Los lunes, revista de prensa y red

“Puerto Rico no quiere ser Cataluña”, de Antonio Burgos, y “Ataque a la libertad”, de David Pérez

(Viñeta de Montoro en La Razón del pasado día 5)(*)

PUERTO RICO NO QUIERE SER CATALUÑA

Artículo de Antonio Burgos publicado en ABC el pasado día 11

Cuando hay un proceso electoral aquí en España y conocidos los resultados que nos afectan directamente, a quién tendremos de alcalde, o de presidente del Gobierno, o de la autonomía, a muchos nos gusta al día siguiente tener una visión sentimental de las votaciones. Mirar cómo ha votado el barrio en que nacimos o el pueblo de aquí-mi-señora, quién ha ganado en la playa donde veraneamos. Cuando hay elecciones en Estados Unidos, yo tengo uno de estos lugares sentimentales donde mirar el resultado de unas urnas tan cercanas como las del lugar de nuestra residencia, censo y voto. Miro el resultado electoral en Puerto Rico, que no vota en las presidenciales, pero elige gobernador. Igual que hay aficionados a la filatelia, al bridge, a los caballos o al tenis, yo soy aficionado a Puerto Rico, lo siento.

Si La Habana es Cádiz con más negritos, el Viejo San Juan es El Puerto de Santa María con asopao de camarones en vez de arroz caldoso y con un callejero estrictamente español y colonial, donde puedes quedar citado con un amigo en la calle Tetuán esquina a O´Donnell. Puerto Rico es como un viejo romance fronterizo, donde nuestra cultura hispana linda con la norteamericana, a la que viene venciendo desde 1898, y donde en El Morro ondea con orgullo la vieja blanca bandera española con la roja cruz de Borgoña, junto a la de las barras y estrellas y a la boricua del «qué bonita bandera,/qué bonita bandera/qué bonita bandera/la bandera puertorriqueña».

Como Arturo Mas es aficionado a dar por saco a Madrid, pero no devoto de Puerto Rico, en el bolero antillano de su sueño imposible que busca quimeras separatistas se ha equivocado con «Borinquen, la tierra del Edén, que el gran Gautier llamó la reina de los mares». En los albores del alboroto separatista dijo muy solemnemente que Cataluña quiere ser como Puerto Rico: Estado Libre Asociado. Me imagino que ahora negará la mayor, como se dice en idioma tertulianés, y dirá que Cataluña no quiere ser Puerto Rico de ninguna de las maneras. Porque no sabía el cliente de las moscovitas suites de lujo que las elecciones americanas han demostrado que Puerto Rico no quiere ser como Cataluña. Lo que quiere es dejar su situación de Estado Libre Asociado y alcanzar una cosa que «allí le llaman el malecón» con una palabra espantosa, puro espanglis: la «estadidad». De separatismo, nada: Puerto Rico quiere la integración absoluta y de pleno derecho en los Estados Unidos como un Estado más, como el Estado 51 de la Unión, del mismo modo que ya alcanzaron esta condición Hawaii o Alaska, con el frío que hace en Alaska si se mira desde el clima paradisiaco de mi querida playa de Isla Verde.

Las cifras de la consulta referendaria que votaron los puertorriqueños el primer martes después del primer etcétera dejan a Arturo Más como su propia figurita de «caganer»: con el culo al aire. El 54% de los boricuas ha votado «no» a la permanencia del actual status semicolonial del ELA, del Estado Libre Asociado, y ha optado por otra de las tres opciones que se presentaban. De estas tres opciones de los objetores de ELA, el 61% ha votado por convertirse en el Estado 51, el 33% ha optado por mantenerse como ELA Soberano y sólo el 5,5%, por la independencia.

Queda claro, pues, que si Cataluña quería ser como Puerto Rico, Puerto Rico no quiere ser como Cataluña bajo ningún concepto. Puerto Rico quiere ser con respecto a Estados Unidos como Andalucía o Castilla con respecto a España. Tras las consultas de 1967, 1993 y 1998, en que se votó la continuidad del ELA, es la vez primera que gana la estatidad, la integración plena en Estados Unidos. A ver si Arturo Más va a Puerto Rico y se entera. Aunque tengamos que pagarle en el Caribe Hilton de San Juan la suite de reglamento y de gañote.

