelo en el que no hay vencedor, sino breves destellos de incierta claridad después de una muy densa sombra: por eso mismo, es una “profesión de fe”.

La poesía existe en lo que nos rodea, pero no todo el mundo es capaz de apreciarlo. Precisamente esa es la característica más importante de un artista en cualquiera de sus manifestaciones: su continuo deseo de descubrir y apresar la belleza que, por lo demás, siempre se muestra escondida y esquiva.

Creo que no es inoportuno recordar aquí la analogía que existe entre la poesía y la pintura, tema tantas veces tratado en el Renacimiento al glosar aquella célebre máxima del poeta Horacio en su Ars Poetica (361-365): “Ut pictura poesis” [como la pintura así es la poesía].

Es cierto, escribir poesía es un arte que, al igual que la pintura, exige búsqueda y encuentro con la belleza. Algo que podemos observar en todos los grandes pintores, como en Antonio López, en sus intentos para trasladar al lienzo la vitalidad de un membrillo, los rasgos únicos de sus paisajes urbanos de Madrid, o el realismo crudo, intenso, pero no exento de belleza, de sus interiores domésticos.

Pienso que también existía en Godofredo ese mismo deseo de alcanzar la belleza, que le llevaba a buscarla en los más diversos campos: de ahí su dedicación a la poesía, a las antigüedades, a la música. Como sabemos, fue autor de numerosos libros de poemas; fue presidente de la Unión Artística Vallisoletana y de la asociación musical “Amigos de la Zarzuela”; fue vicepresidente de la Coral Vallisoletana; fue anticuario durante una larga etapa de su vida. La biblioteca formaba parte de su santuario personal, tanto en su casa de La Mudarra como en su domicilio vallisoletano; era el lugar en el que disfrutaba de la palabra escrita; el lugar en el que nacían, anidaban y crecían sus pensamientos y reflexiones, cuando no los tomaba directamente de su bien amada naturaleza, de sus pueblos, personajes y costumbres. Godofredo era, sin duda, un pintor de la palabra.

Otra faceta importante de su personalidad fue la capacidad e ilusión por comunicar, por transmitir a través de los diversos medios, la riqueza de su mundo interior y sus acertadas percepciones del exterior. Como hombre de cultura, se dedicó con responsabilidad e iniciativa a la opinión pública, siendo un frecuente y solicitado asistente a las tertulias televisivas y radiofónicas, además de columnista habitual en la prensa diaria, en la que dejaba traslucir su sentido positivo de la vida.

Anticuario, escritor, político, empresario, académico, conferenciante, hombre –como ya hemos dicho- de amplia cultura, llegó a ocupar un lugar destacado como promotor de la vida cultural y artística de la provincia durante más de tres décadas. En el año 2010 la Diputación le otorgó el Premio Provincia de Valladolid a la Trayectoria Artística. En el año 2011 el Ayuntamiento de Valladolid le rindió un homenaje con la edición de un libro sobre su persona. Anteriormente había recibido varias condecoraciones (Cruz de Alfonso X el Sabio, Caballero de la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén, Encomienda al Mérito Civil y en 2004 la Encomienda de Número de Isabel la Católica).

En los últimos dieciséis años de su vida sufrió un progresivo deterioro que le limitaba sus movimientos, agravados por distintas lesiones y achaques de su salud. Padeció un problema en su médula espinar que le dejó hemipléjico, pero logró volver a andar, aunque con muchas dificultades. Le habían detectado el mal de Parkinson, pero desde hacía cinco años apenas se dejaba notar.

A sus problemas de salud se le sumaron las incomprensiones, sinsabores familiares y la merma de su patrimonio, circunstancias todas ellas que supo llevar con gallardía y fortaleza, poniendo toda su confianza en la ayuda de la Providencia y en el cariño de sus familiares más cercanos. Desde su jubilación vivía muy recluido en su casa, aunque con salidas cada vez más esporádicas para participar en actos culturales y en los medios de opinión pública. Escritor incansable, a pesar de su edad y enfermedad siguió publicando artículos y libros de divulgación o de poesía hasta el final de sus días; la muerte le acaeció precisamente trabajando en un discurso que debería leer en fecha próxima sobre el valor del enfermo en nuestra sociedad. En ningún momento quiso quedarse inactivo. Si podía hacer algo, lo hacía. Y se interesaba por todo: recuerdo que casi todos los sábados últimos de mes, por la tarde, me telefoneaba para saber cómo se había desarrollado la Junta General de la Academia, que se celebra por las mañanas de esos días.

