Por Carlos de Bustamante

( Dibujo de José María García Fernández, “Castilviejo” en la exposición de Espacio36, Zamora, en Marzo del 2012) (*)
No supone el título que encabeza el artículo de hoy, que abandonase el empeño en mantener ni mejorar la raza en los tres hatajos conseguidos. Me refiero a los tejemanejes y logros ganaderos tras no pocos trabajos, dedicación y esfuerzo durante el poco tiempo disponible tras cumplir o más las obligaciones que conlleva la vocación militar. Sucedió, simplemente, que como nadie es ni debe considerarse imprescindible, entre amigos de labranzas familiares próximas formamos una cooperativa ganadera también al modo israelita. Sin ser simple tamaña empresa, hubo cambios notables en los medios y modos de continuar la iniciativa emprendida en solitario.
Un experto veterinario común, coordinó la iniciativa que, como todo lo grande, nació pequeño.
Novedad y ésta importante, fue la construcción de un cebadero de corderos en un punto intermedio de las explotaciones agrícola-ganaderas. Con un destete precoz de los lechazos, todos de raza churra, se aumentaba el número de días de ordeño y producción lechera de las ovejas madres en cada explotación. Prosiguieron las mediciones y control de mejora de la raza con intercambio o compra de sementales “testados” (recuerden: mejorantes en raza y producción de la descendencia). En una oficina central, el veterinario, llevaba el registro genealógico y de rendimientos en el ganado ovino de cada labranza. Trabajo de oficina tras el minucioso de campo.
Novedades de envergadura luego, fueron las derivadas del novedoso método: cooperativa ampliada con fábrica de queso. Éxito en la elaboración de un producto castellano-manchego. Exquisito. No tanto el fuerte desembolso para estos novedosos menesteres.
Cebadero de corderos, avicultura en varias labranzas y ganadería de vacuno en otras, exigían un considerable consumo de pienso y forrajes. Hacía unos años que, como la manida burbuja inmobiliaria de nuestros días, proliferaban como los hongos tras las lluvias de primavera u otoño las fábricas de “piensos compuestos”. Reacios en principio los labradores tradicionales a que los animales se zamparan a sus congéneres en forma de harinas de carne mezcladas con las de leguminosas, cereales, minerales ¡y pescado! hubieron de claudicar ante los indudables mejores rendimientos para el productor al menos en infinidad de granjas (burbuja) avícolas y ganaderas como la que les vengo informando. ¿Qué hacer, pues, sino montar nuestras propias industrias?
Como por encanto –¿seguro que encantadas las economías maltrechas…?- surgió una flamante fábrica de piensos de la propia cooperativa. Parecía natural que, como “Juan Palomo”, cumpliésemos la famosa teoría de “yo me lo guiso, yo me lo como”.
Junto a la euforia de tales modernidades, vino pareja la desdicha de las penurias económicas. La fábrica que producía el “milagro” (¿) de incrementar la producción de aves y ganados, requirió enormes inversiones de donde poco había que “rascar”. Deudas. Letras. Vencimientos. Intereses…. Total : por lo menos a corto plazo, -estaba por ver a largo- una auténtica locura.
No sería, sin embargo, tan malo, si sólo hubieran sido las fábricas de queso y piensos, las causantes del desequilibrio (entrampamiento) de los cooperativistas. Lanzados de cabeza al progreso -¿insensato?- ¿por qué no producir cada uno en su labranza una parte, y parte importante, de las materias primas? A ninguno se nos ocurrió pensar siquiera en elaborar harinas de carne o pescado, puesto que ninguno éramos matarifes, carniceros o pescadores. Sin embargo, éramos más que suficientes en producción de cereales; básicos para la fabricación de piensos compuestos. Aún comprando los malhadados ingredientes, la balanza de costos y beneficios -sin detrimento alguno en las producciones, sino todo lo contrario- se inclinó visiblemente del lado de los cooperativistas. En principio sólo de los avicultores. Con tal estímulo y acuciado como de costumbre por “los cuartos”, el relator se contagió también con la fiebre gallinácea. Verdadera epidemia que, si no vidas, costó no pocos quebrantos. Por inventar la vacuna antídoto de esta fiebre, en las eras de la Dehesa surgieron como por encanto flamantes gallineros. Pesadilla pronto del nuevo ganadero (¿) en esta especie.
Con el veterinario de la cooperativa tenía puestas en buenas manos las ovejas y derivados de selección, control, mediciones, sementales… ; embarcado, aún sin casi querer en la ganadería de moda…, la visita a la explotación de un cooperativista y amigo, abrió un nuevo horizonte en lo que desde entonces y durante años fue ganadería favorita en la Dehesa. Ganado bovino de “recría”. Nada de sencilla. Ambicioso por culpa de deudas, vencimientos y todavía cuantiosos jornales, el proyecto –error- no nació pequeño. Tras el estudio y asesoramiento de las técnicas más modernas, brotaron en el caserío de la Dehesa nuevos “hongos”. Amanitas phalloides…, que si no causaron la muerte como la del emperador romano Claudio, del archiduque Carlos de Austria, por citar sólo dos ejemplos notables, sí fueron causa de no pocos quebrantos en la ya maltrecha economía del relator. De Infantería, no cejó en el empeño tras los primeros obstáculos en forma de serios reveses. Con terneros comprados en la feria de Torrelavega y destetados de sus madre lecheras “antes de conantes”, comenzaron, como siempre frenéticas, las actividades y penalidades. Aún débiles y más por el transporte, cincuenta maravillas, cincuenta, tomaron posesión de boxes individuales en cuadra nueva. Sin el abrigo de las madres y con la alimentación de leche artificial (¿materna?) suministrada con un sofisticado método de biberones, comenzaron las bajas…
De nada les valió la instalación de bombillas emisoras de calor sobre cada habitáculo, ni costosos tratamientos con antibióticos, para que ni siquiera la mitad de los recriados llegasen a término. Mala orientación de la cuadra… lóbado (carbunco) procedente del lugar de origen…brucelosis… fiebre aftosa… paralís… gripe… o todo junto, causó estragos en la incipiente ganadería. Cuando los supervivientes pasaron a la cuadra (cebadero), para idem, el pinar albergaba “in aeternum” más terneros difuntos que los vivos en el cebadero. Como “a lo hecho, pecho”, continuó con ellos el ciclo previsto. Pienso de la fábrica propia, forrajes “de la casa” y terneros hermosos que alcanzaron pronto las condiciones idóneas para el sacrificio y posterior alimentación humana. Sin tirar la toalla y en vista de la admiración causada en el matadero por el extraordinario rendimiento de “las canales”, con tan sólo cambiar los boxes individuales por un local comunitario abrigado en la cuadra de siempre, otros cincuenta “chotos pintos” entraron en el proceso de recría, no tanto la cuenta bancaria del por necesidad ambicioso ganadero. La que alcanzó números aún más “rojos” que los milicianos del Frente Popular. De esta fase ganadera en la Dehesa y siguientes, hablaremos otro día si Dios es servido.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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