Por Javier Pardo de Santayana

(Atardecer en Alicante. Acuarela de Carlos Martín en carlosmartin-arte. blogspot.com.es. 65×50)(*)

Leo en el ABC un largo informe sobre el creciente empleo de extranjerismos, fenómeno probablemente inevitable a la vista del chaparrón de términos foráneos que nos está cayendo encima. Su origen está claro: los avances tecnológicos, que se multiplican exponencialmente y se extienden por un mundo globalizado a un ritmo imposible de controlar, proceden mayoritariamente de un país de habla inglesa: los Estados Unidos de Norteamérica. De ahí que en la práctica podamos sustituir el amplio término de «extranjerismo» por el más concreto de «anglicismo» sin mayor problema.

Esta superioridad adquirida por el idioma inglés ha acabado por forzar su aceptación definitiva como «lingua franca» en cuanto concierna a relaciones internacionales de cualquier tipo, ganando así una dimensión de creciente utilidad práctica que, combinada con la apertura de las nuevas redes sociales y la popularización del turismo de gran radio de acción, ha propiciado la extensión de una inquietante contaminación lingüística.

Las tesis y los comentarios que recoge ese trabajo – pertenecientes a expertos de renombre en el campo de la lengua – transmiten la conocida idea de que, al ser ésta una especie de ente vivo que se desarrolla a lo largo del tiempo, no sólo resulta poco menos que imposible protegerla de amenazas externas, sino que ni siquiera resulta conveniente hacerlo. Y aquí aducen, como era de esperar, algo indudable: que lo que consideramos nuestro idioma «de siempre» no es sino el resultado de la interacción de muchas influencias sucesivas. De aquí que los lingüistas españoles acepten sin gran oposición los añadidos por mucho que rechinen; eso sí, siempre que – como uno de ellos dice – en vez de conservar la ortografía inglesa adaptemos ésta a la española. Así se evitaría – nos matizan – el natural rechazo de lo extraño y el deterioro del propio carácter del idioma, expresado – supongo – en gran medida, por el efecto «visual» de la palabra escrita y el fluir de los sonidos habituales; algo que no puedo sino admitir con entusiasmo.

Pero, amigo, esta maniobra transformadora tiene muchísimo peligro. Vean si no el ejemplo propuesto por ese mismo experto, o más que experto, sabio en materias filológicas, cuando sugiere que la palabra «business» sea aceptada, pero ¡ojo!siempre que aparezca como «bisnis».

Pues les diré que aquí si que me han hundido en la miseria. ¡Qué vergüenza, Dios mío! ¡Pero si suena a Paco Martínez Soria haciendo de cateto! Si por lo menos escribieran «bisnes» así, con «e»… Pero sobre todo, ¿a qué cuento viene llamar «business» a lo que siempre fue «negocio». ¿O es que los españoles no hacíamos negocios muchos años antes de que llegara míster Marshall?

En mi opinión nada hay más vomitivo que la mezcla que ahora empieza a sonarnos como habitual: ese producto híbrido de sonidos «españoles» – claros y contundentes como la luz del Mare Nostrum – con los turbios sonidos germánicos, oscuros como los bosques nórdicos y pronunciados, además, de esa forma zafia y como «a ver si cuela» con que intenta reproducirlos el celtíbero desde el más absoluto desconocimiento de la fonética original de la palabra. Ya incluso a los hijos se les endosan nombres extranjeros «semi-pronunciados a la inglesa», como por ejemplo, Jonathan o Kevin. Claro que también nos acostumbran al caos lingüístico las propias lenguas «vernáculas» de nuestras autonomías, cuando nos hacen pronunciar Otegi como Otegui o el Gerona de siempre como Girona y con una pronunciación de la «ge» inexistente en castellano. El resultado es una mezcla infumable y rayana en lo ridículo que transmite la impresión de que o no hay normas o no las conocemos.

No sé qué pensará sobre esto el improbable lector de estas mis líneas, pero no deja de extrañarme que, quienes se ocupan de una forma u otra de nuestra bella lengua – ahora acosada por bárbaros vocablos y espurios sonidos – se muestren tan liberales ante una transformación que, como ésta, se halla en camino de acabar en caótica ensalada de sonidos inarmónicos: una especie de buen plato de cocido casero al que añadiésemos una taza de tornillos.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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