De barcaza a sólo barca

Por Carlos de Bustamante

(Barcas. Acuarela de Acuarela de F. J. Castro en acuarelasfjcastro. blogspot.com)(*)

Angustioso el final de la barcaza, carga y ocupantes el día de la gran riada. Según me lo contaron, así se lo relato. Verán, pues, cómo la tragedia no fue g. a D. total: cuando chocó la barcaza contra los sillares emergentes de la puente hundida, saltó hecha astillas. Como creo ya les dije, se perdió toda la carga en el fondo del río. Para siempre. Las peripecias de los ocupantes fueron de película o de cuento, pero casi…reales.

Entre tablas de la embarcación y troncos de árboles que arrastraban el río, el señor Santiago, Alejandro y Benito, sus hijos, lograron aferrarse como lapas a las piedras que aún no habían cubierto las aguas. Los tres, donde apenas cabía uno y mal, perecían (lo eran) náufragos en la mar en un islote perdido. Espectáculo nuevamente dantesco. Entre remolinos que se tragaban la maleza que flotaba sobre aguas traidoras, el grupo de peñalberos miraba con terror cómo las aguas subían de nivel con peligro de rebasar las peñas de la salvación.

Muy cerca del grupo aterrado, giraba y giraba uno de los remos de la gabarra.

-¡Coge el remo Benito! Más que gritar suspiró el señor Santiago. No sin riesgo, y sin saber para qué, Benito lo sujetó con fuerza entre las manazas de castellano recio. El señor Santiago, el Marranero, católico ferviente aún sin estar en grave riesgo como ahora, hizo con unción extrema la señal de la Cruz. Le imitaron sus hijos.

Milagro o no, nadie lo sabe; pero sí, que arrastrada por la corriente cada vez más embravecida, flotaba, milagrosamente, la más frágil barquichuela nunca vista por estos pagos. Sin apenas espacio para rebullir, Benito trataba con el remo de evitar el choque seguro contra las piedras, para ellos salvadoras. Por el momento… Mientras trataba de evitar el choque, las aguas subían y subían… hasta la media pierna de los náufragos. Cogidos de la mano y así apoyados entre ellos, se sostenían milagrosamente en pie.

Fue entonces cuando la frágil barquichuela, que hubiera chocado irremisiblemente, se les acercó liviana sobre el torrente encrespado que subía y subía…

Como buenamente pudieron, o sea mal, lograron subir ¡los tres! a la que, barquilla de pescador, no estaba hecha más que para uno y gracias. Con ayuda del remo empuñado en la proa por Benito, poco a poco lograba desviar hacia un remanso-relativo- del río, lo que la corriente se empeñaba, furiosa, en dificultar. Muy quietos los otros dos, ansiaban con la mirada dar fuerza el remero del kayak improvisado. Milagro o no milagro, nadie lo sabe. Tampoco el relator. Mas lo cierto fue que, cuando las aguas sobrepasaron la borda de la “nave”, se hundió justo en el remanso. Como quien baja el peldaño de una escalera, los tres pisaron tierra; y, sin volver la vista atrás, corrieron ribera arriba, ¡salvados!

Tras los abrazos efusivos con todos y cada uno de los numerosos vecinos del caserío -testigos mudos de la escena impresionante- aún rilándose por la angustia anterior, todavía tuvieron fuerza y ánimos animosos para ayudar a subir a tierra la barquichuela hundida en el remanso.

De común acuerdo, la Salvadora- que así fue bautizada por unanimidad- quedó en el embarcadero como antes su hermana mayor, aunque ésta disminuida a lo mínimo que puede llamarse barca.

Prestó muy pocos servicios. Al no admitir más de dos pasajeros y aún éstos con riesgo, pasó el resto de sus días, como una reliquia, en el corral de “los marraneros”.