ATAQUE A LA LIBERTAD

Artículo de David Pérez, alcalde de Alcorcón, publicado en La Gaceta el pasado día 12

En los últimos tiempos se ha convertido en normal que quienes pierden las elecciones desencadenen un cuestionamiento radical de las instituciones que no controlan. Es ese acostumbrarse lo que me asusta, porque en tres décadas de democracia no se había tolerado semejante ataque a la libertad. A uno le podían gustar o no sus gobernantes, sus ministros, su presidente autonómico o su alcalde, pero asumía y acataba su legitimidad.

Ahora, no. Ahora, si el elegido por el pueblo es del Partido Popular, entonces se justifica cualquier actuación contra la institución que democráticamente represente. Quiero decir aquí que no todas mis afirmaciones son aplicables a la totalidad de la izquierda, puesto que sinceramente creo que puede haber posiciones moderadas y democráticas dentro de ella.

Pero basta asomarse a Internet para que a cualquier demócrata se le pongan los pelos como escarpias al leer lo que se dice en determinados foros de una izquierda realmente convencida de que los cargos públicos del PP carecemos de toda legitimidad para gobernar, por mucho que nos haya votado la gente. Si se hiciera una encuesta entre esa amalgama de antisistemas, okupas, indignados, ultras, comunistas y socialistas radicalizados que ahora nos explican a los demás lo que es la democracia, asustaría leer sus pensamientos reales.

Hay cinco factores que quiero mencionar respecto a este intento de imposición de unos fines colectivos ajenos a la propia voluntad popular, que queda supeditada a una especie de necesidad histórica que acontece justamente cuando los que deciden no son los “correctos”, o sea, los izquierdistas: el uso del lenguaje, el victimismo, la superioridad moral y la idea que estos movimientos tienen de la violencia.

El lenguaje, como en toda la historia del totalitarismo, juega un papel muy importante en movimientos populistas que se han arrogado toda la legitimidad para dirimir lo que es bueno y lo que no. Básicamente, lo bueno es ser de izquierdas y lo malo es ser liberal o conservador. Las urnas ya no les valen, son supuestas asambleas las que marcan la pauta de movilizaciones que encierran un cuestionamiento general del sistema y particular de cualquier Gobierno que no sea de los suyos. Es su idea de la democracia.

Una de las cosas que he observado es la inversión de los términos agresor-agredido para justificar ulteriores agresiones. Me explico: en el lenguaje de los movimientos populistas, una “agresión” es, por ejemplo, una decisión gubernamental, una ley o una medida con las que no estén de acuerdo. Es decir, cuando gobierna la izquierda y aprueba una ley, tú puedes estar o no de acuerdo, te puede gustar o no, la puedes criticar. Si el PP toma una medida que no gusta a esos colectivos, ¡es una agresión! Y claro, como es una agresión, hay que defenderse. ¿Cómo? Como sea necesario, al fin y al cabo hay un Estado agresor. ¿Les suena esta terminología? A mí sí. El victimismo es un elemento muy claro para presentar al adversario, en este caso el Estado de Derecho, como un aparato represor. También me suena.

Lo que más sorprende al debatir con determinados militantes de la izquierda es que, sean radicales o no, consideran que son moralmente superiores al resto. De eso no hay dudas, se verbalice o no. Pero la realidad es otra. Los movimientos populistas que se dedican al cuestionamiento general de las instituciones democráticas no son democráticos. Su inspiración de ultraizquierda no es democrática. Su desprecio a la voluntad popular expresada en las urnas no es democrática. Su recurso permanente a la agitación como sustituta del debate político compromete la convivencia. Su rechazo frontal al Partido Popular es todo menos democrático. Considerar “agresiones” las legítimas decisiones tomadas desde el escrupuloso respeto a la Ley es una mera coartada para justificar un rechazo que en su vertiente radical no tarda en convertirse en violencia. Pero si esta es por una agresión, pues es legítima defensa. Y, además, moralmente superior.

Cuando se juega desde los partidos de izquierda a incendiar la calle, estamos ante un ejercicio muy poco democrático de patear el tablero donde se juega una partida que esa izquierda ha perdido. Es no aceptar el veredicto de las urnas. Es intentar impedir que el Gobierno cumpla la función para la que ha sido elegido. Y eso se llama totalitarismo. De baja intensidad, por ahora, pero totalitarismo. Es el totalitarismo que viene, y aquí queda advertido.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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