Vergüenza debiera dar

Por Javier Pardo de Santayana

(Viñeta de Montoro en La Razón del pasado 27 de Junio) (*)

No sé si a usted le sucede como a mí, que tiene la sensación de andar por un mundo que no cuadra. A veces vemos dar una inusitada importancia a cosas banales y despreciar otras trascendentes. O hilamos fino, pero fino, fino, en unas cosas que casi no vienen a cuenta, mientras pasamos olímpicamente de otras que verdaderamente demandan atención. O nos rasgamos las vestiduras ante pequeños fallos naturales y tragamos carros y carretas ante otras cosas al menos tan importantes como aquellas.

Esto ocurre mucho por aquí, y hasta tal punto nos vamos acostumbrando a ello, que no sé a usted, pero a mí me hacen pensar en dimitir de ser pensante y dedicarme al bello arte de tocar el violón; o sea, a dimitir de ciudadano y consagrarme ya, decididamente, a la lírica.

Esto sucede ahora, por ejemplo, con nuestra justicia. Antes, quizá por ser más joven o simplemente porque las cosas eran entonces diferentes, uno imaginaba que ésta era un espacio casi sacro en el que se cultivaban las esencias. Y esa debía ser la idea de quienes concibieron este poder tenido por sublime y que – según decían – estaba en la mismísima base de una convivencia civilizada. Naturalmente, y como siempre sucede con este tipo de quintaesencias, la sociedad fue estableciendo en su entorno una estética y una liturgia «ad hoc» inspiradora del mayor respeto, poblada de largos ropones negros, puñetas de filigrana e incluso anacrónicas pelucas que impresionaban mucho a quienes vivieran en el exterior del noble recinto de la Ley, y de fórmulas y ritos rigurosos y con cierto olor de eternidad. Incluso se buscaba la presencia de símbolos sagrados.

Pues qué bien, pensaba yo, porque la justicia aparecía como aislada del torpe devenir humano y encerrada en un fanal donde uno imaginaba que las más bellas y serias teorías tenían asiento y permanecían preservadas de la contaminación de lo imperfecto.

Pero, fíjese usted por donde, este sublime recinto de la justicia es ahora el ejemplo mismo de la contaminación. Sin ir más lejos, se ha convertido en un campo de Agramante donde los ropones dirimen sus querellas personales y los políticos desarrollan sus programas de poder. Así hemos visto, por ejemplo, a un alto personaje urdiendo sus sucias maniobras en connivencia con altos cargos de la policía y camuflado por la actividad cinegética; también sentando como principio superior la conveniencia de ensuciar las togas como prueba de identificación con la debilidad humana. Y nadie se extrañó ni se mesó el cabello.

También vimos como el sabio principio de la independencia de los jueces era tenido por obsoleto y anacrónico: así lo declaró un conocido político que presumía de ingenioso, y así quedó definitivamente acuñada su «boutade» sin que ésta provocara el anatema de los ciudadanos y los votos. Y todos hemos visto repetidamente como un tribunal sin magistrados, nutrido en realidad de políticos de bandería pasados de fecha y autoclasificados como de tendencias en «pro» y «contra», desacreditaba por dos veces a un tribunal de verdad que a mayor abundamiento lo es de última instancia, o sea, nada menos que «supremo». Y se pasaba por el arco de triunfo razonamientos e informes, entraba en ámbitos que le son estatutariamente ajenos y se cargaba de paso, de una sola tacada una ley democráticamente establecida en sede parlamentaria y el fallo del Tribunal europeo. Así, como usted oye. Y aquí no pasa nada. Buena ocasión para invocar la famosa frase del señor Trillo.

Pero esto no es todo, porque la artera maniobra desde hace tiempo orientada por el poder y ahora repetida con premeditación – y como la vez anterior, con una rapidez asombrosa para una justicia proverbialmente tortuguesca – nos ha metido de hoz y coz – expresión que por cierto encaja como anillo al dedo – en una situación tan peligrosa como vomitiva, cual es la que supone el blanqueamiento y acceso al poder y al presupuesto, amén de a los datos personales, de una banda de asesinos que se cargaron por la espalda a más de ochocientos compatriotas nuestros y que ahora se jacta chulescamente de su éxito. Y con recochineo también, porque éste nunca mejor definido como fallo se emite al día siguiente al del aniversario de una gran masacre ahora ya considerada como simpática broma de los favorecidos por sus señorías.

¿Increíble? Sí, pero cierto. Ahora, en pleno siglo XXI, vuelve la sombra de Bellido Dolfos. La reconoceréis; distinguiréis su toga.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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