Comparaciones entre el verano y la noche

Por Javier Pardo de Santayana

(Óleo de Cecilio Chaves en ceciliochaves.com. 81,5 X 49)(*)

Este verano se me ocurrió pensar en el verano. Me dirán ustedes: «pues yo lo veo normal». Pero no es así, porque en el verano lo que no quiere uno es pensar, ya que, según dicen, hacerlo es una de las cosas más estresantes que hay, al menos para el hombre de hoy. Por eso lo que uno desea en verano es relajarse en una tumbona, dejarse llevar por la brisa, sentirse acariciado por las olas o regodearse viendo como otros sudan hasta por las cejas. Pero todo esto sin pensar; no faltaría más.

Bueno, pues les diré que este verano yo sí que pensé de vez en cuando, y hoy quiero confesarlo manifestando al mismo tiempo mi propósito de enmienda. Confesión ciertamente tardía como suelen ser todas las confesiones, que no encuentra uno el momento y las deja para el día siguiente.

Confieso por tanto que pensé, aunque fuera en un momento de debilidad, y se me vino a la cabeza que en la vida del ser humano el verano es un poco como la noche. «¡Craso error!» dirá usted; la noche es oscura y el verano luminoso. Y no les falta razón. Pero síganme leyendo si lo tienen a bien, y verán cómo la cosa tiene su aquel.

Aunque a ustedes les parezca raro, hace algún tiempo escribí en este mismo blog sobre «los paréntesis» y puse algunos ejemplos representativos. Si mal no recuerdo, uno de ellos era el cambio radical de ambiente que se produce ante una madre con su bebé en los brazos. Un cambio temporal que afectaría hasta a un consejo de administración en tiempo de crisis. Hoy les propongo los ejemplos de la noche y el verano.

La noche es indudablemente un paréntesis; ahí no cabe la menor duda. Es sí, un paréntesis tan importante que burla burlando acumula un tercio de la duración de nuestras vidas, que ya de por sí cunden poco. Fenómeno inquietante en lo que tiene contra natura: un ser y no ser del ser humano, que pasa sistemáticamente de la conciencia a la inconsciencia o, por lo menos, a una extraña combinación de automatismos somáticos y de delirios mentales. Y curioso hasta el extremo por el hecho de que esto ocurre cada muy pocas horas mientras, imperturbablemente, se mantiene el ritmo de vida social en el planeta.

Pues bien, no me digan que no ocurre algo parecido con el verano, cuando hasta los más campanudos líderes políticos hasta se ponen en chanclas. E incluso sonríen sin necesidad de que les apunten las cámaras, que eso es ya asunto para subrayar con bolígrafo rojo. Fíjense ustedes que hasta los indignados dejan de indignarse todo el mes de agosto, tema de indudable interés que recomiendo analicen los psiquiatras.

Mas sobre todo yo quisiera subrayar el cambiazo que experimenta el ambiente general. Se diría, en efecto, que en verano no vivimos en España, que no hay recesión que valga, que todos nos amamos como hermanos y que la mala baba anda en proceso de extinción. Todo o casi todo queda dulcificado y matizado por la arena y el sol, sea en directo o en sus versiones mediáticas. Vemos, por ejemplo, cómo retozan en Londres los olímpicos, y sólo les falta la corona de flores o los corazoncitos de Ágatha Ruiz de la Prada para meternos aún más en el ambiente veraniego. Como lo hace también esa eterna promesa de posible ligue que parece flotar en el aire ante la exhibición de torsos y muslos atezados. O la menor presencia del asfalto; que también influyen los valles, las cumbres y el olor a establo… He aquí el efecto relajante del campo, del sol y del agua convenientemente dosificados por diversas vías.

En todo caso es el verano, como lo es también la noche, tiempo de ensueños y desconexión con la realidad; tiempo de apacibles abandonos y de generosos autoengaños, como el de ese alcalde con pañuelo palestino que se dedica a asaltar supermercados… Y si ustedes no admiten la inclusión de este ejemplo por lo que tiene de expresión de esa mala baba celtibérica que suele remitir con la canícula, les haré ver que estos raros casos de furia española añaden más que restan al cambio de ambiente como anécdotas que incitan a la carcajada mientras uno se toma una cerveza o digiere una paella. Y sí es cierto que en Europa las guerras solían iniciarse con el «buen» tiempo, les argüiré que el hecho se ligaba a la meteorología y que aquellas vacaciones no se parecían en absoluto a las actuales.

En cualquier caso, y cualquiera que sea su respetable opinión al respecto, no me dirán que si durante el resto del año la noche es para muchos el único momento de descanso y de encuentro con la persona amada aunque sea en estado de parcial inconsciencia, no sucede algo parecido en el verano, cuando nos sumimos en una atmósfera propicia y premeditadamente fabricada para atraer el turismo, que recurre a toda suerte de artificios atractivos hasta enajenarnos totalmente con la venia de la autoridad y de eso que llaman «la ciudadanía».

Así que no me digan que este ambiente benevolente y desenfadado que desactiva hasta a las turbas vociferantes y se repite inexorable cada año, tendente a tomar todo a beneficio de inventario incluso en tiempos de tribulación, no constituye por sí mismo en la vida de los españoles – como espacio de desenganche de la realidad en semejanza con la noche – un paréntesis digno de ser analizado a fondo como lo es hoy la actividad onírica. Motivo justificado, por tanto, para reactivar la facultad pensante.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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