Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta difundida el pasado día 8 en la red) (*)
No. No me propongo hablar de la finca de Jesulín de Ubrique. Trataré, simplemente, de la pasión humana.
Una vez más me despierto a las ocho oyendo un programa matutino. Un prestigioso periodista que se distingue diariamente por su atinado juicio glosa la noticia: el gobierno de Cataluña ha presentado un memorial de agravios para echar más leña a la lumbre del victimismo interesado. La publicación es un libelo y se destina – como no – a demostrar que «España roba». También los tertulianos mañaneros lo ven bastante claro; sólo uno de ellos anda con paños calientes al respecto, y el sofisma consiste en suponer una recta intención en quien promovió el escrito. Yo pienso que tal vez crea que somos tontitos y nos lo tragamos. En todo caso es evidente que tras esta maniobra y otras muchas está la ambición personal de un tupé y un maxilar que ambicionan inmortalizarse como pertenecientes a un hombre «providencial»; esto es, al fundador de una nación. Ni más ni menos.
Luego, tras los consabidos comentarios al resto de las noticias del día, el director del programa presenta un libro escrito por el citado periodista que, como siempre, había iniciado el espacio radiofónico. El libro se titula «Puedo prometer y prometo»; la lapidaria frase con la que don Adolfo Suárez abrió la transición y que aún me parece estar oyendo.
El caso es que, según se nos revela ahora, la frase no fue escrita por el entonces presidente del Gobierno, sino por el periodista autor del libro. Según éste nos relata, don Adolfo requirió sus servicios para la redacción de aquel discurso casi sin haber mediado relación previa entre ambos. Y recuerda el periodista que antes de ponerse a ello preguntó al presidente algo así como: «¿Y qué prefiere usted; provocar el aplauso de los congresistas o qué lo que usted diga tenga una repercusión mediática?» A lo que el presidente respondió: «Pues, sobre todo, lo segundo, pero que, por añadidura, caiga también algún aplauso».
El resultado es de todos conocido. Convenientemente reiterado, aquello de «puedo prometer y prometo» quedó para la historia. O sea, que fue un éxito total.
Pero a lo que voy. Oído esto, el director del programa matutino pasa a otra cosa y pregunta al periodista: «¿Y qué hay de aquello que se dijo de que don Adolfo Suárez ya tuvo desde niño la ambición de acabar siendo presidente del gobierno?» Y aquí afiné el oído y les diré por qué:
Recordé entonces una reunión de miembros de mi promoción celebrada por aquella época. Tenía enfrente a un compañero mío que, por lo que le oí decir, conocía desde muy joven al entonces presidente del gobierno. Salvo por aquella ocasión y otras reuniones parecidas – casi siempre destinadas a organizar celebraciones o viajes – poco volví a saber de él, salvo cuando, estando yo destinado en Jerez de la Frontera, asistí por invitación suya a un partido del equipo local del cual era él entrenador, y en el que, tal como es acostumbrado, la afición le puso a caldo.
Pues bien, en la reunión a la que me refiero surgió, no sé bien cómo ni por qué, un comentario suyo sobre su vieja relación de juventud con don Adolfo Suárez. Y nos habló de la obsesión que éste tenía por prepararse para lo que llegó a ser más tarde; y así ensayaba discursos oficiales como quien va a pasar el examen de reválida o aspira a ser notario. De aquí que al comentarse el tema en el programa radiofónico yo aguzara el oído para comprobar hasta qué punto se confirmaba como cierto aquel recuerdo mío de los años setenta.
He de decir que el resultado fue totalmente positivo: según el periodista autor de la famosa frase, la cosa ya empezó a los doce años de edad. Y creo no equivocarme transcribiendo que a los quince nuestro hombre ya propuso al obispo de Ávila unos importantes cambios – que fueron aceptados – en la acción católica, en la que él lideraba un grupo. Así que la versión del periodista coincidía plenamente con la imagen que yo acuñara en mi memoria.
Traigo ésta a colación porque unos simples comentarios aplicados a la actualidad me permitieron identificar dos ejemplos muy significativos de hombres dominados por la ambición. Porque, efectivamente los hay y ahí está la prueba. Lo cual no me importaría en absoluto si no medrasen a costa de su prójimo, y conste que de ambición no quiero ni la que llaman «sana». Pero, si todas las comparaciones son odiosas, la de estos dos próceres me parece que lo es especialmente. Porque don Adolfo Suárez consiguió lo que pretendía entregándose a un encomiable esfuerzo en beneficio de la nación española en un momento histórico en el que él buscó la conciliación y la unidad de todos sin enredarse en los dineros. Y lo hizo sin hacer ostentación de «aquí estoy yo». Procedente de una familia de la clase media, tampoco, que yo sepa, puso su ambición personal al servicio de su cuenta corriente.
Por lo contrario, el del tupé, pavoneándose como si fuera el sursum corda, aprovecha arteramente otro momento enormemente crítico para cargarse la nación que el otro afianzó, y lo hace fomentando, no solo ya la desunión, sino hasta la ruptura de la convivencia.
Todo esto mientras, como es sabido, se enriquecen los de siempre: las grandes familias que siempre manejaron el cotarro: por ejemplo, las beneficiarias de aquel tres por ciento cuyo destino nunca acabó por aclararse.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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