Por Carlos de Bustamante

( Carpintero. Dibujo de Joaquín Mir en pintura.aut.org. 17,5 x 23) (*)
En absoluto hubo monotonía en el trabajo del Taller de José. Tampoco lugar para el acostumbramiento a la belleza alegría, paz e intimidad con Yahveh, Dios, YO SOY. La austeridad fue siempre norma de esta Casa. Sin embargo, para el Niño, José no escatimó nada. Todo esfuerzo, trabajo y los mejores preparativos le parecían poco. La riqueza, honor e incluso lujo para el que había de venir, nada tenía que ver con la pobreza real de aquella casa. No de solemnidad.
Ahora Myriam, visitaba con mayor frecuencia el taller de su marido, el artesano de Nazareth. Con la presencia del Hijo de Dios en las entrañas de Myriam, el trabajo era intenso y lleno de sentido. Como José era justo, casi nunca regalaba nada de los encargos que le hacían. Menos ahora que necesitarían hacer mayores gastos que de ordinario para atender debidamente al Niño que esperaban. Si bien como los habitantes de Nazareth eran por lo general pobres, muchas de las veces sólo podían pagar con lo que tenían en los corrales de las casas: pollos. Pichones… Menos uno de mejor posición que por arreglarle todas las maderas de puertas y ventanas de su casa, le pagó con ¡una borriquilla! Y unos pocos cuadrantes de denario. Se llamaba “Pequeña”. Porque lo era. Pero alegre, sufrida, joven y fuerte.
-¡Tarsicio, Tarsicio!, voceo con voz atiplada Virutas llamando a su amigo.- Que nuestro amo está haciendo virutas en la habitación al final de la casa…, añadió al parecer alarmado.
-¿Querrá echarme del taller para no darme de su almuerzo? Si es por el Niño que “vamos” a tener, no me importa –dijo generoso-, pero si es porque a veces le extiendo las virutas que él recoge, dile, Tarsicio, que de ahora en adelante seré buenísimo. ¡ Y que yo no me quiero perder la compañía de “nuestra Ama y Señora!, concluyó.
Corriendo salí hacia la habitación que, excavada en la ladera del monte finalizaba la casa. Allí José, con prisa, sudaba a mares para terminar cuanto antes ¡una cuadra! Para albergar a Pequeña. Entró, como en todas las casas de Nazareth, por la puerta principal. Con un brazado de hierba en el pesebre a estrenar, de madera, Pequeña, no sabía por qué se encontró en la gloria.
-¡Gaghaaaagh, gahaaagh…!, me recibió contenta
-¿De qué me conoces…? , la pregunté al oír “llamarme” por mi nombre.
-¿Pero es que no te acuerdas, Tarsicio, de cuando arrastramos entre varios jumentos, como yo, el cedro enorme, que al pasar he visto hecho trozos?-. ¿Para eso lo quería tu amo?,-añadió en el idioma que sólo yo entendía en todos los animales. -¿No es un desperdicio hacer astillas para la lumbre de un cedro tan extraordinario…? , terminó el reproche casi enfadado.
Cuando le expliqué todo, lanzó un rebuzno solemne con el que dijo encantado: “¡¡Aaaaah!”. Salí de la cuadra corriendo porque oí como una melodía la voz de mi Ama y Señora que me llamaba.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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