Por Javier Pardo de Santayana

( Ilustración de Israel Páez, en ipaez.carbonmade.com)(*)

Lo que más me ha gustado del supuesto descubrimiento del bosón ha sido contemplar el rostro del señor Higgs cuando lo anunciaron. Comprendo su emoción: concebir la existencia de una cosa tan importante pero también tan rara y tan difícil de ver, y que se llegue a comprobar su existencia real cuando uno está todavía vivo no deja de ser un hecho desusado y maravilloso. No es de extrañar, por tanto, que al anciano señor Higgs se le saltaran las lágrimas cuando los investigadores dijeron, casi como quien no quiere la cosa, algo así como: «sí, creemos haberlo encontrado…»

La noticia tenía otra lectura relevante con vistas al futuro, y ésta era el refrendo del esquema diseñado y hasta ahora utilizado para entender el universo y su origen: el llamado «modelo estándar» por los físicos teóricos. En este sentido acabo de enterarme de que el descubrimiento de que existen partículas más pequeñas que los consabidos electrones, protones y neutrones configurando la materia coincidió precisamente con el año de mi nacimiento. Claro que entonces yo no me enteré, pero ahora no deja de conmoverme el saber que durante el tiempo de mi existencia hemos llegado a penetrar en el interior de lo que entonces se conocía como lo más elemental de la materia e incluso dar con una de sus claves: la partícula que habría permitido la formación de una masa que iría poco a poco configurando todo cuanto vemos, desde las imponentes galaxias hasta los dedos de mis pies.

De todas formas ese tipo de cosas me hacen ver que cuanto más se sabe más evidente se hace cuánto se ignora. Quiero decir con esto que cuanto más se avanza en el conocimiento de lo que existe más complicado es responder a las cuestiones remanentes. Porque uno se pregunta – ahora, por ejemplo – por qué el bosón, que debió andar por ahí desde tiempo inmemorial aunque fuera virtualmente, no desató antes el poderoso proceso del surgimiento de la materia y de su acumulación en diversas formas astrales, o desde cuándo estaba y de qué procedía aquel campo cuántico llamado «de Higgs» que el bosón ahora reproducido revolucionó de pronto haciendo que las partículas elementales se agruparan para formar la masa que daría forma a este universo. Digo «este universo» porque, como ya es sabido, no se ve razón para que no haya más de uno: al fin y al cabo, lo que ocurrió con el Big Bang fue una especie de inmenso estornudo, y nuestra experiencia es que cuando uno empieza a estornudar ya no sabe cuando parará de hacerlo.

Así que ya podemos decir que apareció el bosón, aunque no porque lo hayamos visto – cosa imposible puesto que tan pronto como aparece desaparece – sino por las trazas que deja; pero al fin y al cabo, menos da una piedra. Nos contentaremos, por tanto, con haber visto sus huellas. En cualquier caso a mi me parece extraordinario que podamos hablar siquiera de cosas como éstas, por cuanto imagino que sacar algo en claro de la colisión de partículas subatómicas a una velocidad cercana a la de la luz es cosa poco menos que imposible.

Para mí la conclusión más importante es que cada vez percibo mejor la maravillosa complejidad de la creación y, en términos humanos, la cantidad de «materia gris» que ésta contiene. Son demasiadas casualidades y demasiada evidencia de racionalidad frente a un universo que no siquiera tiene conciencia de sí mismo. O sea que si no existiera el hombre su situación estaría próxima a la de no existencia: ahí tenemos el bosón o sus ingredientes circulando desde el comienzo de los tiempos aunque nosotros no los viéramos y ajenos a lo que supiésemos o no supiésemos los hombres.

Pero éstas y otras reflexiones, por muy sencillas o profundas que sean, sólo pueden provenir del hombre, que, como ser inteligente, ve e interioriza lo que ve, no da por lógico sin más aquello que percibe, y tiene conciencia de participar de una dimensión superior al propio universo material trascendiéndolo e intentando dar sentido a cuanto alberga.

Por eso Jean Guitton llegó a decir que «Dios es un bien común de la inteligencia», y por eso la búsqueda de un ser superior es un vector de progreso en la misma línea que la del científico o el filosofo. Se trata, simplemente, de la búsqueda de la Verdad; esa Verdad que nos incita a su descubrimiento, pues la gran cuestión del hombre proviene, fundamentalmente, de su encuentro con el Misterio desde el mismo momento en que alcanza el uso de razón. Me refiero al Misterio no como un asunto para el trabajo de los estudiosos, sino como una patente y esencial realidad vivida.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm8.staticflickr.com/7271/7536558132_992abc5289_z.jpg

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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