Por Javier Pardo de Santayana

(Vista de Gibraltar desde zona neutral según antiguo grabado coloreado, en actualidad.notizalia.com)(*)
No ha mucho escribí y publiqué en este mismo blog un artículo que titulé «Mejor calladitos» por no decir «mejor calladita», puesto que me refería al apoyo expreso de S.M. la Reina de Inglaterra a la autodeterminación de Gibraltar. Algo que, naturalmente, requeriría la anuencia de los españoles, por lo cual el pronunciarse con la contundencia con que lo hizo la señora tiene sus tintes de desprecio hacia nosotros. ¿O es que nos dan por territorio conquistado? ¿Piensa quizá su Majestad que somos tontos?
Cierto es que quizá les dimos pie cuando aquel ministro de triste recuerdo puso a la Roca a nuestra altura y al de la señora de marras, y, para mayor recochineo, se hizo la foto clásica de los monos gibraltareños consigo mismo de protagonista. Pero hay que dar por descontado que no todos los españoles somos tan irresponsables como él.
En la ocasión ya recordé alguna de las marranadas – «cerdadas», creo que dije entonces – que salpican la historia de la intervención de la corona inglesa en la colonia, y también mi experiencia personal en el tiempo en que viví a casi un tiro de piedra de la ominosa frontera de La Línea, cuando España se puso seria y, aparte de librar batalla en las Naciones Unidas con el éxito por todos conocido, demostró que la vida en la Roca es tan difícil como triste sin chupar de España.
Ahora, tras un vergonzoso episodio de bajada de pantalones hasta los calcetines sublimada por el buenismo tontorrón de nuestros líderes, y ya embalados en la inveterada costumbre de tomarnos el pelo cada poco tiempo, el Reino Unido se ha puesto de nuevo su peluca y su manto de armiño para – con perdón – hacernos la puñeta sacando de su manga el rollo ecológico como pretexto para ampliar el exiguo espacio que le corresponde y quitarse de encima ya de paso a nuestros baqueteados pescadores. No sin antes pasar ante nuestras narices el submarino nuclear de siempre.
Ahora el truquillo consiste en arrojar al mar una partida de bloques de cemento – con pinchos según dicen – en los que se refugiarían los pececillos del lugar para procrear gozosamente. Un acogedor hábitat según parece. Mas como es natural, a estas alturas no hay quien se crea tan bien trabada paparrucha. Y como los españoles podremos ser ingenuos, mas no tanto como para tragarnos ese cuento, el ministro de Exteriores ha reaccionado como haría cualquiera de nuestros compatriotas no contaminados por el pensamiento débil o por la proclividad a vender el alma con tal de sacar política tajada.
El caso es que, como era de esperar, el Foreign Office se ha puesto estupendo y ha dado argumentos sublimes a los tontos útiles. Y aquí algunos han reaccionado ante la afrenta como si los españoles fuéramos menores de edad o simplemente estúpidos. O sea, como si estuviéramos encantados de que nos tomaran el pelo una vez más.
Hasta la alcaldesa de La Línea recomendó el diálogo – cosa que siempre queda bien – y se lamentó del efecto de cualquier medida seria sobre los trabajadores españoles, como si éstos no fueran tan ciudadanos españoles como los demás. Y como si ellos no fueran el símbolo mismo de la colonización y las más sangrantes víctimas de una situación injusta. De acuerdo; ya sabemos que nuestros gobiernos nunca llegaron a potenciar el campo de Gibraltar como sería deseable, pero ahí está el potentísimo puerto de contenedores de Algeciras, y Sotogrande y tantas cosas más, o sea que algo también se ha hecho en la comarca.
Termino. Nos dice Europa – bla, bla, bla – que sí, que hay que hablar y todo eso. Y, naturalmente, no descalifica las medidas de nuestro gobierno, tan legales como justificadas. Faltaría más; al fin y al cabo, ¿quién no sabe que Gibraltar es lo más parecido a un nido de piratas? Fíjense ustedes en el dato: la Roca alberga bastantes más empresas que habitantes. Allí hay de todo, empezando por chanchullos financieros, blanqueo de dinero a gran escala y el consabido contrabando de tabaco. Y ciudadanos que viven en la placidez de Sotogrande pero no pagan impuestos en España.
O sea que ya está bien. Dice la Unión Europea que ante esta evidencia nuestras medidas han de ser «proporcionadas». Y yo doy gracias por la sugerencia. ¿Proporcionada» dice? Pues estupendo, que eso quiere decir – supongo – que debemos apretar aún más las tuercas.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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