Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Luis Sala Luna en Amigos acuarelistas de Facebook) (*)
Recién publicadas mis disquisiciones sobre «La pereza mental del español» me caen en las manos sendos artículos que inciden en enfoques parecidos a los que yo abordaba en estas páginas virtuales de los Foramontanos. Lejos de mí la pretensión de que aquellos humildes comentarios míos pudieran haber influido lo más mínimo en quienes ahora parecen descubrir lo que yo ya había percibido y expresado. Es más, ni por asomo se me ocurre que a gente tan principal pueda ocurrírsele leer lo que yo escribo en este blog desde un anonimato de hecho que me tranquiliza y me libera de la amenaza de la polémica de siempre, hoy convertida en deporte nacional. Quede así la cosa en una coincidencia significativa que bien pudiera reflejar un hecho preocupante y de calado suficiente como para aconsejar la reflexión de quienes hoy abordan un enfoque de la educación que, liberado de los tics habituales de la ideología mal llamada «progresista», busque y consiga mejorar los actuales resultados académicos.
Tampoco quisiera, como es lógico, contribuir al omnipresente pesimismo. Ya lo sufrimos bastante con la crisis y con el efecto amplificador de los políticos; sobre todo de aquellos para los que cualquier mejora supone un retroceso en el camino hacia el poder. Aquellos que poco a poco consiguieron que la queja y el lamento formaran parte de la estética y la «corrección política» más allá de lo puramente razonable en estos tiempos de penuria y desconcierto, convirtiendo una cosa y otra en ingredientes eficaces para hacer cundir la desesperación ante un futuro incierto. No quisiera por tanto, como dije, contribuir demasiado al pesimismo, pero sí a ese espíritu de regeneración que podría hacernos recuperar una esperanza cuya posibilidad muchos descalifican ya de entrada.
El primero de los artículos a que aludí se dirige al ministro del ramo en vísperas de una próxima Ley actualmente en elaboración. Nos remite a uno de los obstáculos más potencialmente influyentes para el éxito de cualquier futuro esfuerzo, es decir, a lo que el firmante llama «el aire público» o talante con el que el español se relaciona con cualquier hecho de carácter cultural. En la opinión del articulista su importancia estriba en que esta influencia del ambiente malogrará una buena parte de los esfuerzos que puedan realizarse, porque el poder de su influencia excede al que recibimos en las aulas. Y de aquí la advertencia. Habrá, pues, que hacer un plan complementario para lograr un cambio de actitud.
Describe el autor de tan interesantes comentarios la reacción habitual de nuestros compatriotas ante cualquier aproximación a la cultura que exija raciocinio. Lo normal entre españoles, dice el articulista, es desmarcarse del tema ya sin más como si el interesarse por él resultara inoportuno. Salir del paso echando mano, incluso, del recurso del humor; una muestra evidente de inseguridad. Y aún incide nuestro hombre en algo muy cercano a lo que yo mismo he abordado en este blog: esto es, que cualquier intento de introducir claridad y precisión en el razonamiento resultará inútil en la mayor parte de los casos. Todo esto le parece importante y digno de ser tenido en cuenta para justificar la conveniencia de actuar más allá de lo que es la pura legislación concreta.
La segunda lectura – mismo día, mismo periódico – se refiere a una fotografía comentada en la que aparecen los dos papas actuales. El periodista se extiende en consideraciones sobre la presencia del «Papa pensante» en la Basílica de San Pedro y hace contrastar su discurso intelectual con la actitud de un mundo automatizado y reacio al esfuerzo de pensar y reflexionar «más allá de los 140 caracteres de un tweet». O sea, digo yo, de una sociedad que, como la nuestra, es incapaz de cualquier esfuerzo de análisis medianamente serio y no se inmuta ante la incoherencia de los «diálogos para besugos», que de éstos ya he aportado también más de un ejemplo.
Es decir, que ahora, con informe Pisa o sin él, a la hora de enfocar nuestra futura Ley de Educación para hacer de España una nación a la altura de los tiempos que vivimos y sobre todo del futuro que nos espera a la vuelta de la esquina, quien lo haga no sólo tendrá que contará con la férrea resistencia de quienes de seguro se negarán a abandonar un sistema elaborado por grupos orientados por ideologías dominadas por el relativismo a ultranza o por el sectarismo independentista, sino que tendrá que armarse de paciencia para promover un cambio de actitud ante la ciencia y la cultura. Y en esta tesitura no tendrá colaboradores sino adversarios expertos en manipular los medios en un ambiente general reacio desde siempre al análisis y también perezoso a la hora de pensar; poco proclive por tanto a entrar en profundidades y mucho a abandonarse a los productos enlatados.
Así que quien tuvo el valor de asumir tan alto riesgo no sólo tendrá que soportar – como desafortunadamente estamos constatando – una personal e interminable «vía dolorosa» de insultos y descalificaciones personales, sino que se verá obligado a establecer las bases necesarias para poder superar definitivamente inconvenientes muy sutiles y arraigados.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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