Por Javier Pardo de Santayana

(Dibujo de José María García Fernández, “Castilviejo” en la galería zamorana Espacio36, en marzo pasado)(*)
Impresionante. Once orejas y un rabo, y por añadidura un toro indultado. Seis morlacos uno detrás de otro y una faena a cada uno. Basta imaginar a los seis astados saliendo sucesivamente de los toriles resoplando y dispuestos a llevarse por los aires a quien se les ponga por delante, para admirar a quien voluntariamente expone su vida y su prestigio a una prueba del calibre de ésta. Y seis faenas completas, como corresponde: dominando y luciéndose en solitario.
Imaginen Nimes en una mañana luminosa. Cualquiera temería que la hombrada de aguantar la lidia de seis reses cogería al maestro fuera de su forma habitual, porque éste no se prodiga; sus actuaciones anuales se cuentan con los dedos de una mano y no sé cuanto tiempo hace que toreó por última vez. Además no hace tanto que en Aguascalientes le salvó la protección divina, porque la cornada fue escalofriante, así que su carrera llegó a darse por finiquitada. Pero el maestro acabó volviendo a lo suyo, que es esto, y lo está haciendo incluso mejor que antes.
Ahora, tras la mañana de Nimes, la gente se plantea si el coloso de Galapagar no será el mejor torero de todos los tiempos. Este José Tomás tiene una presencia seria, como corresponde a la escuela castellana, y su impavidez apunta ribetes cordobeses, un poco al estilo de Manolete, a quien recuerda por su aire algo ausente, como enigmático. Pero también sabe cuando adornarse, y lo hace como debe ser: cuando corresponde, no antes ni después.
Lo digo porque, como es sabido, el toreo tiene dos dimensiones: la del dominio y la del arte. Y lo primero es recibir a la fiera y someterla, que eso es el dominio: poder hacer la faena que uno sueña y que el toro lleva dentro sin saberlo. Y hacerlo sabia, aseadamente y con estilo, porque como suele decir El Juli, un torero es torero en todos los momentos de su vida y no digamos frente al toro. Luego, a su debido tiempo, del dominio debe surgir el arte al que se asocia el lucimiento. Y esto es lo más difícil: saber cuándo y cómo hacerlo. José Tomas lo sabe, y yo le he visto realizando un toreo variado e incluso vistoso sin forzar la situación, un poco según viene, como si fuera lo más natural del mundo; permitiéndose incluso ramalazos de sabor antiguo. Y adornarse de mil maneras con la sobriedad castellana que de él se espera; desde luego no con la alada gracia sevillana, pero sí con señorío y sin perder las formas, viendo el adorno como expresión del dominio y remate natural, no como un simple añadido estético.
Terminaré señalando un detalle importante que viene al caso: en la arena de Nimes nuestro hombre se encierra con seis toros y sale incólume del trance. Y aquí surge una pregunta clave: hasta qué punto es importante el riesgo para la fiesta de los toros. Naturalmente, la respuesta es que sin él ésta carecería de emoción, porque todo el mérito del festejo radica en el valor que exige; y es precisamente gracias a él por lo que el toreo se convierte en un símbolo que entronca con aspectos muy profundos de la existencia humana. En este sentido el torero de raza es incluso un prototipo. Pero la exigencia fundamental de la lidia es alcanzar el dominio de la fiera, así que cada cogida es un fracaso por mucho que sea también una prueba de coraje. De ahí que la hombrada de Nimes pueda calificarse de éxito total.
Y es que, en efecto, aquí no hemos visto como otras veces en José Tomas al gladiador triunfante pero doliente, empapado en el tributo de su propia sangre. Hemos visto a un hombre que, habiendo corrido el riesgo de un toreo ceñido y valiente, no sólo ha dominado una a una a las seis fieras que salieron de los toriles sin sufrir el menor rasguño, sino que se ha permitido indultar al más noble y bravo de sus adversarios. Un José Tomás superador de la prueba a la que quiso someterse y que de la lucha emerge elegantemente incólume.
Así ha entrado José Tomás en la leyenda el año en que los incultos dirigentes catalanes renegaron por turbios tics ideológicos del arte que cautivó a Pablo Ruiz Picasso, a Federico García Lorca, a Orson Wells y a Ernest Hemingway.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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