Por Javier Pardo de Santayana

( En la Plaza de Santa Ana. Acuarela de Javier Zorrilla en acuarelasjavierzorrilla. blogspot.com.es. 65×50) (*)
Dos fotografías. En la primera se ve un mar de banderas, Llevan los mismos colores que la de la española, pero lo que buscan es cargársela. Claro que la añadieron una estrella, como las que exhiben las de Cuba y Mozambique. La mayor parte de ellas pertenecen a estados africanos; ninguna a Europa, por supuesto.
En la otra puede verse una calle tomada desde arriba para que veamos mucha gente. Son los amigos de los asesinos, los que se beneficiaron de éstos, y los consabidos tontos útiles. Impresentables todos, e increíble escena. Nos trae el recuerdo de otras fotografías: las de la desolación del tiro en el cogote y de la bomba lapa, los de los rostros de las familias rotas y el frío de las miradas que les observan desde detrás de los visillos.
Otras dos fotografías acuden a la cita. En una reciente vemos a dos hombres: un tipo con «piercing» en la oreja y sin corbata, el otro, con su corbata y su chaqueta, como de tener buena cuenta corriente. En otra foto, bastante más antigua, un parlamento y un político que se inclina hacia otro y la pregunta qué hay del famoso tres por ciento. Entre ellas andan la hipocresía y el engaño. El contraste mismo lo revela: el del piercing no es otro que quien sacudía el árbol, y el de la corbata quien recogía el fruto, que él mismo o sus mentores lo dijeron. Y de aquel tres por ciento nada más se supo. Sólo que algunas familias se forraron y andan evitando que se sepa cómo.
Pero aún hay alguien que ha propiciado el que podamos ver tanta gente por la calle y tanta bandera tremolando; tanto desatino, tanto odio exhibido y apoyado. Se trata de la progresía. En uno de los casos, las primeras elecciones «democráticas» vieron la victoria de un partido de la progresía civilizada, bienintencionada, que poco tenía que ver con cualquier ansia popular de independencia. Pero como toda progresía es ingenua – por no aplicarla otra definición más clara y contundente – acabó por triunfar su oposición, y ésta, en un rasgo extremo por mostrar talante (que en esto de ser progresista nadie quería ser menos que el vecino) regaló su responsabilidad a quienes tenían por objetivo la traición. Así de duro y así de verdadero. Y los separatistas tomaron las riendas del poder: ya nada escapó a su control a ultranza. Ni una hoja se movió sin un permiso.
Para más inri luego se repartió la responsabilidad educativa a todo hijo de vecino, y si mostrabas tu sospecha de que todo acabaría en lo que hoy vemos era mejor guardársela, porque la progresía te tachaba de extremista. Todo el mundo era ya benéfico y angelical. Y así el sueño de la razón, esa ilusión masónica de antaño, creó estos nuevos monstruos impresentables que ahora ya vemos casi con naturalidad.
Así que unos pusieron las bombas y otros se propusieron dárnoslas con queso. Algunos, desleales incluso a quienes les mantienen y les permiten pisar moqueta, aparentaron el famoso «seny», que mire usted dónde quedó al final, y retorcieron todas las verdades, empezando por la verdad histórica. A aquel hombre que tan claramente expresó su patriotismo hacia España en una guerra sucesoria le colmaron de flores como paradigma de sus anhelos secesionistas, y a quienes siempre les trataron con respeto y afecto les convirtieron en ogros que se comían a los niños. Vergonzosa tergiversación para proteger y ampliar su tres por ciento.
Pero como la progresía llegó a su culmen, y lo que se dio en llamar el «pensamiento Alicia» se instauró como único oficial, los entusiastas del relativismo han seguido haciendo de las suyas. Hasta vistieron de eufemismos su negación de que estábamos en crisis. Y nadie se libró: hasta sus oponentes acabaron impregnándose, que aquí como se queda bien es manteniéndose en los clichés de lo «políticamente correcto» que aquéllos acuñaron.
Así que con tanta garambaina y tanto político a la violeta nos han dejado España hecha unos zorros. Lo que no es de extrañar, pues la obsesión progre entregó a nuestros autoproclamados enemigos las riendas del poder, y bien que las aprovecharon. Ya sabemos para que sirven las riendas: para mejor manejar a los pollinos. ¿Recuerdan a Pinocho en la Isla de los Juegos?
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm8.staticflickr.com/7382/12254199744_d7402273c4_o.jpg