Garrocha en ristre

Por Carlos de Bustamante

(Conduciendo las reses. Obra de José María García Fernández, “Castilviejo”)(*)

El campo era un arco iris a ras de tierra. Y como rey Midas, cuanto tocaba en él se convertía en oro. Rey Midas en la brisa que, con suavidad delicada, ondulaba las mieses. Y las convertía en oro. El arco iris se formaba humilde sobre las tierras feraces del valle del Duero. De colorido singular: cada día el verde intenso de los trigales perdía “la color” para dársela al oro viejo. Tierras de pan llevar progresivamente maduras. De oro. El oro se hizo viejo y maduro. Los trigales se hicieron pan. Estaba próximo el día de la Virgen: la Asunción de Nª Sª. Fiesta grande. En Tudela de Duero y muchos otros pueblos del valle. Y de la montaña. Tierras éstas todas de María. Fiesta grande. Fiestas que, por españolas, tienen en la plaza de toros el culmen de la celebración. Toros y vaquillas para todo el pueblo en la plaza atalancada, precedida del “encierro”. A pie y a caballo.

Fue la primera vez que Revoltoso (el caballo del tercero de los hermanos), iba a ser protagonista, y con él su jinete, de un evento realmente singular.

Aunque no fuera imprescindible, su amo quiso que se acostumbrara al “trato” con reses bravas. Desde primeros de agosto y hasta la víspera de la Asunción, Virgen de agosto, jinete y caballo se mezclaban en el campo con la vacada de la Dehesa. Incluso con una garrocha de mentirijillas “comprometían” al Romero y Canastillo, que, acosados, arremetían contra Revoltoso que, obediente a las ´órdenes de su amo, aprendió pronto a salir airoso.

Con quiebros y carreras rápidas, dejaban a los astados con las ganas de hacer presa en ¡el vecino de cuadra! A la par aprendieron a apartarles de la vacada o a reunirlos después con ella. Ensayo preparativo del encierro de verdad. Llegó el día. Quince de agosto radiante. Cielo castellano limpio. Alegría en la Dehesa y en todo el valle. Y en volandas de la brisa, el estampido de los cohetes. Bombazos con los que Tudela saludaba con alborozo atronador el día de su fiesta grande. El señor Benito el cuadrero, se esmeró con la bruza y el cepillo en dejar a la Volga y Revoltoso peinados, limpios y brillantes como correspondía a la fiesta en la que serían protagonistas ante la multitud de almas congregadas a lo largo del camino por donde discurriría el encierro.

Los dos hermanos jinetes sobre Volga y Revoltoso, se aderezaron como correspondía a tan gran día de fiesta como es éste de la Virgen. Muy “agudo” (deprisa) el tercero, se apropió de los zahones de puro cuero artísticamente repujado por el kaid moro de una kavila durante la campaña de Marruecos a la que su padre (el de los hermanos) contribuyó como oficial de artillería con no pocos sufrimientos, dicho sea de paso. Maravilloso regalo de filigrana moruna.

Sacaron del desván las garrochas preparadas con meses de anticipación y con polainas y botas sin espuelas galoparon como los del Apocalipsis, camino del prado donde pastaban los toros que, tras el encierro, habían de ser lidiados en la mentada plaza atalancada. Para nada desmerecían de los vaqueros procedentes de la propia ganadería charra. Por intuición, los chavales camperos sugirieron al herrero que quitase las herraduras a las caballerías. Bendita intuición que les libró de los percances que sufrieron otros al patinar los caballos en el piso adoquinado de la calle Mayor. Al estampido del cohete con el que se anunciaba el encierro, los caballistas reunieron a las reses bravas para este día. Encabezados por vaqueros de oficio y los bezaos (bueyes) delante del ganado bravo, enfilaron el camino del pueblo con la indescriptible emoción de los caballistas y público encaramado en los “palones” del tendido eléctrico para Tudela.

A poco de iniciada la gran carrera, uno de los mozos se escurrió, cansado, de la atalaya en la que estaba subido. El caporal de cabeza que lo vio, se separó, violento, de la manada, para embestir al insensato. Revoltoso intuyó el peligro. Con la velocidad que sólo él era capaz de desarrollar, salió vertiginoso al corte. Humillado el caporal al recibir la puya de la garrocha volvió con los suyos; igualito que el mozo encaramado en el palón, librado del peligro por el arrojo del caballo y del caballero.

Ya en la calle Mayor, la baraúnda de personal sobrepasaba lo imaginable. Mozos y mozas, sorprendidos por la rapidez del peligro que se les venía encima a gran velocidad, se debatían en el suelo por levantarse. Algunos, no todos, lo consiguieron. Con derrotes constantes a diestro y siniestro, los astados, conducidos por los vaqueros, garrocha en ristre, llegaron en un santiamén al puente sobre del Duero al final de la calle Mayor del pueblo. La confianza de Revoltoso para desenvolverse en este ambiente, a punto estuvo de ocasionar la tragedia: se puso en cabeza. En medio del puente, pateaba, nervioso, a la espera del ganado. Pero aquél no era el de la Dehesa. Junto al alazán, ahora tranquilo, pasaron todas las reses bravas a los corrales de la plaza. Todos, menos el anteriormente humillado; al parecer, con memoria de de elefante.

Los mozos, en previsión de que se volvieran atrás los moruchos, cerraron la calle con carros y las varas de ellos cruzadas. Barrera infranqueable. Según para quién. Embistió el berrendo. Con un quiebro inteligente, Revoltoso recibió sólo un ligero rasponazo en el vientre. Luego, encorajinado por el escozor del embite no acostumbrado, enfiló como un rayo, conducido por “el tercero”, hacia la salida imposible.

El jinete, al tiempo de presionar con las rodillas al noble bruto a la distancia exacta, cargó el peso parte atrás de la montura. Como si tuviera alas en vez de “remos”, Revoltoso se elevó como impulsado por un muelle al distenderse. Pegaso de belleza espectacular, pasó limpiamente por encima de las varas de los carros y de los mozos cobijados bajo ellas. El choque del astifino perseguidor, le hizo lanzar mugidos de dolor, decepción y rabia enfurecida, camino de los corrales. La ovación unánime sobrepasó la gran traca festiva en la calle Mayor. Tudela de Duero en fiestas. Virgen de agosto: la Asunción de Nuestra Señora. Tierras de María.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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