Colaboró con esta Real Academia de muy diversas maneras. A título de ejemplo, transcribo cronológicamente los títulos de los estudios, comunicaciones y colaboraciones que elaboró y publicó en distintos números de nuestro Boletín anual, y que dan una idea aproximada del amplio campo de intereses que atesoraba en el mundo de las humanidades, de las letras, del arte, de la historia:

1991 : – Escultura castellano-leonesa en la Colección Godia.
1992 : – Homenaje póstumo a José María Luelmo.
1993 : – La leyenda negra y el Emperador ante el V Centenario
1993 : – Marés visto por un anticuario
1993 : – La celebración de las Bodas de Oro de la Coral Vallisoletana
1995 : – Valladolid en el momento histórico de convertirse en Archidiócesis
1997 : – Libro de Mª Teresa Yñigo de Toro “El silencio y la voz de las palabras”
1998 : – Homenaje a Francisco Javier Martín Abril
1998 : – A la memoria de Nicomedes Sanz y Ruiz de la Peña
2001 : – Don Fadrique Enríquez de Cabrera : un almirante poeta
2003 : – La visita de Alfonso XIII a Valladolid en septiembre de 1903
2008 : – Intrahistoria del paso “La Sagrada Cena” de Juan Guraya : la cofradía, el escultor y las circunstancias.

Desempeñó además el cargo de Tesorero de la Real Academia desde octubre de 1999 hasta noviembre de 2002.

Por todo ello, deseo hacer constar los sentimientos de gratitud que tenemos los miembros de esta Real Corporación con Godofredo Garabito, tanto en el plano personal como en el colectivo. Tendremos ahora que superar los efectos del vacío que nos produce su ausencia física. En palabras suyas:

“El silente silencio…
La noche oscura…
El alma dormida…”

En definitiva, Godofredo Garabito ha sido un hombre inmerso en la realidad que le tocó vivir, amante de las cosas bellas y poeta de lo cotidiano. Persona de una pieza, trabajador incansable, amigo de sus amigos -a quienes sabía escuchar y ayudar- y de sus colaboradores, generoso y afectuoso con todos.

Quizá tenía un don especial: era capaz de descubrir la grandeza de lo ordinario, de encontrar un sentido trascendente en las cosas aparentemente más vulgares. Podía narrar las peripecias del “Tren Burra”, ensimismarse en endecasílabos a la Semana Santa, u homenajear poéticamente a San Juan de la Cruz. Y siempre con la misma grandeza, tesón y entrega. Un hombre sobrio y recio, con un profundo sentido de la vida y de la muerte, de las alegrías y de los sinsabores que también él hubo de pasar.

Aunque sea necesario adentrarnos en los hondones del alma de Godofredo, hay algo que unificaba y daba sentido a todos los aspectos de su vida. En su juventud había conocido a aquel vallisoletano excepcional que fue Don Marcelo González Martín, con quien colaboraría en diversas iniciativas sociales y pastorales de la diócesis. Unos años después, a mediados de los sesenta, conoció el Opus Dei y a su fundador, San Josemaría Escrivá, quien le dejaría una huella permanente en su vivir cristiano. Solía recordar que tuvo la suerte de escucharle de viva voz que “hay un algo divino en las situaciones más comunes de la vida ordinaria que toca a cada uno descubrir”. Pienso que estas últimas palabras definen su itinerario vital y su intensa dedicación al arte y a la cultura. Efectivamente, Godofredo fue un descubridor de lo cotidiano, alguien que sabía ver en los sucesos más comunes un rebosar de trascendencia.

Su generosa dedicación, sin escatimar esfuerzos, al servicio de los demás y el espíritu alegre y emprendedor que le caracterizaban, sus cualidades humanas y la bondad de su persona quedaron reflejados en varias necrológicas aparecidas en la prensa diaria. La noticia de su fallecimiento tuvo una notable cobertura en la prensa y en otros medios de información y a su Misa de funeral acudieron las principales autoridades civiles de la Autonomía, de la Diputación y del Ayuntamiento, además de familiares y amigos de diversas edades y ambientes que llenaron el templo, evidenciando que fue un hombre querido por mucha gente”.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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