Por Carlos de Bustamante

(Vidriera de la Sinagoga de Hadaza. Obra de Marc Chagall, foto en pintura.aut.org) (*)
-¿Sabes Jesús…? -quise dar la noticia a quien de sobra lo sabía. Sí. Tarsicio, además de esclavito, negro y etíope, era borrico e ignorante. ¿Cómo no iba a saber Jesús la noticia de Pequeña si era Él quien se lo había concedido cuando era poco menos que imposible?
-Ji, ji, ji, ji-… Rieron Mykita y alguacilillo al unísono. Alegres, al fin, reímos todos. Y con mi brazo sobre Su hombro, marchamos contentos a la escuela.
A todos cuantos estaban con Jesús les sucedía algo parecido; sin ser especial, a mí no; Tarsicio sabía quién era y de dónde venía; los demás ni idea. Pero junto a Él todos, sí, todos, sentíamos una sensación nada fácil de describir. Menos por un esclavito, etíope, negro y “al cabo de la calle”. Era paz exterior e interior extraordinarias. Quiero decir, que siendo en apariencia un jovencito como los demás de la escuela transmitía la serenidad propia de las personas extraordinarias.
¡Qué bien se estaba con Jesús jovencito! Cierto que siempre había alguna “oveja negra” en el hatajo de la mayoría blancas; eran los que la envidia no les permitía disfrutar de la alegría y sencillez que irradiaba su presencia. Si eso ocurría lo primero en la escuela, no les digo en casa. Desde los no tan irracionales se transformaban ante Él. Porque desde su Madre hasta Alguacilillo, Pequeña y Mykita, nos mirábamos en Él sin descanso y sin cansancio. Cuando trabajaba; cuando descansaba; cuando leía pausadamente las oraciones de la Torá; cuando disimuladamente le veíamos mantener largas conversaciones con mi Ama y Señora…
Lo que, sin embargo, más me llamó siempre la atención era cómo cualquier actividad en el taller, en casa, en la escuela o en el monte, la hacía tan acabadamente bien, que bien sabía su amigo Tarsicio que con ellas estaba haciendo oración al que repetidas veces Le oí llamar Abba-Padre. Sin queriendo Tarsicio intentaba-sin conseguirlo casi nunca- hacer lo mismo. Cada día me tocaba comenzar y recomenzar este propósito tomado al verle el día anterior. Sólo su Madre, mujer, como nosotros casi hombres, se asemejaba en todos sus actos (perfectos) al Hijo de sus entrañas. Con Jesús y Myriam en casa, la vivienda como que se transformaba: hogar luminoso y alegre. Tarsicio no sabe cómo puede haber una dicha mayor; porque en la casita de Nazareth, se estaba como en el cielo.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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