Temor a los jóvenes

Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de Takashi Akasaka en amantesdelaacuarela. blogspot.com)(*)

Hace unos días que España lloró la muerte de tres niñas de dieciocho años y una de diecisiete literalmente aplastadas por la multitud. Era la noche de los muertos macabramente escenificada en el macro concierto organizado en un gran recinto deportivo.

Ahora se especula sobre el aforo, que, según parece, fue ampliamente sobrepasado. Desde luego las fotos aéreas nos muestran un impresionante panorama de seres amontonados sin dejar entre ellos el menor resquicio, situación ante la cual, como tantas otras veces, surge un sentimiento de rechazo natural que le hace a uno preguntarse cómo es posible que permanecer durante horas en esa situación incómoda por naturaleza puede atraer a nuestros jóvenes tanto como según parece les atrae. Quizá llegásemos a entender este fenómeno si, acercando nuestras cámaras a aquel mar de cabezas, pudiéramos observar la cercanía de la piel humana, generosamente mostrada y casi palpada en un ambiente de oscuridad dramáticamente realzada por una orgía de focos parpadeantes y haces que rasgan la noche. Pero, ¿realmente puede disfrutarse así, rodeados hasta el agobio por el olor a sobaco de una multitud de desconocidos más o menos perturbados por el alcohol y sin posibilidad siquiera de hacer descansar, no ya las propias posaderas, sino, por lo menos, la copa de rigor?

¿Puede alguien disfrutar de esta manera hasta que llegue el alba? se pregunta uno. ¿Es que alguien puede aguantar toda una noche así, sin la ayuda de productos químicos? Claro que ayuda la hay, porque en la gran noche madrileña las pastillas andan a la orden del día. Como también otros estimulantes poderosos. Así que, seducidos por la tiranía de la noche, los jóvenes de estos días, apelotonados hasta el hacinamiento, no sólo exponen su alma, sino también su vida. O viceversa.

Yo creo que habría que hacer algo para evitar este peligro, ahora que tanto nos preocupamos por «la seguridad». Lo dije cuando se produjo la muerte de aquel joven en Rosales aplastado por los rodillas de uno de esos porteros mafiosos que convierten los locales nocturnos en una especie de garitos del Chicago de los años treinta. Dije entonces que aquella podría ser buena ocasión para hincar el diente al problema casi imposible de la constante amenaza de esta pasión ibérica por los juegos nocturnos.

Ahora, que tanto se habla de referendos, uno bien oportuno podría plantearse preguntando a los padres de nuestros jóvenes si no les parece urgente poner coto a este desmadre. Pero mucho me temo que todo siga igual. Dos importantes factores avalan el supuesto: la potencia económica del Gran Tinglado de la Noche, convertido en un inmenso negocio definitivamente asentado en el panorama de nuestros modos y costumbres, y nuestra incapacidad para educar a los jóvenes de forma que se resistan a convertirse en presa de la avaricia de quienes ven en ellos una sabrosa oportunidad para el enriquecimiento. Porque, reconozcámolo por fin abiertamente, los padres y educadores de las dos últimas generaciones hemos abdicado de la responsabilidad de liberar de esta trampa a nuestros hijos.

Quiero decir con esto que cuando vemos cosas como la Noche madrileña – y cuando digo madrileña podría decir de cualquier otro sitio – lo que vemos en realidad es un caso flagrante de mala educación, entendida ésta en su sentido más amplio. En efecto, no creo que pueda llamarse buena a una educación que, admite como algo absolutamente normal el que, además de ponerse en peligro la salud física y moral de nuestros jóvenes, soportemos el constante sufrimiento de unos padres que, pendientes del reloj y de una llamada perdida, permanecen en vilo y en vela cada vez que sus hijos salen de noche, o sea, una vez cada semana como poco: angustiosa tortura de la que todo el mundo sabe pero que pocos revelan como no sea con una sonrisa como de aceptación de lo inevitable, y que sólo ahora sale a la luz en nuestros medios tras la lamentable muerte de las cuatro jóvenes.

Quizás el quid de la cuestión sea un factor del que no se habla mucho pero que ahí está y es realmente lamentable: el temor a los hijos, y también, por extensión, hacia los hijos de los demás. Porque, consolidado el relativismo y proscrito por obsoleto cualquier vestigio de convicción moral – y, no digamos, de visión religiosa de la vida – ¿qué autoridad queda a los padres y educadores para imponer o siquiera aconsejar un comportamiento u otro?¿es que vale menos mi opinión que la de usted? ¿dónde queda la libertad de cada uno?

De este modo llega el momento en que los padres temen decir algo que al provocar una mala respuesta por parte del hijo genere una situación irreversible. Así que se abstienen, como se abstienen los maestros y los profesores, hastiados de contestaciones irrespetuosas pero temerosos tanto de los hijos como de sus padres. Educadores que claudican ante la posibilidad de reacción, no sólo de los muchachos, sino incluso de unos progenitores cómplices por excesivamente protectores.

Pero ya se sabe a qué conduce esa falta de respeto que comienza con un simple detalle aparentemente irrelevante como hacerse el simpático sin corregir las faltas, o animando, por ejemplo, al omnipresente tuteo igualitario. Luego, a ver quién se atreve a sugerir otro estilo de vida, que sería la verdadera solución a tantos problemas como amenazan a una juventud desorientada : bajo rendimiento académico, falta de compromiso moral, hastío – que se intenta remediar de tantas formas -, falta de sentido de la vida y materialismo disolvente. Abortos. Y colaboración inconsciente con quienes saben aprovechar la situación instaurando costumbres y mecanismos casi imposibles de echar abajo, como el Gran Negocio de la Noche, que les permite rellenar sus cuentas corrientes a costa de la futura felicidad de nuestros hijos.

—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8487/8164229860_7cee10eeb5_z.jpg

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

Lo más leído