Por Javier Pardo de Santayana

(Ira. Acuarela de Carlos Sarrate en sarrate.blogspot.com)(*)
Desprestigiada palabra, ésta del «talante». Claro que se desprestigió como todo lo que toca la omnipresente política española, es decir, por el mal uso, pues hacer de él una filosofía y aplicarla como señuelo de un engaño no puede conducir a otro lugar mejor.
Mas utilicémosla ahora – si mi improbable lector no encuentra inconveniente – como forma de expresar un expresivo estado de ánimo. Porque el talante como base del «panem et circenses» del despilfarro y del «todo vale» se transformó en el presente espíritu, no ya de quienes hicieron de él un ingrediente de la actual tragedia, sino de lo que se ha dado en llamar «la ciudadanía», que por lo visto nos engloba a todos.
Pues bien, este talante, ya transformado en actitud por no decir en moda, ha convertido la alegría del vino y de las rosas en un pesimismo tan generalizado y profundo que se acerca cada vez más a lo enfermizo.
¡Ojo! Nada más lejos de mi ánimo que negar la fundada razón para la depresión, mal éste que, como es sabido, difícilmente puede combatirse con hermosas pero simples expresiones de ánimo. Ya se sabe que estados de este tipo necesitan otras recetas diferentes, y que intentar animar al afectado puede resultar incluso contraproducente. Pero ¡caramba! todo tiene un límite.
Llegado a estos pagos tras una larga estancia fuera, observo un pesimismo tan radical que ha dado en reprochar cualquier gesto que no sea de luto y de lamentación; de desconfianza total en las propias fuerzas. Lamentable espectáculo. A veces se diría que «con la que está cayendo» estuviera vedada incluso la sonrisa; que no debieran existir los bares sino para ahogar nuestras penas en el alcohol, que los espectáculos cómicos hubieran de ser proscritos como no fuera para flagelarnos de otra forma; que tuviéramos que pasar el día rompiendo farolas y quemando contenedores para descargar nuestra bien fundada ira. Y esto no es propio de un país moralmente sano. Es la total desesperanza; y lo dice alguien que tiene a sus dos hijos a ocho mil kilómetros de distancia y no estrictamente por su gusto; alguien que depende de una pensión que no llega a compensar el IPC y que tampoco cobró la paga extraordinaria. Alguien que no recibió herencia, ni es rico por casa, ni tiene en el banco acción alguna, pero que se sabe perteneciente a una gran nación que a lo largo de su Historia supo superar situaciones peores que la actual.
Lo diré como lo siento: me avergüenzo de nuestro mal ejemplo. De nuestro mal ejemplo para nosotros mismos y para las futuras generaciones, y también de la imagen que hacia afuera proyectamos de nosotros mismos. Me avergüenzo de nuestra desunión ante la adversidad, de la mala baba que destilamos, de nuestra falta de entereza, de haber consentido demasiadas cosas a los desleales a España y a sus instituciones. De esta exhibición de mediocridad como nación, en suma.
Solo hace unas semanas pudimos ver la reacción de una ciudad y de un país entero tras un atentado muy mediático y significativo, pero al fin y al cabo menor del que sufrimos no ha mucho en nuestras propias carnes; buena ocasión para calibrar la diferencia entre actitudes y, naturalmente, también entre talantes como su manifestación externa. Recordarán lo que ocurrió por estos pagos: la culpa no se echó tanto a los autores como al Gobierno, y así se hizo volcar la situación política hasta el punto de acabar propiciando la irrupción de los cómplices morales de los terroristas en las instituciones nacionales. Allá, por el contrario, la reacción ciudadana ha sido de unir sus fuerzas sin fisuras, agradecer al gobierno su esfuerzo por encontrar a los culpables, e incluso ofrecer muestras ostensibles de relación correcta y hasta cordial entre los habituales adversarios políticos.
La combinación de un ambiente lacrimoso – que propugna el cultivo del pesimismo como base de un talante «políticamente correcto» – con la insultante suposición de que los españoles somos tan ciegos como para no ver más allá de nuestra propia desgracia, impone un talante generalizado que no sólo no contribuye a la superación de los problemas, sino que nos define como una sociedad mal cohesionada, cainita, y de escaso nivel cultural en la medida que es incapaz de reaccionar con cierta serenidad y mesura ante la complejidad de la crisis que nos atenaza.
SIn embargo, insisto una vez más en que esto puede – o debe – ser un espejismo perturbador de la realidad. Creo que si realmente la mayoritaria España silenciosa se viese afectada por un talante descalificador de cualquier opinión que no responda a un pesimismo a ultranza, sería por el temor social a la exclusión impuesta por quienes en el fondo quieren extender el clima más conveniente para sus propios intereses. De ahí la paradoja de que nuestra nación parezca incapaz de mostrarse a la altura de las circunstancias cuando su inmensa mayoría da muestras de un enorme coraje ante la desgracia, y, consciente tanto de la gravedad de la situación como de que pagamos el precio de pasados excesos, se refugia en la fortaleza de la institución familiar, afronta el trance con admirable espíritu de sacrificio, y nos brinda un ejemplo de generosa solidaridad.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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