Por Javier Pardo de Santayana

( Abrazo de dos ausentes. Acuarela de Eduardo Naranjo) (*)

Hace poco escribí un artículo recomendando algo que me parece digno de ser tenido en cuenta: que la fascinación de la noticia no nos debe hacer creer a pies juntillas cuanto oímos en la radio, vemos en la televisión o leemos en los periódicos y revistas; que pongamos en solfa la información que recibimos, o, por lo menos, no nos traguemos todo cuanto nos llegue de una u otra forma como si se tratara de un oráculo. Y esto por mucho que el mensaje cuadre con nuestros esquemas previos, pues es cosa frecuente que nuestro filtro personal dé por bueno lo que encaja en la idea preconcebida que tenemos de lo que nos es narrado o expuesto en imágenes y que refrende aquello – bueno o malo – que, por la razón que sea, nos imaginamos o nos gustaría que ocurriese. «Si non e vero, e ben trovato», dicen los italianos en estos casos.

Mas no quiero que tal prevención pueda ser interpretada como una crítica implacable al periodismo, pues que lo publicado rara vez responda totalmente a la realidad es cosa natural y que hemos de comprender, porque el error, más que que de la voluntad de quien se esfuerza por transmitirnos una realidad difícil de transcribir tal como se nos presenta, procede de las imperfecciones inherentes a la inestable condición humana y de la ingenuidad de quien como lector, radio oyente o televidente, toma como dogma cuanto lee, ve u oye.

Ya señalé algunas de las dificultades esenciales del oficio, como la fugacidad de la noticia, la complejidad de las situaciones, o, como muchas veces, el desconocimiento previo del entorno. Pero hoy quiero añadir otra que exige, no sólo arrojo y decisión, sino un valor a prueba que hemos de admirar. Me refiero a ese periodismo del conflicto que mueve a algunos valientes a meter la nariz en él y exponer su vida buscando la noticia. Ese periodismo en el que todo es incertidumbre, peligro e incomodidad. Aquel de quien que se expone al sufrimiento y ante el cual pierde valor el cotilleo mediático, político o social acostumbrado: el periodismo de aventura, de mochila y camastro.

Resulta sobrecogedor leer las estadísticas de periodistas asesinados o muertos en la brega cada año. Cuántos fueron secuestrados y encerrados en lugares infectos, por ejemplo. Cuántos fueron sometidos a la amenaza del degüello o del tiro en la nuca por el terrorismo. Y no es sólo eso; que antes tuvieron que buscarse a contrapelo visados, permisos y salvoconductos, que eso hay que vivirlo; comunicarse con gentes empecinadas en la violencia y que hablan idiomas ininteligibles; discutir con quienes les ven como enemigos y recelan de cada uno de sus movimientos y sus gestos; viajar por parajes sórdidos y hostiles; malcomer y maldormir entre escombros y disparos, y, sobre todo, ver la muerte cada día cara a cara. Todo esto con sus familias en vilo y aterradas ante la la posibilidad de una noticia indeseable.

Setenta y siete periodistas, – sí, setenta y siete – cayeron tan solo en 2013, dicen los datos de Internet. Y uno imagina cómo y después de cuánto sobresalto y sufrimiento. Muertos a veces después de la tortura.

Sí; uno no puede por menos de imaginar aquel ambiente de su última mirada: aquellas últimas horas en manos de gente desalmada de aspecto feroz y trato incomprensible. Desconectados de los suyos y de cualquier posibilidad de salvación, y olvidados de todos menos de sus familias y – espero – de sus cónsules.

Sobre todo, olvidados. Ellos, que buscaban la noticia.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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