Por Javier Pardo de Santayana

(Camino bajo el sol. Acuarela de José Luis Fiol Albero, en fiolvalero.com) (*)
Cuando sale uno por ahí casi siempre viaja con cierto miedo a cuestas. Por ejemplo, si uno viene a Mozambique no podrá evitar la preocupación por la malaria, pues sabe que aquí ésta alcanza unos niveles considerables de incidencia. Y si se instala para un largo periodo de tiempo asumirá ciertas costumbres que le aseguren una relativa inmunidad. Ésta es precisamente la razón por la que dejamos fuera a la noche y nos encerramos en casa desde las cinco de la tarde hasta las cinco de la nueva mañana (“madrugada” en español). También podría uno temer la animadversión remanente hacia “los blancos” por parte de algunos ciudadanos excesivamente influidos por el espíritu revolucionario y “antioccidental” que alentó el antiguo régimen. Y luego está la inseguridad que genera la inmersión en una cultura diferente y tantas cosas más. Motivos evidentes por los que gran parte de los españoles recelan de salir al extranjero como no sea blindados por un contrato que les lleve de un lado a otro en autobús bajo la protección de unos avezados guías profesionales. Entonces contemplarán con cierta comodidad las bellezas de cualquier país que se les ponga por delante como quien abre una álbum de fotos; esto es, sin almacenar demasiado polvo ni cambiar, incluso, de dieta alimentaria.
Hago este preámbulo porque regreso ahora a España desde el extremo sur del África negra (perdón, subsahariana) tras dos meses y medio de una intensa estancia caracterizada por haber asumido una importante y delicada responsabilidad familiar. Y también, como ustedes saben por este blog, tras haber tenido ocasión de vivir algunos acontecimientos que, si a fuerza de frecuentes no son tan raros en estas latitudes, si que someten a prueba a cualquier ciudadano no bregado en el encuentro con los excesos de la naturaleza y acostumbrado a las seguridades ofrecidas por una sociedad que llegó a ser elevada al rango de “sociedad del bienestar”. Pero, aun habiendo salido relativamente indemne de este trance, he de confesar que ahora sí me asalta el miedo. O quizá más bien la pereza. Una insufrible pereza por lo que de seguro encontraré al regreso. Me asalta, sobre todo, el agobio de pensar que no podré escapar de un ambiente enrarecido que me llegará por todas partes y a todas horas como esos monstruos de las películas de terror que extienden sus tentáculos para impedir la angustiosa huida del protagonista.
Regreso al País de la Mala Baba, sí, y esto me inquieta. ¿Cómo zafarme de esa panda de conciudadanos nuestros que están dispuestos a amargarme la vida a cualquier precio? A poco de llegar a Mozambique, un buen amigo, deseoso de hacerme más entretenida la estancia y probablemente consciente de que, como dicen los norteamericanos, un ciudadano bien informado es la piedra angular de cualquier democracia que se precie, dio en enviarme la prensa española del día por medio del inevitable correo electrónico. Y yo se lo agradezco; o mejor dicho, le agradezco la intención. Pero no es lo mismo saber que uno puede acceder siempre que quiera al comadreo nacional que recibirlo endosado a tu propio nombre con el desayuno. De verdad que con el mayor sentimiento por mi parte estuve a punto de rogar que me ahorrase tan cruel e innecesario sufrimiento.
Temo sí, y me provoca un hastío insoportable, volver al cotilleo malintencionado, la insidia y la descalificación, la exaltación de las polémica, la siembra de la confrontación y el odio, el placer de destruir, el “todo para mí” y el “ese es tu problema”, el aprovechamiento de la debilidad ajena, el reparto de los excrementos para que alcancen también a los demás, el ensañamiento con el indefenso, la explotación de los recovecos de la ley para buscar las cosquillas al prójimo, el espectáculo de lo soez revestido de lentejuelas para mejor provecho del bolsillo, la hipocresía de quienes presumen de progres y luego pasan el cazo, el despiadado ataque a las convicciones más sagradas y entrañables, el protagonismo del mal, la ridiculización de la virtud, la exaltación de lo moralmente reprobable, y la banalización de la vida humana en el sacrificio de los nuevos inocentes.
En realidad, lo que temo es, como reza el padrenuestro, “caer en la tentación”, es decir, no poder resistir el machaqueo inmisericorde de los medios, la inmersión de mi vida en los torpes devaneos de una política omnipresente y deleznable; no superar la supuesta necesidad – ¿u obligación moral? – de salir al paso de tanto desvarío siquiera por responder a la llamada de una conciencia puesta en el disparadero…
Por eso yo sé que añoraré estos largos días de Mozambique por duros y difíciles que fueran; que echaré de menos un país a donde ni siquiera llega llega la matraca diaria de la crisis y de los tejemanejes de nuestros políticos; donde los problemas son otros, donde se está pensando en el futuro y no tanto en el pasado, donde aún hay esperanza, donde se valora lo poco que se tiene, donde hay un loco que rellena baches, donde es una aventura llegar hasta la esquina, donde se transporta la casa sobre la cabeza sin hacer alarde, donde falla la furgoneta y una madre ha de caminar tres horas con su niño a la espalda y ni se la ocurre lamentarse … Un país donde – ¡ay, Dios mío! – también reina la corrupción, aquí lamentablemente extendida a la “autoridad” al ras de calle y a la gente común; una corrupción más a la vista pero que la pobreza hace quizá más comprensible.
¿Será mi sino, como el de toda mi generación, añadir al deterioro de la edad el dolor de asistir al espectáculo de la decadencia moral y física de España? Por de pronto, desde aquí parece ilusa y quijotesca pretensión sacar de su lamentable postración a un país insolidario cuyo deporte nacional es echar leña al fuego para lograr el gran objetivo de la destrucción mutua. Desde luego, quien lo intente será perseguido incluso por los suyos.
Yo me resisto a ello, sin embargo. Estoy convencido de que esta rara combinación de Patio de Monipodio-Puerto de Arrebatacapas-Cueva de Alí Babá y Retablo de las Maravillas en que vivimos es un efecto óptico de imagen trucada, un falso retrato de la España real y mayoritaria. O sea de la España de los silenciosos sin acceso a los medios; de los anatematizados por los celosos monopolizadores de la corrección política. Y quisiera romper el maleficio e incluso contribuir de mi humilde modo a restaurar la verdad; hacer oír la voz de los muchos que ni siquiera se atreven o que dan por inútil discrepar.
Pero en este momento de mi vida, y a fuer de ser sincero, no puedo dejar de transmitir a mis lectores – cada vez más improbables – mi profundo, casi terminal hastío al verme de regreso a este maravilloso trozo del mundo al que, para vergüenza nuestra, unos por acción y otros por omisión estamos convirtiendo en el “País de la Mala Baba”.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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