Apócrifo. 19. Ausencia de José

Por Carlos de Bustamante

(Natividad.Tabla del Maestro de la Natividad del Louvre en pintura.aut.org/ 167 x 167) (*)

Aunque en “el Portal de Belén” nunca faltó la luz, sin duda no reunía las condiciones mínimas para ninguno de los que le habitábamos. Bueno, excepto para Virutas que, en su elemento, bien podía ser el único lugar de donde no lo echaran ¡a escobazos! Nunca se quejó Myriam, pero en las continuas miradas y atenciones a su Hijo, no era aquello lo que mejor quería para ÉL. Menos que a ninguno le gustaba a José. No era tampoco una cueva el palacio que él hubiera querido para su Esposa, y menos aún para el Niño recién nacido; el que bien sabía cómo era Hijo del Dios Altísimo.

-¡Tarsicio!, llamó un día.-Ven, me dijo. Y fui. Gigante a mis ojos, aunque ya no tanto(los etíopes crecemos como la mala yerba), ante mi sorpresa dijo: Necesito de tu ayuda ¿querrás…, “por fa”?

-¡SÍ, mi amo!, le contesté inmediatamente.

-Bueno, vale. Pero no vuelvas –me replicó serio- a llamarme amo, porque con nosotros, eres absolutamente libre. Es muy bueno José; pero, aunque le pese, Tarsicio siempre será si no esclavo, sí esclavito de los que me acogieron con tanto amor.

– Es que, prosiguió hecha la pausa, tengo que ir a Belén y tengo que dejarte al cuidado de “todo”, finalizó con la mirada tiernísima a Myriam y al Niño . Aún muerto de curiosidad, no le pregunté nada. Casi le dije como los legionarios romanos: “¡A sus órdenes!”. Sin nada, porque nada tenía, habló con Myriam y salió deprisa del establo. No sin dar antes un beso al que quería más, mucho más, que si fuera de su misma carne y sangre. Se fue triste y volvió contento. ¡A ver…!

No sé cómo, Virutas se encaramó en mi hombro y me sopló al oído: “José ha encontrado casa en el pueblo”. Como de costumbre y de un salto con voltineta incluida, volvió al suelo. Ni le pregunté cómo y por qué lo sabía, ¡que Virutas es mucho Virutas…!

Entre los dos aparejamos a Pequeña y acomodada sobre ella Myriam con sumo cuidado partimos hacia Belén. La casa a donde llegamos pronto (la gruta no estaba lejos del pueblo) era un tanto vieja y destartalada. Con el Amor de José y la ayudita de Tarsicio, pronto la “hicimos” como nueva. Allá a lo lejos, en la falda del monte, la luz del candil dejado casualmente encendida, mostraba el lugar donde el “rosal de David había dado flores”.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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