Por Javier Pardo de Santayana

(Calle de Amsterdam II. Acuarela de Javier Zorrilla en acuarelasjavierzorrilla. blogspot.com.es) (*)
Mi improbable lector sabe perfectamente que a poco que me descuide me pongo a filosofar sobre una de las muchas cosas que pasan por mi mente. A filosofar, sí, pero entre comillas: nada académico y formal. La mayor parte de las veces se trata de algo relacionado con esta vida nuestra que procuramos sobrellevar con dignidad. Y en esta tesitura caigo en la cuenta de hechos que la mayoría de los mortales da por supuestos sin reconocer casi nunca su importancia.
Así, hoy temprano, recién despierto y estimulado quizá por la agradable caricia de una ducha – teniendo ya fresca la cabeza – me pareció encontrar (dirán ustedes: pues vaya cosa rara) un paralelismo inusitado entre dos funciones básicas de la naturaleza humana. Precisamente las dos más esenciales.
Me refiero, claro está, a la alimentación y la reproducción. La primera asegura la supervivencia de cada ser individual, y, la segunda, la de la especie humana. Nada menos. Todo lo demás, por importante que parezca, no alcanza la esencialidad de estas dos funciones capitales.
Veamos ahora lo que está ocurriendo en las sociedades más desarrolladas. Superado lo fundamental – contar con alimento suficiente para subsistir – la satisfacción del hambre se convierte en un placer que posteriormente se refinará hasta convertirse, como sucede en nuestros días, en una parte importante de ese «bien estar» que califica a nuestra sociedad y es el deseo principal del hombre.
Hay por tanto un momento en el que lo que fue necesidad se transforma en un deleite casi intelectual que en el fondo saca partido de la sabiduría de la Creación que dotó al ser humano de un mecanismo – estómago y papilas gustativas – transformador de la simple y esencial satisfacción del hambre. Así, para quienes pueden permitírselo, la exigencia natural de alimentarse – con facetas poco presentables, como la masticación y deglución del bolo alimenticio – se sofistica y se transforma en un arte de fundamentos químicos que nos sitúa bastante más allá de lo que la naturaleza exige. Entramos, pues, en un amaneramiento que, con la sana intención de embellecer y enriquecer el entorno del hombre, aleja a éste de la realidad de un mundo donde aún hay mucha gente que conoce lo que es el superar sencillamente el hambre.
Curiosamente, también la sabiduría de la Creación adorna de placer otra necesidad elemental que tiene el ser humano como miembro de una especie para la que evitar la extinción es una cuestión prioritaria. Y si esto da qué pensar en la medida que demuestra una sabia relación de la naturaleza entre el sentimiento del amor y los mecanismos biológicos, más hace cavilar el hecho de que en lo que atañe a la función reproductiva se haya seguido un proceso semejante al ya descrito en relación con la alimentación, pues también en este caso el hombre ha ido poniendo más y más énfasis en el aspecto placentero que acompaña a la esencialidad de la función; tanto que ha acabado por definirla como una «práctica» asignada al capítulo de las actividades «lúdicas». Así la importante función social del sentimiento amoroso y sus trascendentales consecuencias han quedado oscurecidas y relegadas al desprecio con lamentables resultados para lo que demandan la naturaleza y un buen equilibrio de la sociedad. La técnica proporcionó los medios necesarios, y con unas y otras cosas se fue desvirtuando lo esencial en beneficio de lo secundario.
Grave cuestión ésta, pues si ante los excesos que se cometen en la alimentación la reacción de las instituciones y los grupos sociales se ha orientado a aumentar más y más las adecuadas prevenciones inundándonos de sabias advertencias sobre el peligro del azúcar, la bollería industrial o el colesterol, en lo que se refiere a la función reproductiva el amaneramiento de una sociedad desorientada por el relativismo y el culto al cuerpo nos empuja cada vez más hacia unas prácticas que la convierten en ruleta rusa con la que llega a eliminarse al ser humano de diversas formas. Y así estamos ahora: inmersos en una ciega y estulta zafiedad y en la más torpe banalización de una función del hombre de la que dependen realidades de gran complejidad y trascendencia incluso para la especie; entre ellas, nada menos que la vida misma. He aquí una deriva sumamente peligrosa que afecta a la más seria responsabilidad del hombre.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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