Marejada en la piscina

Por Javier Pardo de Santayana

(Swimmer. Acuarela de Carol Carter en carol-carter.com)(*)

El cambio de turno, que en este blog sigue el ciclo de las estaciones, ha acelerado la publicación de los artículos que estaban esperando en el armario y anda metiéndome una prisa que no tenía programada. «Algo se me ocurrirá…» pienso yo, más fiado de la experiencia que de mis facultades periodísticas. La razón es que ya llevo cuatrocientos diecisiete artículos en poco menos de cuatro años, y que situaciones como ésta se han venido repitiendo con asiduidad.

Cierto es que la actualidad es generosa en cuanto a la posibilidad de encontrar temas en la política, el cotilleo o la polémica, mas como uno está ya un poco harto de todo eso y el estro poético anda algo distraído, confieso que no me es tan fácil encontrar un tema interesante sobre el que aún no haya divagado en este blog.

Así andaba yo enredado en consideraciones sobre mi incapacidad para cumplir el compromiso que adquirí con el improbable lector de estas páginas, cuando tropecé con un excelente artículo de Ignacio Camacho sobre el pitote que con gran eco mediático se acaba de armar en el mundo del deporte olímpico y más concretamente de la natación sincronizada. El debate se abre al ponerse en entredicho el comportamiento de la que hasta hace unos días fue nuestra seleccionadora y entrenadora nacional, alma mater de tantos y tantos triunfos como se han venido consiguiendo. Una vez más, los españoles nos las hemos agenciado para chafar una ilusión colectiva, en este caso la suscitada por los éxitos de ese puñado de muchachas voluntariosas que nos asombraron por su disciplina y su destreza para hacer arte con la armonía de sus movimientos en el seno de un medio para mí imposible y casi hostil.

Ya saben ustedes: algunas nadadoras denunciaron los excesos de un trato a veces inhumano o por lo menos desconsiderado por parte de quien consiguió llevarlas repetidamente al podio superando a otros países con mayor tradición o potencia y asombrando a los españoles por su disciplina y precisión. Pero la denuncia no fue compartida por la totalidad de las jóvenes nadadoras, ya que, según parece, el resto de ellas o no sufrió los comentarios o supuestos exabruptos sufridos por sus otras compañeras o no dio a éstos la exagerada importancia que las primeras les atribuyeron. En todo caso, he aquí el resultado: lo que hasta ahora fue objeto de generalizada admiración por parte de la sociedad española ha pasado a convertirse en ocasión de desencuentro y división; o sea, en un escándalo que ha sido aireado repetidamente por los medios nacionales y extranjeros.

En su artículo, Ignacio Camacho va más allá de los límites de la trifulca para percibir en ella la metáfora de una cierta sensibilidad social refractaria al sacrificio. Una sensibilidad ampliamente extendida según la cual incluso las grandes hazañas deberían llegar sin demasiado esfuerzo, o, dicho más propiamente, sin sobrepasar la línea que separa la tenacidad del sufrimiento. En este sentido, el articulista reconoce que para conseguir algo realmente importante es preciso superar el desaliento, el cansancio o la flaqueza que esto trae consigo, algo generalmente poco grato y que no se puede conseguir sin aplicar una sólida disciplina que, aun siendo imprescindible para alcanzar el éxito, corre el peligro de resultar antipática y generar rechazo en cuanto a la forma en que se inculca o aplica, se promueve o se exige; claro está que a partir de la decisión de unas jóvenes que optaron libremente por el deporte de élite.

En este sentido, y sin por ello aplaudir expresamente a quien pudiera haber herido alguna sensibilidad exacerbada, el articulista absuelve a éste si se excedió en el calor de un esfuerzo «olímpico» inspirado por el afán de perfección. De ahí que lo relacione con otras realidades más serias y trascendentes haciendo ver que aquellos que, a toro pasado y tras haberse cosechado los laureles, presentan a la esforzada seleccionadora como un especie de monstruo torturador, se parecen a quienes creen «que los países se levantan de las crisis sin sufrimientos, que los conflictos se resuelven con sonrisas y que los éxitos crecen en los árboles para recogerlos sin tener siquiera que ponerse de puntillas». Comentario éste que parece oportuno en los tiempos que actualmente vivimos, cuando a sabiendas de que hasta el apuntador es consciente del problemón que nos aflige – y del que sólo saldremos a fuerza de unión, esfuerzo y sacrificio – muchos siguen con la cantinela del «buen rollito» e ignoran conscientemente lo que la realidad y el buen sentido demandan, exhibiendo una lamentable y escandalosa insolidaridad patriótica y ciudadana y protestando violenta e irracionablemente de cuanto desagradable se les impone a la manera del enfermo que, habiendo estado al borde de la muerte, se queja de la cicatriz que le dejó el doctor tras una operación a vida o muerte.

Claro que conozco también gente que, en vez de empeorar la situación arrojando piedras contra su propio tejado y transmitiendo al mundo una imagen de torpe insolidaridad, se ha puesto manos a la obra para hacer lo que conviene hacer. Gente que, consciente de una situación ciertamente lamentable, se esfuerza por hacer bien aquello que conviene hacer y es sujeto de su responsabilidad. En resumidas cuentas, que intenta salir adelante de la mejor manera y ayudar a que España salga también del hoyo al que algunos insensatos la empujaron. No les diré quienes son, pero si ustedes les conocen podrán ponerles cara fácilmente, como podrán también – estoy seguro de ello – reconocer a otros muchos españoles silenciosos y razonables, conscientes del momento que vivimos. Hace poco, refiriéndose a un grupo de españoles caracterizado por su generosidad y su espíritu de servicio, alguien me dijo casi sin venir a cuento: «lo que más admiro de ellos es su disposición para el sacrificio». ¡Ay si todos reaccionáramos así en vez de protestar más allá de lo razonable y racional o de – como hacen las ratas cuando el barco se hunde – aprovechar la ocasión para sacar partido de ella!

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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