Rincones con fantasma. 14. La Procesión del Entierro y el palacio de Pimentel

Por José María Arévalo

(Recreación de los preparativos de la procesión que las Angustias sacaba de san Pablo la tarde del Viernes Santo) (*)

Seguimos en la plaza de San Pablo, que Juan Carlos Urueña, en el recorrido de su libro “Rincones con fantasma. Un paseo por el Valladolid desaparecido”, califica como “una plaza de reyes”. Tras referirse, como hemos visto en los artículos anteriores, a la iglesia de San Pablo, al desaparecido Palacio del marqués de Távara, y a la Casa del Sol e iglesia de san Benito el Viejo, ahora reconstruye en la plaza la procesión que las Angustias sacaba de san Pablo la tarde del Viernes Santo; y después vuelve a referirse al Palacio de Pimentel, del que ya había comentado algo. Vamos a hacer lo mismo, pero dejaremos la ampliación de la historia de la procesión general para el final, completando antes lo referido al palacio de Pimentel.

Como primera providencia, Urueña incluye un extenso pié de foto en la que reconstruye la procesión, con la que abrimos este artículo: “Recreación de los preparativos de la procesión que las Angustias sacaba de san Pablo la tarde del Viernes Santo. Está ambientada en los primeros tiempos de la penitencial, en concreto a finales del siglo XVI antes de que el duque de Lerma alterase la fachada de san Pablo. En aquellos años la cofradía todavía no tenía su magnífica iglesia actual, sino que su primer oratorio estaba en la cercana calle llamada hoy de la Torrecilla. Tampoco tenía ningún `paso´ nteramente de talla, salvo la Virgen de los Cuchillos, que aún no tenía cuchillos”. Y a continuación ya explica: “De san Pablo partía la Procesión del Entierro, que celebraba la penitencial de las Angustias cada Semana Santa. Esta procesión, con el devenir de los años, se transformaría en otra de las joyas de la ciudad: la Procesión General de la Pasión, declarada de interés turístico internacional”.

Hoy día –continúa Urueña- sale de la iglesia de las Angustias por ser esta cofradía su patrocinadora y la que cierra el desfile. Se considera que esto es así desde que comenzó a organizarla, en 1810, José Timoteo Monasterio, entonces alcalde de la penitencial. La primera Procesión General, entendida como la primera en que desfilaron juntas todas las penitenciales, salió el Viernes Santo 21 de abril de dicho año, después de dos sin celebrarse procesiones debido a la invasión napoleónica.

La verdad es que al bueno de don José Timoteo casi no le quedó más remedio que organizarla pues, en su condición de comisario de Policía de la ciudad recibió para ello una orden del general francés Kellermann. Este militar estaba al cargo de las tropas francesas que ocupaban nuestra comarca y sin duda, por contentar al pueblo invadido, le mandó que organizase la Procesión del Santo Entierro que entonces era la más prestigiosa. La orden especificaba además que participasen en ella todas las cofradías.

(Sabemos la forma de los pendones azules que abrían los claros gracias al dibujo de la planta de la procesión de 1619) (*)

El prestigio de esta procesión provenía de que antiguamente los miembros de la Chancillería desfilaban en ella, pues pertenecían a las Angustias, y qué mejor para apaciguar al pueblo que ofrecerle una de sus cosas más respetadas y de mayor raigambre. Venía de muy atrás la devoción mariana de los componentes de la Chancillería, pues en un testamento fechado en 1452 se cita una cofradía «de la conçebiçion de la virgen gloriosa sennora santa María de los escrivanos e procuradores de la corte e chançelleria…» (y cita como fuente “Valladolid en la Edad Media: la villa del Esgueva”, de Adeline Rucquoi, pág. 91).

La iniciativa de resucitar las procesiones tuvo gran éxito. Al entusiasmo de don Timoteo se sumó el de las otras penitenciales, hasta entonces igual de mustias todas, las cuales «luego que reciuieron dicha orden, se llenaron de Jubilo e inmediatamente dieron parte a sus cofradías e indiuiduos, y enterados que fueron de lo que tanto deseaban, dando gracias al acedor de tan buena como cristiana obra».

Luego de altibajos y vicisitudes, a principios del siglo XX, el arzobispo Gandásegui restauró las procesiones, y la General del Viernes Santo se comenzó a celebrar con la participación de todas las cofradías entonces existentes, tal como hoy en día.”

El contiguo palacio de Pimentel –dice Urueña en pié de foto, a continuación-, actual Diputación, tendría un aspecto parecido al actual pues también fue reformado por esas fechas. Del aspecto de los cofrades en procesión hay muy pocos datos, tan solo que iban con túnicas negras y que llevaban una “insignia de una Señora de la quinta Angustia”. Sabemos la forma de los pendones azules que abrían los claros, gracias al dibujo de la planta de la procesión de 1619”.

