Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Sansón en El Norte de Castilla el pasado día 18) (*)

No hace tanto tiempo que Europa era aún territorio para la esperanza, una ilusión compartida y soñada por unos dirigentes a quienes guiaba una idea casi religiosa; no en vano eran hombres creyentes y comprometidos a instaurar la paz definitivamente en nuestra común y ahora infeliz morada. Allá donde se fraguaron tres grandes guerras nada menos: una «fría» y dos a tiros.

Recordemos que el éxito llegó a ser extraordinario: incluso se estableció una moneda única y se habló de un ejército común. Así el proyecto se convertía en ejemplo para el mundo: un «we can» hecho realidad.

Naturalmente, se cuidó muy mucho de no volver a las andadas: para pertenecer el club había que garantizar que quien entrara no introduciría en él las viejas rémoras, que un proyecto de unión como éste no podía albergar el germen de la secesión y del enfrentamiento. Y muchos concebimos la esperanza de que este desideratum tuviera también su reflejo en nuestros lares, así que supusimos que en adelante estaríamos bastante más tranquilos; que una Unión Europea empequeñecería y haría absurda cualquier política de campanario y sus secuelas perniciosas de la misma forma que desterraba las luchas intestinas. Además, tan atractivo cambio iba unido a un progreso material asegurado por la unión de unos países mayoritariamente prósperos, así que nuestro continente se convertiría en una de las grandes potencias del planeta. Y añadiré que esto ocurría muy oportunamente: cuando la emergencia de otras naciones poderosas amenazaba con poner en solfa la vigencia de los principios inspiradores de Occidente, hasta hoy fundamentales para la convivencia en libertad.

Una crisis de caballo y otras circunstancias conocidas hacen que unas elecciones como las que se avecinan adquieran especial importancia por su repercusión para nosotros y nuestros socios europeos. Y sin embargo, en estas horas bajas de hoy los comicios serán de seguro contemplados como ocasión para ganar bazas internas. Se aprovecharán, sobre todo, para intentar suprimir al adversario. Esto ocurrirá sin duda indefectiblemente: se intentó con el Tinell, con el accidente del Prestige, y no digamos con el feroz atentado del que hoy se cumplen ya diez años; que estos sí han sido «años de plomo». Así que, según se deduce de lo que vemos y oímos en sus vísperas, hemos pensado (y esto es mucho decir) que se vayan al demonio los bellos pensamientos europeos, la realidad financiera y económica y el gran proyecto de paz y convivencia; que la preocupación por la paz es ya cosa de otros tiempos. Y lo primero es lo primero.

Aquí la cosa es – ustedes bien lo saben – hundir a quienes comparten nuestras desdichas pero se esfuerzan por superarlas poniendo en juego su prestigio, machacar a aquellos con quienes más debiéramos estar de acuerdo para lograr los grandes objetivos. Pero la memoria, ya se sabe, es frágil, así que nos olvidaremos de los sueños y pasaremos al ataque. No iremos más allá de Génova y Ferraz, de las descalificaciones personales y de los dogmas ideológicos; en el fondo, de la lucha por el poder y sus prebendas de vanidad y de aprovechamiento sectario o personal. Esta ocasión de las elecciones europeas no será para avanzar en la unión y en el perfeccionamiento de las instituciones de nuestra comunidad continental, pues para una buena parte de españoles sólo servirá como instrumento y plataforma para cargarse a la otra parte de nosotros mismos. Y aún así todavía quedan quienes, para mayor abundamiento, aún añoran el muro de Berlín. De ahí que no sorprenda este enfoque del acontecimiento aunque la crisis haya demostrado más que nunca que nada se podrá hacer sin una Europa unida y sin gente capaz de superar una situación caótica de quiebra.

Pese a todo no puedo imaginar que volvamos a ponernos en manos de aquel grupo folclórico de ineptos que repartía alegremente los dineros de todos para hacer demagogia de taberna. Ni que vuelvan aquellos dirigentes nuestros especialmente aptos para el enredo pero que dormitaban aburridos en las reuniones internacionales en que se debatía nuestro futuro. Por eso, ante el cariz de lo que hoy percibo en el ambiente me pregunto si nuestro problema no será de inmadurez: si realmente es ésta una nación de gente en su mayoría responsable y medianamente inteligente, o, si, por el contrario, vivimos en un país que han infantilizado hasta el extremo la mediocridad y una suicida y cainita mala baba.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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