Por Javier Pardo de Santayana

( La llegada del Presidente John F. Kennedy y su esposa a Dallas poco tiempo antes del asesinato. Foto en Wikipedia) (*)
Nadie tome este artículo como una descalificación global del periodismo. Que Dios me libre de ello. Pero el hecho al que pienso ahora referirme es tan significativo, que me parece conveniente darlo a conocer a mis lectores a fin de que tomen conciencia de como son las cosas y no tomen como dogma o algo parecido lo que lean por muy buena que sea la firma que lo escribe; lo que en realidad se incluye dentro de eso que conocemos como «las realidades de la vida».
Les ruego se sitúen en algo sucedido hace – hoy mismo, cuando escribo – la friolera de cincuenta años. El escenario es la ciudad de Dallas, que conozco desde antes del famoso magnicidio. Allí, en mi primer viaje, compré un sombrero tejano que dio tumbos por nuestra casa antes de desaparecer. Como es sabido, el protagonista del hecho es un presidente norteamericano miembro de la gran familia Kennedy. En alguna ocasión creo ya haberles referido que llegué a vivir «in situ» su aparición política, sus vibrantes discursos llenos de futuro y convicción, y su atractivo acento bostoniano. Antes coincidí en aquel país americano con la interesante campaña electoral que le llevó a un despacho oval que yo visitaría años más tarde. Mi visión en directo tuvo lugar en San Antonio, frente a El Álamo, donde también conocería a Nixon, un hombre inteligente desacreditado por el embrollo del Watergate, hotel en el que me albergaría años más tarde en una de mis estancias en la ciudad de Washington.
Todos conocemos de memoria la tragedia; aquella en que un extraño personaje disparó a JFK desde una ventana del almacén municipal de libros de enseñanza. Entre vuelo y vuelo desde El Paso hacia Alabama, yo mismo tendría la ocasión de recorrer en taxi aquel trayecto desgraciado que empezó en el aeropuerto de Love y acabaría en las urgencias de un hospital maldito.Y de ver algo que ahora explicaré.
Para ello saltemos a España años después. En la primera página de uno de los diarios principales, la firma de un destacado periodista; de lo mejor de entonces. Su titular: «Dallas quiere olvidar».
Arranca el artículo con algo parecido a esto: «El memorial construido en Dallas en recuerdo…» Salto enseguida: «pues la ha metido hasta el mismo corvejón». Y es que, efectivamente, tal como yo ya de entrada imaginaba, su artículo se basa en la repetición del título; cada párrafo se iniciará con este remoquete: «Dallas quiere olvidar». Y, con tal base, el periodista desgranará su prosa pleno de retórica con las diversas razones que lo avalan.
¿Que por qué achaco yo entonces una metedura de pata colosal al susodicho artículo? Pues porque en mi recorrido del aeropuerto al hospital de Dallas tuve ocasión de ver el monumento en el lugar del hecho. Y, efectivamente, tal como el periodista recordaba, en él destaca un lema impresionante, pero no aquel conscientemente repetido como base de sus interesantes argumentos, sino otro que dice exactamente lo contrario. Sin duda el periodista suponía que decía algo así como «olvidemos» – lo cual puede tener razón de ser, y no la niego -. mas lo que realmente proclamaba era «para que no olvidemos», que aunque es igual de lógico, no deja de expresar un deseo contrario al que él expuso.
Sí señores, el lema no era «let us forget», como el periodista sin duda suponía, sino algo parecido pero radicalmente opuesto: esto es, «lest we forget». Algo que podría haber pasado sin excesivo daño para él si tan definitivo error no fuera la contundente tesis de su artículo.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm6.staticflickr.com/5526/11010183726_2aabbbc4c3_o.jpg