De común acuerdo los de ambas orillas, acordaron que, con un pino de la Dehesa, el habilidoso señor Julio, vecino por entonces de Peñalba y luego cachicán de la Dehesa, construyera una nueva; si no con la capacidad de la antigua barcaza, sí al menos para transportar en cada travesía diez o más personas o algún ganado si alguno lo precisara.

Tosca, fuerte, grande y a prueba de riadas, cuando quedó terminada la botadura fue solemne. La “señá” María, la vecina más antigua de Peñalba y moza de ¡101! años fue la madrina. Y don Ramón el señor cura párroco de Villabáñez y los agregados de Peñalba y la Dehesa, fue quien bendijo a la que el señor Julio tituló Esperanza en uno de los costados con perfección de maestro. Los adolescentes de la Dehesa, cantaron a coro y cuatro voces mientras la Esperanza estuvo en la orilla:

“La lancha marinera la tengo de pasar/ la niña de la arena no la puedo olvidar. No la puedo olvidar porque le tengo amor. Más quisiera morir que decirle que no”. Cantada, bendecida y quebrada en la proa la botella de sidra por la madrina, gozosa, la entrada en el agua fue espectacular. El remero señor julio, el armador, tuvo que emplearse a fondo con los remos, tan pesada era como segura. El atraque en el embarcadero de la Dehesa, no desmereció al de la orilla de Peñalba. Pese al incidente…

La señá Jacinta, mujer del cachicán Santiago el Sábanas, era oriunda del más puro secano en el páramo de La Parrilla. Como la totalidad de los vecinos del caserío vino al embarcadero para rendir homenaje a la nueva Esperanza. Aplaudía a rabiar, pero con los ojos clavados en el agua que, pese a discurrir mansa como una balsa de aceite, para ella era de tanto o más peligro que el día de la gran riada. No obstante, y como se la invitó a efectuar la primera travesía. Bajó, temblorosa, uno, dos, tres escalones; metió un pie en la barca, pero el otro quedó clavado en tierra.

-¡Vamos mujer, no tengas miedo! , le animó su marido el Sábanas.

.¡Virgen santísima del Carmen!, exhaló más en un tenue suspiro que exclamación del miedo que llevaba dentro. Desde la Esperanza el señor Julio le tendió la mano; pero al soltar la cadena con que sujetaba la barca a la orilla, La Esperanza se separó ligeramente del embarcadero. Como la oronda señora seguía en sus trece de no abandonar su querida orilla, no pudo evitar la posición “inestable”. Entre suspiros, nuevas jaculatorias a la Virgen de los navegantes y más pálido el rostro que la peña alba, el enorme volumen de la señá Jacinta cayó con estrépito al agua. Mientras el barquero tiraba de ella y, a duras penas la sacaba del agua, la señá Jacinta enmudeció, paralizada por el terror. El peinado y manteos de fiesta quedaron tan rebozados en el légamo del embarcadero, que era difícil averiguar el contenido dentro de ellos. Detrás de ella subieron con agilidad varias mozas. Eso y no otra cosa esperaban los adolescentes de la Dehesa. Atravesaron como delfines el río, no sin adivinar en ellos una sonrisa de presagios dudosos. A uno y otro lado de la Esperanza, parecía que le dieran la escolta merecida. Cuando uno de ellos se agarró a la borda de la barca, y al moverse ésta lateralmente, el griterío de las mozas fue ensordecedor. Al tiempo que del alma de la señá Jacinta salía una riada de jaculatorias, que ni el día de la catástrofe. Cuando la nave encalló en la arena suave del embarcadero en la orilla de Peñalba, con agilidad impropia de sus “carnes tolendas” la señá Jacinta saltó a tierra la primera. No paró de correr más y mejor que en sus años mozos hasta llegar a la iglesia para dar gracias. Entraron todos. Luego, en casa del Marranero, todos celebraron con pastas y buen vino tan señalada inauguración. Será enm la próxima “entrega”, si Dios es servido cuando finalicen las celebraciones religiosas y profanas.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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