(San Pablo y el palacio de Pimentel)(*)

Como ha retomado la referencia al Palacio de Pimentel, que solo había mencionado de pasada anteriormente, y aunque ya dijimos algo al respecto en el artículo anterior al referirnos a la doble propiedad del marqués de Távara sobre éste y el desaparecido Palacio frente al llamado de Pimentel, recogemos ahora, antes de ampliar la historia de la procesión General, la amplia reseña que del primero hace Vallisoletvm en artículo de Noviembre de 2009. “El Palacio de Pimentel, es un palacio de la ciudad de Valladolid. Fue el lugar de nacimiento de Felipe II 185). El edificio, ejemplo de arquitectura palaciega en Valladolid, sirve de sede para la Diputación Provincial. Aunque su construcción se iniciara en el siglo XV, ha ido incorporando paulatinamente elementos de épocas posteriores. Su construcción empieza por orden del Marqués de Astorga, para pasar a ser de Bernardino Pimentel, siendo él el propietario del palacio cuando Felipe II nació en su interior, al estar albergada en el palacio la familia real para asistir las Cortes celebradas en abril de 1527.

En 1530, el edificio era propiedad de los condes de Rivadavia. Los herederos de estos lo venden en 1849 a Mariano Reinoso, quien a su vez lo vende a la Diputación Provincial de Valladolid en 1875, para instalar en él sus dependencias, donde aún continúan.

El palacio que ha llegado a nuestras manos está muy alterado debido a las grandes transformaciones que ha sufrido a lo largo del tiempo. Se organiza en torno a un patio, como es natural en la arquitectura doméstica vallisoletana de su época. Al patio se accede mediante un zaguán, que comunica con la calle mediante una portada tardogótica de arco rebajado. Por el exterior, lo más importante es su famosa ventana plateresca, de comienzos del siglo XVI, que se encuentra en la esquina. Precisamente, esta ventana y el torreón que se eleva en este punto, potencian la esquina, fuente de perspectivas. La ventana posee un atrevido arco y una decoración de grutescos siguiendo los modelos de las pinturas de la Domus Aurea.

El palacio consta de dos alturas en el cuerpo principal y tres en el torreón. Los materiales utilizados son el ladrillo excepto en el remate de las esquinas, la portada y el zócalo, que fueron realizados en piedra. A partir de 1985 el palacio sé sometió a una profunda restauración según proyecto del arquitecto Angel Ríos”.

Y aquí cuenta Vallisoletvm la leyenda, que ya mencionamos más sintéticamente en el artículo anterior, de que “por una de las ventanas del palacio, de la que cuelga una cadena, fue sacado el rey Felipe II al nacer para que fuera bautizado en la Iglesia de San Pablo”, pues de salir por la puerta del palacio debería haber sido bautizado en la cercana Parroquia de San Martín. Sin embrago, parece ser que leyenda es una deformación de los hechos reales: para el bautizo de Felipe II se construyó un pasadizo elevado entre la iglesia de San Pablo y el palacio para que la familia real discurriese por él sin pisar la calle. Al estar elevado el pasadizo, se usó como salida del palacio una de las ventanas, sin que sepamos con certeza cuál pudo ser”.

Aún así parece conveniente completar lo de la leyenda con lo que el propio Vallisoletvm recoge en artículo específico de Noviembrer de 2009, que titula “El Bautizo de Felipe II. La leyenda de la ventana”. “El miércoles 5 de junio de 1527, 15 días después de su nacimiento, fue el día elegido por el Emperador Carlos para el bautizo del príncipe Felipe. La tradición decía que el recién nacido era bautizado en la zona que correspondiese a la iglesia más cercana. Por lo que según la ubicación del Palacio Pimentel, a Don Felipe le tocaba la Iglesia de Martín, pero la familia real quería que fuese bautizado en la iglesia de San Pablo.

¿Cómo lo podrían solucionar? Pues bien, a alguien se le ocurrió que lo que se podría hacer sería sacar al niño por una ventana. Como tenían rejas, se rompió una de las rejas y por ahí se sacó al niño, en la calle de Cadenas de San Gregorio, que ya pertenecía a la zona de San Pablo. Cuatro siglos después, la reja sigue tal como se dejó como recuerdo de lo que se hizo.

Así que el día elegido la comitiva bautismal salió del palacio de don Bernardino Pimentel por el pasadizo elevado, construido para la ocasión, hasta la iglesia de San Pablo, en medio de la música contratada al efecto y de las aclamaciones de la muchedumbre. Llevaba al príncipe en brazos el Condestable de Castilla, a quien acompañaba el duque de Alba. Tras ellos iban el conde de Salinas, con las fuentes, el conde de Haro, con la sal, el marqués de Villafranca, con la vela, y el marqués de Vélez, con el alba.

