Por Javier Pardo de Santayana

( Atentos. Acuarela de Álvaro Peña en facebook.com. pages ) (*)
Me acerco a internet con el encargo de renovar una demanda de empleo y pienso cuántos y cuántos españoles estarán haciendo lo mismo que yo intento hacer. Para ello cuento con cierta orientación, y lo agradezco: se trata de unas indicaciones que entregaron al hacer la inscripción.
Así que empiezo. Mas cuando esperaba algo sencillo y a la altura de lo que se espera de un proceso no exclusivo para informáticos con experiencia y título, veo que acabo de emprender un camino proceloso. Tiro de unos datos apuntados y los introduzco: un número larguísimo y una clave mezcla de números y letras tanto mayúsculas como minúsculas. Pero el sistema no se contenta con este alimento; habrá que introducir otra clave nueva, lo que parece estar en el procedimiento de seguridad. Así que me invento una sin ton ni son y la apunto en mi bosque de claves, ya tan espeso y abundante que estoy a punto de perderme en él. Sé que si no la anoto donde las demás acabaré por hacerme un lío descomunal, ya que tengo acumuladas claves para un montón de cosas diferentes. Así para la seguridad habré de recordar dos que me permitirán activar y desactivar todo el sistema; otra no numérica para responder certeramente si me llaman de la central porque se me olvidó dar a las teclas al volver a casa. Se trata de una palabra clave que pronunciaremos por teléfono y será distinta de la necesitada para entrar en facebook o en skype, por poner tan sólo un par de ejemplos. También están las necesarias para el manejo de mi Apple, la del correo electrónico y no sé cuántas más. Difícil recordarlas cuando se necesitan, convendrá guardarlas todas en un mismo sitio y consultar éste cuando la duda surja.
Así que probamos una sarta de números y letras. Parece que hemos acertado, mas siguen sin mostrarnos una referencia clara a lo que estamos pretendiendo: no hay alusión directa a la situación de quien simplemente busca una renovación de la demanda; sólo expresiones ambiguas entre las cuales tendremos que elegir a tientas.
A estas alturas ya me acecha la tentación de abandonar. Dudo en si tirar o no la toalla, mas no me arrugo y sigo porfiando: pruebo suerte varias veces para ver si la flauta suena por casualidad. Por fin, en una de esas salta a la pantalla algo que ya suena mejor. Me agarro a ello como a un clavo ardiendo. Luego – no me pregunten ustedes cómo – surge la frase que esperábamos: la demanda ha sido renovada. Y yo me siento feliz de haberlo conseguido. Repito que ni sé cómo he llegado a ello: como suele ocurrir con frecuencia en esto de Internet, creo que no sería capaz de repetir la historia porque el camino ha sido una serie de intuiciones.
Realmente que esto sea así me parece indignante por absurdo. Absurdo es que alguien con dos dedos de frente pretenda que al común de los mortales – aquel que lucha por tener un simple puesto de trabajo – no se le hable desde el principio con la propiedad y la sencillez de la palabra. Creo que no hay derecho a que se le enrede en el lenguaje; que lo normal al plantearse algo así sería buscar la sencillez: ir por derecho. Que bastaría con cuatro indicaciones claras y directas; que no hace falta más; tan sólo preguntarse como lo haríamos de palabra a un parado que quiere renovar su demanda de empleo. Admito, sí, que haya que proteger sus datos identificándole de la forma que proceda – con la clave tal y cual o tal número de expediente – para, una vez reconocido y localizado éste, dar por renovada su demanda. Más sencilla no puede ser la cosa. Yo, de verdad, no veo la necesidad de marear a los parados y que éstos no sepan nunca si van o no por buen camino.
Este fallo esencial no es ciertamente el único que observo en la tramitación virtual. Se trata, por lo que veo, de un nuevo estilo que hace caso omiso de la lógica y nos obliga a seguir como corderos la jerga y las maneras de los técnicos deformados por la tecla. Y a mí esto me sorprende, por cuanto estuve durante años inmerso en la tecnología más avanzada sin encontrar en ella más que buen sentido y respeto hacia el «usuario»: materia gris al servicio de la gente, combinada con un esfuerzo por que todo se entendiera y por eliminar en lo posible el fallo humano. De ahí que no me crea lo que dice esa leyenda urbana que presenta la actual jerga como más natural que la anterior porque «los niños entienden todas estas cosas mejor que los mayores». Pienso que esto es sólo un cuento chino; que esa forma aparentemente caótica que observo en los nuevos modos y maneras no puede resultar más fácil para cualquier inteligencia que una exposición lógica y sencilla de lo que hay que hacer.
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm3.staticflickr.com/2918/13927165109_0856d69373_o.jpg