Por Carlos de Bustamante

( Campo abierto. Acuarela de Francisco Pedro Roldán Morales) (*)
Sobradamente tratada la denominación dudosa, les he de decir, que, Bardulia o no, se la comenzó a apellidar “la de los castillos”. En lo sucesivo simplemente Castilla.
Consolidado el espacio de Asturias (la tierra de los astures), Don Pelayo vio claro, que, unidos, era más que posible derrotar al “enemigo infiel”. Y lo hizo. Covadonga y la Santina- siempre éstas nuestras tierras de María- fueron testigos y “protagonistas” de la más severa derrota que nunca sufrieran los del Islam. En toda regla. Huyeron de la que fuera tierra quemada. Consolidadas las fortalezas-salvo episodios caballerescos, que momento habrá de relatar alguno de ellos – los cristianos hispanos establecieron en los ríos Ebro y Duero las primeras fronteras que delimitaban la lenta pero, sin prisa y sin pausa, progresiva Reconquista.
Sin duda Encontraron los cristianos tierras cuidadas y bien labradas- artistas los moros en tales menesteres-, pero con tan inmensa soledad, que imposible cumplir en las soledades de la meseta el mandato divino de “custodiar y trabajar la tierra”. Será en el próximo, si Dios es servido, cuando desvelemos, al fin, el “motivo” de esta serie de minirrelatos.
Aunque cualquier momento es oportuno y confesar nuestra fe -recibida de éstos nuestros mayores-, entiendo que es debido con ocasión o sin ella; a tiempo y a destiempo. Digo, pues, que no puedo por menos de resaltar el hecho de que, con gran frecuencia, si la fortaleza o castillo se situaba normalmente en puntos dominantes de cada pueblo, la misma fe dicha de los habitantes, levantaba iglesias más o menos monumentales según los posibles o ayudas recibidas de la nobleza o arrebatadas a los antes dominadores infieles. Si no creen o dudan de cuanto digo, visiten, por favor, la “ruta de los foramontanos” y verán como la imagen de ellas vale más que mil palabras de cuanto el relator pudiera decirles.
Iglesias o ermitas, que como la clueca acoge a sus polluelos bajo las alas, así acogían a los fervorosos cristianos, con sus casas en derredor, en los inicios (también luego) de la España reconquistada o, en su momento, defendida.
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