Detrás iba la reina de Francia, doña Leonor, del brazo del duque de Béjar con muchas damas y caballeros luciendo ricos vestidos y joyas. La iglesia de San Pablo estaba adornada con el mayor lujo y grandiosidad, ostentando preciosas colgaduras y multitud de luces, candelabros, arañas, flores y suntuosos estrados. Administró el bautismo el arzobispo de Toledo, acompañado de los obispos de Palencia y Osma, imponiéndole el nombre de Felipe, que por cierto lloró muy fuertemente mientras le echaban el agua. Con este motivo hubo en Valladolid y Castilla entera grandes fiestas con torneos, banquetes, corridas de toros fuegos artificiales, cucañas y bailes.”

En fin, vamos a completar lo señalado por Urueña sobre la procesión general, con el texto de Vallisoletvm “La Semana Santa de Valladolid”, de Noviembre de 2009, sobre su historia. “Una Semana Santa que nació el 16 de marzo de 1498 cuando el Consistorio vallisoletano donó a la cofradía penitencial de la Santa Vera-Cruz todo lo necesario para levantar el humilladero de la Puerta del Campo.

La Semana Santa de Valladolid ha tenido, como mínimo, dos etapas diferentes. La primera se inicia en el siglo XVI y alcanza su máximo esplendor en el XVII. En esta época florecen las cofradías penitenciales y los escultores de renombre que dejan su arte en madera para la posteridad. Durante este tiempo, las históricas cofradías de la Vera Cruz, Pasión, Angustias, Piedad y Nazarenos se repartieron los días, las horas y los itinerarios de las procesiones, cuando en sus orígenes se realizaban en los interiores de los conventos. Es más, cada penitencial tenía su propia procesión y no asistía a la de los demás.

Esta etapa empezó a perder vigor a partir del siglo XVIII, languideciendo hasta casi desaparecer en poco más de cien años. Según cuentan las crónicas, un cierto puritanismo, la necesidad de romper con el pasado y determinados avatares políticos como la desamortización de Mendizábal en el año 1836 dejaron muy maltrecha la Semana Santa vallisoletana, hasta el punto de que se pierde la costumbre de sacar a la calle los pasos creados por los mejores imagineros del mundo, muchos de los cuales quedan abandonados en los sótanos del Palacio de Santa Cruz, por aquel entonces Museo Provincial de Bellas Artes. Las celebraciones caen en el olvido.

La Semana Santa, tal y como se conoce hoy, tiene su ser en 1923 cuando el arzobispo Gandásegui, con la colaboración de Juan Agapito y Revilla, Francisco Cossío y otros ilustres vallisoletanos, recuperaron los desfiles procesionales para la ciudad de Valladolid, que en la actualidad realizan un total de 19 cofradías entre el Viernes de Dolores y el Domingo de Resurrección.

La nueva Semana Santa comienza a cobrar vida –con un único paréntesis: la Guerra Civil–; las viejas estampas dieron paso a otras nuevas, perdiéndose las tradiciones de bajar las sillas de casa para contemplar la procesión del Viernes Santo o la de arrojar piedras a los sayones, y volvió a destacar el buen hacer de los imagineros Gregorio Fernández, Juan de Juni y Francisco del Rincón, entre otros, que con sus tallas y el fervor de las diecinueve cofradías escenifican una de las mejores representaciones de la Pasión de Cristo de todo el panorama español”.

“Pero la parte más humana de la Semana Santa –continúa Vallisoletvm más adelante- está protagonizada por los cofrades y sus cofradías, cuya historia empieza con el nacimiento en 1498 de la cofradía Penitencial de la Santa Vera-Cruz organizando, desde hace varias décadas, el ofrecimiento de los Dolores de Valladolid que realiza con su imagen titular ‘La Virgen de la Cruz’. La cofradía se distingue por ser la primera que utilizó capa en su hábito y dotó de ruedas a su paso. Del mismo siglo es el origen de La Venerable Orden Tercera de San Francisco, que en el año 1924 los terciarios desfilaron en la Procesión General, acompañando el paso de la Santa Cruz, con el Lignum Crucis, tras el Cristo del Sepulcro.

Ya en 1531 se incorpora a la lista de cofradías la de la Sagrada Pasión de Cristo; en 1578 se constituye la cofradía de Nuestra Señora de la Piedad, ligada a los reos liberados en la tarde del Jueves Santo durante la procesión denominada de Penitencia y Caridad, y unos años más tarde surge en la orden de San Agustín la cofradía Penitencial de Nuestro Padre Jesús Nazareno, que se encarga desde 1954 de la Estación de Penitencia en la Catedral.

En el año 1805, un grupo de fieles daban culto y escoltaban en sus procesiones al Santo Cristo Crucificado, conocido por el Cristo de los Carboneros. De ahí nace la cofradía de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. A su vez, en 1930 queda constituida la cofradía del Santo Entierro, mientras que el 13 de marzo de 1939 un grupo de hortelanos y jardineros constituyen la Cofradía de la Oración del Huerto, mientras el 26 de marzo se conformaba la Cofradía del Descendimiento”.

Dejamos aquí la narración por ser prolijas, pero más conocidas, las vicisitudes de las cofradías después de la guerra, y que pueden encontrar ustedes fácilmente en la red.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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