Por Carlos de Bustamante

(Toros en el campo. Obra de José María García Fernández, “Castilviejo”)(*)
Lo prometido es deuda. Después del artículo “Dehesa ganadera”, les dije: continuará… Sin más, pues, continúo:
En casi todos los pueblos del valle del Duero y de un sinnúmero de valles, páramos o montañas, de España entera, las fiestas de sus Patrones no serían tales si faltase la fiesta nacional de los toros. Y son de raigambre tan ancestral, que por mucho que se empeñen los anti taurinos, no les va a ser posible eliminar la tradición que se lleva en los genes. Además de las capeas, concurso de cortes, corridas para noveles etc. del propio pueblo, la afición lleva a asistir a otros festejos taurinos en la capital y en los pueblos colindantes.
Cabeza de partido Tudela de Duero, la afluencia de forasteros el día de su Patrona la Virgen de Agosto-Asunción de Nª Sª-, era más que notoria en la plaza de toros “atalancada”. Antes de las capeas en ella, de día y de noche, los astados pacían en los prados cabe el Duero.
Sucedió un 14 de agosto. Víspera de la Fiesta Grande. Los caballistas (más de una vez alguno de los hermanos), conducían los toros a punta de garrocha desde los prados al corral de la plaza. Acosados por ellos (los caballistas) más de un toro bravo optaba por la salvación atravesando el río a nado.
Colindante gran parte del término de Tudela en los prados con las orillas de la Dehesa de Peñalba ganadera, el “fato” a sus hermanos de raza, hacía mayor la querencia para lanzarse, también por temor, a lo desconocido.
Cazaban dos de la familia de “Hijos del Trueno” (Boanerges) por parajes del Redondal peñalbero, cuando no sin enorme algarabía de los caballistas del otro lado del río, anunciaron la huída del más bravo y caporal de la manada. El que, junto a otros varios, se lidiaría ese mismo “día de la víspera”. Como el más experto anfibio, el torazo atravesó en un santiamén el río y se perdió entre la espesura del Redondal en la Dehesa.
Los cazadores estaban ahora más atentos a los conejos que a la fuga de la res brava. Algunos de los roedores que atravesaban como relámpagos el camino entre el río y el canal para buscar refugio entre los zarzales de la ribera caían dando “pingoletas”. Otros, buscaban y encontraban refugio en la protección espinosa impenetrable.
Después de descerrajar a una pieza los cuatro tiros –fallidos- de los dos escopeteros, comenzaron el rastreo con ansias cazadoras de revancha por el excesivo consumo de munición. Su caballo de batalla.
El susto del pequeño de los mayores fue de órdago a la grande: entre espinos, chopos y álamos cuasi entrelazados, discurría, manso, el caudal de una fuente. En absoluto manso lo que vio tumbado junto al manantial. El toro fugado descansaba del esfuerzo efectuado en la travesía del río a nado. Como si hubiera recibido una potente descarga eléctrica, el cazador quedó quieto, petrificado.
El mugido del toro cuando le llegó el fato humano, hizo que la estatua del “Tancredo”, reaccionase. En movimiento rápido e instintivo, se encaramó al roble de cuyas raíces parecía manar la fuente. Puede que el roble fuera endeble por criarse junto al agua; o, más probable, puede que el intrépido… cazador fuera demasiado pesado para ramas tan endebles. El caso es-fue- que según empujaba la res con la testa las ramas del roble, éstas se balanceaban hasta casi tocar el suelo. En lo que el toro se dirigía a embestir al balanceado, las ramas volvían una y otra vez a la posición vertical; lejos “su pieza” del alcance de las astas temerosas. A los mugidos enrabietados, acudió el otro hermano. Precisamente el que, con afición y facultades innatas o adquiridas, se le conocía con el nombre taurino de “Morenito de Peñalba”. Porque lo era. Moreno como las moras. O mejor: como la fiera que ponía en verdaderos apuros a su hermano. Negro zaino.
-¡Eeeeh toroooo”, eeeeh!, le citó con un saco en la diestra que sacó del morral. Dejó el toro una presa y, cuesta arriba, se fue en derechura a la otra, que le llamaba desde lo alto de la ribera. Como en un nido-sin cimbrearse ahora- el pequeño de los mayores, contempló atónito la escena. De nada le valió al negro zaino (el toro, no el torero) embestir al cuerpo y no al pésimo “engaño”, que no era tal. Sin la quietud que mandan los cánones, Morenito de Peñalba le dio tal cantidad de pases, que el negro zaino (el toro, no el torero), aburrido, volvió, testarudo y no tan bravo, a su antigua presa. Pero el “pájaro” había volado del nido.
Como el pájaro volandero insistió en que no repitiera la llamada, los dos vieron –de lejos, sobre todo el timorato- cómo la fiera cornúpeta, volvía a descansar en la frescura de la fuente. Desde entonces y para los restos: “Fuente del Toro”. La que a su sola vista, hacía que al menor de los mayores se le subieran los “congojos”.
Y es que, para bravos de verdad,sus Canastillo y Romero. ¡Velay que en otra ocasión volvamos sobre el arte tan denostado con argumentos sin fundamento ni peso!
Con los “bezaos” (bueyes mansos) a la otra orilla, el negro zaino (el toro…) volvió, humillado, a los corrales. Junto a la plaza atalancada. Tudela de Duero en fiestas. Quince de agosto: la Asunción de la Virgen.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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