Regina coeli laetare, ¡aleluya!

Por Carlos de Bustamante

(Suelta de palomas en la Procesión del Encuentro en la Plaza Mayor de Valladolid. Foto de elmundo.es)

Créanme que siento no poco azoramiento al escribir el nombre y apellido como si fuera el autor de la bellísima oración que continúa. Lo hago, sin embargo, porque al comenzar hoy el ciclo Pascual, es oración que, en sustitución del Ángelus, acostumbraban a rezar en honor de la Santísima Virgen, Madre del Señor Resucitado y Madre nuestra, los cristianos de la “primera hora”. La misma que, gozosos, e igual que ellos, lo haremos nosotros a las 12,00 horas de cada día del tiempo Pascual.

Aunque lo más probable es que quien abrió nuestro blog no haya continuado ante título tan raro, para los amigos fieles que se hayan aventurado, intentaré hacerles llegar el motivo de esta alegría referida precisamente a la Virgen. Para ello, les ruego me acompañen durante el desarrollo de las escenas en la que también les invito a que participen como personajes presentes en ellas. Es lo que reiteradamente nos aconsejaba un gran santo de nuestros días, más para vivirlas que sólo presenciarlas:

“Alégrate, reina del cielo, aleluya / Porque el que mereciste llevar en tu seno; aleluya/ Ha resucitado, según predijo; aleluya/ Ruega por nosotros a Dios; aleluya / Gózate y alégrate, Virgen María; aleluya / Porque ha resucitado verdaderamente el Señor; aleluya. Oremos. Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Virgen María, alcancemos el goce de la vida eterna. Por el mismo Cristo Nuestro Señor. Amén.”

Nos encontramos tú y yo-permíteme, amigo, el tuteo- velando por turno los rebaños del pueblecito llamado Belén. Ante el impresionante anuncio de ángeles en el cielo, que nos sobrecogieron, acudimos corriendo a la gruta-establo donde se había producido el prodigio por tanto tiempo esperado por todo Israel. El nacimiento del Mesías. Trastabillando, porque la emoción nos impedía correr, al fin llegamos. Tú, mi amigo, entraste primero en la gruta. Por más timorato, me acerqué luego. Cauteloso. Emocionado. Apenas me atreví a mirar al Recién Nacido. Sólo cuando te vi ofrecerle tus regalos, miré y atónito contemplé la escena jamás imaginada. El Rey de Israel era un niño, precioso, pero indefenso. A veces lloraba; otras sonreía. Como tantos otros. Como los hijos míos mismos.

Como tú hiciste, quería ofrecerle algo. Como vi el agradecimiento en el rostro bellísimo de la joven Madre, casi una niña, me pesó el atolondramiento de no tomar nada como regalo. Y me pesó también no llevar puesto encima más que la pobre ropa de un humilde pastor. Sentí a mi lado las caricias de mi perro Arón. Ése fue mi regalo. Arrodillado, ora miraba yo al Niño, ora a la Madre. Y con el rabillo del ojo, cómo Arón se acercaba a ras del suelo hacia el pesebre-cuna de la criatura más hermosa que viera jamás. Y como si entendiera la escena, permaneció muy quieto, sumisamente echado a sus pies.

Cuando Arón se tumbó, fiel, junto a la Madre e hijo -sus nuevos Amos-, pude apreciar una ráfaga de tristeza en los ojos de María. Bien sabía Ella que el Hijo de Dios se merecía algo mejor que un pobre pesebre como cuna. El dolor no turbó su alegría por el Hijo recién nacido. No sería el primer dolor. Debo pasar de puntillas por los motivos que nos llevarían a narrar acontecimientos ya relatados por mis compañeros foramontanos y porque harían interminable el presente artículo.

La Virgen y Madre sintió un dolor inmenso cuando por el mandato cruel de Herodes de matar a los niños de la edad del Suyo, le comunicó José la necesidad de huir de noche por caminos peligrosos, infestados de ladrones y salteadores de caminantes; junto a la dicha, sin medida, de llevar siempre a su Divino Hijo en el regazo. Dolor por ver a su esposo José buscando acomodo, con la dignidad que él quisiera para un Hijo de tal Madre, donde no lo había por aquellos caminos desérticos. Y alegría siempre por arropar, alimentar y sonreír al mismísimo Dios-Niño.

Dolor y alegría en el Templo durante las ceremonias a su tiempo del rito judío. Serenidad de la Madre siempre virgen cuando se le anunció que “una espada traspasará tu alma”. Alegría al llegar a Egipto sanos y salvos de las ansias homicidas de Herodes. Dolor por la pobreza en un país extraño en el que José hubo de trabajar sin apenas medios, para conseguir techo digno, para quien sabía era Dios. Y Ella, madre del Dios Altísimo.

Alegría incomparable de María por ver cómo su Hijo crecía sano y comenzaba a ayudar y aprender el oficio del que supo como ninguno hacer las veces de padre. Nuevo dolor para empezar de nuevo tras el regreso a su tierra: Nazaret. ¿Me siguen…?

Dolor y alegría cuando perdieron al Niño y a los tres días lo encontraron en el Templo.
Alegría inmensa, principalmente de María, por vivir en familia los aconteceres domésticos, ejemplo de Amor y ternura. Alegría incomparable de una Madre cuando ve a su Hijo perfecto Dios y ya hombre, también perfecto.

