A los progresos de las Artes. 13. La Real Academia y los pasos de Semana Santa

Por José María Arévalo

(¡Viva la Virgen!. Óleo de Gabriel Osmundo Gómez -1856-1915-, en el Catálogo de pintura de la Real Academia de la Purísima Concepción, de Valladolid, realacademiaconcepcion.net. 0,50×0,94)(*)

Después de explicar la organización inicial de la Academia, con los primeros Estatutos de 1783 y 1786, el estudio de doña Amalia Prieto Cantero, “Historia de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid” – con cuya publicación nos unimos a la celebración del 230 aniversario de que Carlos III admitiera a la Academia vallisoletana bajo su protección, en 1783-, aborda la labor de la Academia en el siglo XVIII dedicando una amplia mirada a su labor de atención a la conservación de nuestro patrimonio artístico, en lo que tiene especial importancia la recuperación de los pasos de Semana Santa, de lo que dará cumplida noticia en los sucesivos capítulos. Cuenta ahora cómo empezó la preocupación por estos pasos y cual era su situación hace tres siglos, bajo el epígrafe “Atención de la Academia a las obras de arte. Los pasos de Semana Santa, y Reales Órdenes acerca de este y otros asuntos artísticos”

“Está concretado este estudio -explica doña Amalia-, preferentemente, a la atención prestada por la institución académica, a las obras artísticas en sus tres ramas: arquitectura, pintura y escultura, tomando como punto de partida el año 1787, ya que los datos contenidos en documentos anteriores los recogen los historiadores que modernamente se han ocupado de aspectos parciales de ella, en los años 1783 a 1786.

Se había iniciado en Valladolid, en 1787, la publicación de su primer periódico titulado Diario Pinciano. Su director y redactor era José Mariano Beristáin, presbítero, ya citado como consiliario de la Academia de la Purísima, el cual era, a la vez, catedrático de Instituciones Teológicas de la Universidad. Salió dicho Diario los miércoles de cada semana, del 7 de febrero de 1787 al 18 de junio de 1788. En las páginas de esta primera publicación periódica vallisoletana Beristáin fue dando noticias, en una de sus secciones, de la labor realizada por la corporación académica, ponderando sus trabajos docentes efectuados con gran entusiasmo abnegación y carencia de ayudas económicas, pese a lo cual realizaba una acción que se atrevía a calificar de milagrosa porque no sólo se sostenían sus enseñanzas con las aportaciones de académicos y alumnos sino que aun, en su celo por estimular a los escolares, establecía premios de aplicación y aprovechamiento al final del curso.

Ya se ha indicado que el sostenimiento de la Academia, gastos de clases, sueldos de profesores, etc., se pagó durante años con las aportaciones económicas de profesores y alumnos. Por 1803 el Rey la concedió la mitad del arbitrio cobrado en la Casa-Teatro destinado al pago del alquiler de los locales que ocupaba la corporación académica. Hacia 1832 la fue concedida también una parte del ingreso obtenido por el derecho de puertas de la entrada del cacao y bacalao. Ambas aportaciones cesaron por 1847.

No paró en esto la labor de Beristáin, sino que conociendo las finalidades asignadas en sus estatutos, a la Academia, por Carlos III, levantó su voz, a manera de tribuno público, en el número 9 del diario que dirigía, publicado el miércoles 4 de abril de 1787, para despertar la conciencia de los vallisoletanos y estimular a la Academia en un asunto de gran importancia: era el referente a los pasos de la Semana Santa vallisoletana, acerca de cuyo estado y peligro de destrucción publicó un interesante comentario.

Sabido es que dicha Semana adquirió en esta ciudad un esplendor extraordinario a partir del siglo XVI, alcanzando su mayor y más perfecta expresión en el XVII cuando Gregorio Fernández, maestro “de pasos” produjo sus obras en Valladolid. Por motivos que no son del caso estudiar aquí, la Semana Santa fue decayendo en el siglo XVIII, pudiéndose indicar el año 1784 como punto de partida de tal decadencia. A partir de entonces los pasos y desfiles procesionales, que se sacaban en dicho tiempo sagrado, dejaron de salir con la regularidad hasta entonces habitual.

En los indicados desfiles se sacaban representaciones o escenas de la Pasión y Muerte de Jesús formadas con «figuras al natural de exquisita, primorosa y admirable escultura…», dice Beristáin en su comentario, y prosigue: «Cuando Valladolid no tuviera otros títulos con que gloriarse sobre las principales ciudades de España, estas solas obras bastarían para hacer famoso su nombre en la república del buen gusto de las artes. Los extranjeros sabios y conocedores y apreciadores de lo bello… han hecho viajes a la península con el único fin de ver estos pasos que han hallado tan excelentes que -según Palomino- han vuelto a sus países diciendo que era lo mejor que había en España…».

