Por Carlos de Bustamante

(Madonna in trono tra angeli e santi. 1310. Tabla de Giotto di Bondone) (*)
-¡Eh, eeeh, oigan, oooiigaaan…! , no tan “agudos” que me entierran en vida entre tanta viruta! -dijo Alguacilillo saliendo a duras penas entre un montón de ellas. Los “hombres” reímos. Alguacilillo murmuró no sé qué de “juanín o juanazo”-.Cosas de su idioma, me dije sin entender el significado.
Lo cierto es, que a Alguacilillo le “dimos” la mano y se tomó hasta el codo”. ¡Qué sabía el animalejo del límite de confianzas con los superiores humanos…! O sea, que mientras Jesús y Tarsicio -servidor de ustedes- trabajaban en el taller, allí estaba Alguacilillo… estorbando y sin parar de darle a la lengua. Eso sí, entre las virutas. Aunque de menos edad que yo, Jesús no me decía nada por seguir al ratoncillo la corriente del palique; pero bastaba con mirarle para saber que “comer y sorber no puede ser”. Y no es que Jesús no hablase con Alguacilillo, sino que lo hacía sólo en los momentos de descanso. Y no como el ratoncillo y yo, que siempre estábamos dispuestos a hablar hasta por los codos…
Al principio de ir a la escuela nos acompañaba Myriam. Hasta que un día me atreví y le dije:
-Ama y Señora, yo creo que como aunque esclavito soy ya casi mayor, podría cuidar de Jesús sin que Tú mi ama, tengas que dejar las faenas de la casa para acompañarnos-. Te prometo, mi Ama –añadí- , que cuidaré de Él como si fuera mi hermano pequeño. Me gané un beso que me supo a gloria. Desde entonces, desde casa hasta la escuela yo llevaba a Jesús cogidito de la mano. Era yo, Tarsicio, quien me sentía cuidado por Él.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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