Y dolor sereno y fuerte cuando su Hijo marcha de casa, para cumplir la misión para la que había venido. Creo haber pasado de puntillas y sin demasiado orden, por tanto dolor y gozo como hemos vivido en representaciones piadosas y llenas de fervor popular todos estos días de la Semana Santa.

Con un esfuerzo de imaginación les pido que entiendan conmigo el lenguaje que sólo los pastores mantienen sin palabras con sus más fieles amigos: el regalo que hice a la Sagrada Familia. No puedo omitir lo que, como máxima expresión de Amor y dolor, y no por sabido, he de comunicarles ahora.

No; no estuvo presente María en la entrada triunfal del Hijo en Jerusalén donde fue aclamado como rey y Mesías. No quiso tomar parte en ese día de gloria en la que pudo ser alabada a la vez que lo era el “Bendito que viene en nombre del Señor”. María en la soledad, con la sola compañía del que fuera mi perro Arón, no gustó los laureles de la entrada triunfal de su Hijo como hijo de David, “rey del cielo con inmensa majestad” y Dios de Israel.

Sin embargo y pocos días después, cuando por ser condenado todos huyeron, Ella no. Permítanme que se lo diga en latín porque así compusieron el Himno insignes personalidades de la música y poesía: “Stabat Mater iuxta crucem jesu”.

Pero antes y camino del Calvario con la Cruz a cuestas y “apenas levantado Jesús de la primera caída, encuentra a su Madre Santísima junto al camino por donde Él pasa. Expresado en el lenguaje dicho del amo pastor con su amigo fiel, a su modo me dijo Arón lo que yo no vi, porque, cobarde, huí, también; fue lo que les traduzco: “Con inmenso amor mira María a Jesús, y Jesús mira a su Madre. Sus ojos se encuentran, y cada corazón vierte en el otro su propio dolor. El alma de María queda anegada en amargura, en la amargura de Jesucristo. Pero nadie se da cuenta, nadie se fija; sólo Jesús”.

Se ha cumplido la profecía de Simeón: “una espada atravesará tu alma”. De camino ahora y luego con su Hijo en la Cruz, no hay dolor comparable a su dolor. “En la oscura soledad de la Pasión, Nuestra Señora ofrece a su Hijo un bálsamo de ternura, de unión, de fidelidad; un sí a la voluntad divina”. Imposible ahora que a dolor tan inmenso, pueda el relator ver y escribir un atisbo siquiera de alegría. Podré sólo decirles que fue Ella quien llevó un poco de paz a los discípulos que, desolados y llenos de miedo, permanecían ocultos en el cenáculo.

Sin embargo –y perdonen que imagine lo que no está escrito-, fue a Ella (digo) a la que estaba reservada la más grande alegría que en esta tierra nuestra pueda sentir ningún ser humano. Sí hay constancia de que fue la Virgen y Madre Dolorosa la que infundió ánimo, consuelo y esperanza a los “doce” atribulados. Pero a nadie se le puede ocultar que hubo de pasar sola momentos de terrible dolor en la intimidad. Sin su Hijo que yacía inerme, muerto, en el sepulcro donde Ella le vio llevar.

Mas no puedo imaginar que aún entre las luces y sombras del amanecer del día glorioso, fuera Ella la que permanecería sola y sumida en dolor inmenso. No puedo imaginar, y perdonen mi atrevimiento, que fuera María Magdalena o alguno de sus apóstoles los que primero recibieran el privilegio singular de ver a Jesús resucitado. No puedo imaginar –y perdonen mi poca fundamentada insistencia- que si no hubo dolor como su inmenso dolor de Amor, no fuera Ella la primera que recibiera la alegría, sólo merecidamente comparable al dolor incomparable.

Tuvo que ser Ella la que tuviera la enorme dicha, tan grande como inimaginable por mente humana, de ver y estar con Él a solas antes que con nadie. Si recordamos el Magníficat expresado por María, después de su “fiat” incondicional (“hágase en mi según tu palabra”), ¿cómo no imaginar el sumo gozo de la Virgen Santísima después de tanto y sumo dolor? ¿Cómo no imaginar que el Amor de su Hijo tuviera con Ella tal delicadeza y atención?

Con la alegría contagiosa de Nuestra Madre, junto al Magníficat entonado por un pobre pastor de ovejas, canto jubiloso con el coro, en el recuerdo, de las voces recias, sumamente varoniles de los jóvenes Caballeros Cadetes; la explosión de alegría con el máximo exponente del fundamento de la Fe de la cristiandad en el mundo entero. Y porque tienen la traducción arriba, junto a las voces- ahora en declive por la edad- canto en latín lo que así aprendimos de nuestro director de coro: José Luis Fernández Reguéira. Esto que con el mismo gozo o más que entonces, repetirá conmigo más de uno de los que, por la gracia de Dios, celebramos un año más la Resurrección gloriosa de Cristo muerto y crucificado:

¡¡Regina coeli, laetare, alleluia: Quia quem meruisti portare, alleluia./ Resurrexit sicut dixit, alleluia./ Ora pro nobis Deum, alleluia./ Gaude et laetare, Virgo Maria, Alleluia,/ Quia surrexit Dominus vere, alleluia.!!

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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