De manera especia1 Beristáin se detiene en describir las estatuas, hechas por Gregorio Fernández, del “Descendimiento” y la “Columna” pasos ambos de la iglesia penitencial de La Cruz, acerca de los cuales dice que el autor excedió a «Lysipo», a Policleto, a Mirón, a Miguel Angel y aun a Fidias; y expresa lo conveniente que hubiera sido el que los vallisoletanos hubieran creado, como los eléos, un oficio perpetuo para limpiar estas estatuas del divino Hernández y conservadas como él las dejó, pero al menos -dice- ya que estaban mal cuidadas, aconsejaba que no se desfigurasen con composiciones o retoques como había ocurrido con algunas de las esculturas mencionadas por dicho periodista. Después -éste- da detalles de los pasos de Juni y de estatuas de los Leoni; y termina diciendo que tales escenas solamente se armaban por la Semana Santa, presentándose y colocándose en las penitenciales de La Cruz, de La Pasión, de Jesús Nazareno, y de La Piedad y en la Plaza Mayor para que las admirasen los pasajeros y peregrinos, y que el Viernes Santo por la tarde eran conducidas, las principales de ellas, en la procesión sostenidas por 50 ó 60 hombres «con el consiguiente riesgo». Y agrega: «pero si salen felizmente de la Semana Santa se deshacen los pasos, las figuras se tiran o arrinconan, y las preciosas reliquias de nuestro Siglo de oro y los monumentos del esplendor y la perfección que las artes tuvieron en España se entregan a la jurisdicción de la polilla, al polvo destructor, a la humedad y lobregueces de un salón oscuro donde se mantienen durante un año esperando, como los Padres del Limbo, otra Semana Santa.

Esto debe reformarse -sigue Beristáin, y prosigue-: concluiré indicando lo que me parece más oportuno y fácil: las imágenes de Jesucristo y su Madre Santísima deben colocarse en las iglesias a la vista del pueblo, y las otras figuras y estatuas ponerse al cuidado de la Real Academia de Nobles Artes de esta ciudad, que sabrá cuidarlas mejor y sacar fruto de ellas copiándolas por dibujo o imitándolas por modelo. Parecerá esto duro a las cofradías y aun injusto, pero el Rey puede hacerlo y el público ganaría mucho en ello»

Juan Agapito y Revilla estudia documentalmente la reacción de los académicos ante el comentario de Beristáin. Aunque hace referencia a la buena impresión que había producido a la Superioridad parece, no obstante, que aquel historiador desconocía el «Diario Pinciano» tal vez por no haberse publicado aún la edición facsímil realizada en 1933, siete años después de efectuado por dicho Agapito y Revilla el estudio mencionado. Sea como fuere, el investigador sobredicho publica en su libro “Las Cofradías, las Procesiones y los Pasos de Semana Santa en Valladolid, Apéndice B”, datos tomados de los Archivos de las Cofradías indicadas. Otro historiador y también, como el citado, académico de la Purísima Concepción, Filemón Arribas Arranz ofrece, igualmente, en su estudio “La Cofradía Penitencial de N. P. Jesús Nazareno”. detalles referentes a la decadencia de tales conmemoraciones religiosas a finales del siglo XVIII. Particularmente el primero da noticias a cerca del mal estado de conservación de las figuras, muchas deterioradas gravemente cuando no destruidas o, a veces, desaparecidas. Téngase presente que los pasos anteriores al siglo XVII eran de cartón y lino, armados sobre mesas o tabernáculos, fáciles de deteriorarse. Gregorio Fernández ya los hizo de talla, en madera, en lo cual coincidieron otros artistas. En la época de estos escultores tuvo su apogeo la Semana Santa Vallisoletana, comenzando después de ellos la decadencia; impresas las publicaciones citadas en Valladolid. Impr. Castellana, 1925; y en Valladolid. Impr. Casa Martín, 1946, respectivamente.

El comentario de Beristáin fue muy oportuno y conveniente, y la Academia le recibió -con satisfacción, pese a la dificultad que por entonces tenía de hacerse cargo de las figuras de tales escenas religiosas. Fue un aldabonazo a la opinión pública a la vez que marcaba rutas para la labor a desarrollar por dicha institución académica. “En primer lugar” ésta debía preocuparse de que se prestase atención a las valiosas esculturas que componían los sobredichos pasos, manteniéndolas, limpias y bien cuidadas para que no se destruyesen; y en segundo término -y esto es lo más importante- podía aspirar a tener en sus salas tan importantes obras artísticas que servirían de modelos de valor imponderable para que se copiasen en sus clases.

No era esto una novedad en el ámbito de las Academias. Ya en Madrid, por 1765, con ocasión de haberse decretado la expulsión de los jesuitas, se pensó en destinar las numerosas pinturas que éstos poseían -que eran de gran valor- para que sirviesen de modelo a 1os alumnos y de estudio a los profesores de la Real Academia de San Fernando, corporación a la cual la de Nobles Artes de Valladolid consideraba como superior y guía en su labor.

La Academia de la Purísima Concepción trató este asunto en Junta General de 16 de agosto de 1787. El Protector quiso que se deliberase acerca de lo que pareciese más oportuno y conveniente a efectos de custodiar las estatuas de los pasos si se pusiesen bajo su cuidado. Convinieron todos en que la corporación se haría cargo de ellos “si la obra proyectada para concluir las casas consistoriales -en donde se daban las clases- tuviese efecto” pues en tal caso habría lugar donde colocarlos, de lo que entonces carecía (Publicada este Acta por Juan Agapito y Revilla en ob. cit., Apéndice B, p. 102 y siguientes).”

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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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