Imágenes de Mozambique: Contrastes

Por Javier Pardo de Santayana

(Pueblos in the Moon Light. Acuarela de Sterling Edwards en sterlingedwards.com)(*)

Vaya por delante una nota de esperanza: según todo lo que vengo leyendo sobre Mozambique, este país está en una senda acelerada de progreso. Quizá por eso acude tanta gente para impulsar programas y, de paso, sacar provecho de un futuro que promete; quizá también por eso los norteamericanos tienen la intención de construir una embajada nueva en la capital. Y quizás sea ésta, incluso, la razón por la que yo mismo recalo aquí, donde jamás pensé vivir ni siquiera por una corta temporada. Ya hablé de ello hace unos días en este mismo blog.

Pero en una guía del país leo un dato estremecedor: la esperanza media de vida no pasa de los 41 años. Y al imaginarme a mi mismo en esa edad concreta – casi recién casado – no puedo por menos de lamentar que aquí la gente sienta tan pronto esa cercanía de la muerte que yo siento al filo ya de los ochenta. Y pienso que algo habrá de resentirse el ambiente social y familiar de un país cuando tan poco puede esperarse de la vida.

He aquí una observación que lo matiza: el dato en cuestión se verá sin duda influido por una alta tasa de mortalidad infantil, de forma que quienes superen los años iniciales de su existencia contarán con unos años más de los que esta estadística parece concederles. Pero, con todo, el dato de los 41 no debe alejarse demasiado de la realidad cuando, al finalizar la misa del sábado en Santo António de Polana, el sacerdote presentó a dos de sus feligresas que acababan de cumplir los cincuenta, y todos cantamos el “Happy birthday“. Hasta aplaudimos el desusado hecho. Luego el sacerdote nos comentaría que en todo caso las estadísticas son aquí poco de fiar, puesto que, ya de entrada, muchos padres ni registran a lo recién nacidos en vista de que su existencia aún no está consolidada. Y no lo van a hacer después de que éstos mueran.

Pero el problema no se limita a la alta tasa de mortalidad infantil, porque ahí están también el sida y la clásica malaria. Hasta ahora, mi familia, que ya lleva casi seis años en el África negra, va saliendo incólume de los mosquitos simplemente siguiendo un horario de la mayor prudencia: puesto que éstos suelen picar al caer el sol, uno se recluye en la casa al atardecer y luego se levanta muy temprano, o sea, a partir de las cinco que nosotros diríamos “de la madrugada”.

Del sida nos dan unas cifras espeluznantes: en algunas regiones del país el porcentaje de los contaminados alcanza al 20 por ciento de los habitantes. Y nos precisan que muchos de los que emigran para trabajar en las minas de Sudáfrica vuelven a casa con la enfermedad. Las palabras de nuestro cura español, buen conocedor del dolor de los mozambiqueños, añaden un acento de tragedia clásica: “muchos vuelven ricos para morir”. Y aun lo de “ricos” me parece perfectamente relativo.

En una escena de “El ala izquierda de la Casa Blanca”, un representante de la industria farmacéutica que debate el tema recuerda a un político africano la cruda realidad: para seguir el tratamiento del sida – que requiere ingerir un considerable número de medicamentos a horas muy precisas – es casi imprescindible disponer de un reloj de pulsera. Y la mayoría no lo tiene. Así que muchos acaban desistiendo. También abandonan por cansancio muchos de los enfermos de malaria.

Y mientras esto ocurre, nosotros, que contamos con una sanidad modélica y más que doblamos la esperanza de vida de países como éste; nosotros que alcanzamos unas cifras espectaculares de supervivencia infantil y que sólo tenemos el problema de que esto se mantenga pese al progresivo envejecimiento de la población, nos ponemos estupendos y nos liamos a pintar pancartas en cuyos lemas no creemos y que animan a no hacer nada de nada y mantener nuestro envidiable estatus aun conscientes de que de seguir así daremos al traste con tan espléndido sistema.

Sí: a veces uno se siente mal ante el contraste. A veces uno tiene la impresión de vivir en un falso plano de la realidad, de habitar en un mundo artificial en el que el alejamiento de lo esencial nos lleva a crear problemas innecesarios desde posturas de insolidaridad. De construir una sociedad donde campa por sus respetos un relativismo desorientador cuyo fruto esencial es el egoísmo más brutal.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8510/8394952365_8525727463_b.jpg

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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