Boda en Córdoba

Por Javier Pardo de Santayana

( The Campanario tower, Córdoba. Acuarela de William Wiehe Collins) (*)

Boda en Córdoba un día cualquiera en apariencia, pero que se convertirá en algo especial. El caso es que en Semana Santa llovió tanto que sólo salió una cofradía. Pueden imaginarlo: terrible decepción para tantos como soñaron todo el año con el gran día de la procesión; los ensayos, los infinitos retoques y preparativos de las imágenes, los cantaores de saetas probando la voz, las flores y los adornos escogidos con cuidado y colocados con el mayor cariño. Todo para nada, y la lluvia cayendo sin parar. Naturalmente, el obispo se apiada de ellos y decide organizar un día de vía crucis en septiembre; exactamente el mismo de la boda. Será una tarde y noche a mitad de mes, cuando ya la gente volvió del veraneo y el tiempo es aún bastante cálido.

Pero, ¡maldición! cuando se acerca el día empiezan a acumularse los problemas. Los hombres y mujeres «del tiempo» nos empiezan a hablar de gotas frías precursoras de un otoño prematuro. Primero nos tranquilizan aclarando que una gota fría es solo eso, una gota fría, pero que, aunque la primera vez que se habló de ella cayó una buena en todo el País Vasco, sus efectos pueden no ser tan graves en otras situaciones diferentes.

Mas surge un huracán en el Atlántico y la cosa, en efecto, se complica; ahora el tiempo dependerá de la interrelación de ambos fenómenos. Y he aquí lo gordo: ramalazos del huracán pasarán rozando las Canarias y la gota «rebotará» hacia el norte y se adentrará en el corazón de Andalucía. Consulto Google: en efecto, el mal tiempo tendrá su ápice exactamente en Córdoba y el día de la boda, y arreciará justo durante el largo rato en que las cofradías saldrán en procesión por las estrechas calles de la ciudad andaluza. Muy a la española: cada una a una hora diferente. Sí, llegaremos hasta los dieceséis litros acompañados de rayos y centellas, pero no antes ni después, cuando el clima se mostrará benigno. Justo el tiempo que va a durar el vía crucis.

«Pobre obispo de Córdoba, ¡qué desprestigio!» pienso. Y hasta estoy a punto de decidir dejar la boda a un lado; evitar el riesgo de viajar bajo un diluvio y oyendo retumbar los truenos. Incluso en la televisión se refieren a una consulta desde Córdoba: quieren saber qué pasará ese día. E imagino al pobre obispo preocupado por su responsabilidad y necesitado de datos para tomar la decisión definitiva.

Pero, ¡oh milagro! llega la víspera y la mujer del tiempo, algo azaranda, comienza a dar explicaciones; confiesa que ha de cambiar su predicción: por fin la gota fría se ha evaporado no se sabe bien cómo ni por qué. Como mucho puede haber algo de lluvia – quizás moderada – en el estrecho, pero el interior verá un día divino de cielos azules y temperaturas elevadas. Y, claro, ahora pienso que el señor obispo habrá ganado muchos puntos ante sus feligreses.

Resultado: un enorme bullicio por las calles. Naturales y turistas nacionales y extranjeros, músicos que ensayan enfundados en sus uniformes de almirante, fieles congregados delante de los templos, parejas de novios que coincidieron en la fecha y ahora se sacan fotos junto al puente, restaurantes a tope y tiendas abiertas todo el día. Está vedado utilizar el coche: en el centro hay una circulación muy limitada. Dejaremos el propio en el hotel y tomaremos un taxi que nos dejará a distancia del destino; los recorridos se alargarán interminablemente; encontrar uno para el regreso será cosa poco menos que imposible. Y la vieja mezquita se convertirá en el escenario de una inmensa exhibición de fe y vitalidad: de una forma distinta de entender la vida.

Luego, boda andaluza en todo: bella iglesia, barroca como pocas, y misa rociera que hace brotar en nosotros una emoción intensa. Posterior celebración en unas bodegas conocidas: Andalucía pura incluso en el menú. A la salida – son ya las tres de la mañana – aún nos topamos con el relevo de costaleros de una de las cofradías: pasa el Crucificado con su madre transida de dolor a la luz de los faroles y al ritmo del tambor. La calle es estrecha y muestra una de esas esquinas andaluzas que se dirían altares. Los costaleros salientes surgen sudorosos de bajo el paso y son sustituidos por otros que no pueden disimular un expectante nerviosismo.

Acaba un día intenso, pleno de emociones, sensaciones y sabores. Y me vienen al recuerdo aquellos versos de García Lorca que don Adolfo Lizón, mi profesor de lengua y literatura, me hizo degustar en el Instituto de Lisboa:

«Córdoba.
Lejana y sola.

Jaca negra, luna blanca,
y aceitunas en mi alforja.
Aunque sepa los caminos
yo nunca llegaré a Córdoba.

Por el llano, por el viento,
jaca negra, luna roja.
La luna me está mirando
desde las torres de Córdoba.

¡Ay, que camino tan largo!
¡Ay mi jaca valerosa!
¡Ay, que la muerte me espera
antes de llegar a Córdoba!

Córdoba.
Lejana y sola.»

Pienso entonces que Córdoba, sí, podrá estar lejos. Y en efecto, también es tan distinta… Pero ¿sola? ¡Si hoy estaba allí toda España y parte del extranjero!

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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