Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Miki y Duarte en el Diario de Sevilla el pasado día 27 de Junio ) (*)
Es el día siguiente a la proclamación de nuestro nuevo Rey, y oigo algunos comentarios de los consabidos tertulianos. Se refieren al discurso real: que si está bien o no tan bien. Uno dice que le faltó algo de “chispa”, es decir, alguna frase que provocara un gran aplauso. Yo pienso que ya estamos con el petardeo mediático y me digo: hombre, según esto parece que se pondrán de moda el entusiasmo y la ciega adoración al líder, cuando parecía todo lo contrario, es decir, que el entusiasmo era hoy considerado por nuestra progresía como cosa de democracias imperfectas …
Otro dice, con buena intención sin duda, que lo que hizo el nuevo Rey fue señalar las líneas “a seguir” para consolidar la monarquía… Pero vamos a ver, señores, ¿no es nuestro estado una monarquía parlamentaria? Pues eso es lo que somos: una monarquía parlamentaria. Y ya está. No vamos a estar poniéndola y quitándola en cada ocasión que se presente. ¿Imaginan a alguien comentando que los discursos de la Reina de Inglaterra tienen por objeto señalar su plan para consolidar la monarquía?
Y es que la Reina de Inglaterra representa a eso, a Inglaterra, o sea la historia y la aventura común de una nación ilustre. Ella es su representación; en ella vemos a la Reina Victoria, al Imperio Británico, el nacimiento de las democracias europeas y un estilo de estar en el mundo. Una cultura, una lengua y todas esas cosas que ustedes ya conocen. Así que la Reina podrá ser guapa o fea, que desde luego la actual no es ni ha sido nunca una Angelina Jolie ni cosa parecida; podrá ser más o menos acertada en sus atuendos, podremos ridiculizar incluso su bolsito, pero nada de esto afectará al funcionamiento de un nación importante y con Historia. Podrán meter, sí, la pata, deudos y familiares – que como bien sabemos la han metido con cierta asiduidad – y ella seguirá siendo la Reina de Inglaterra y la cabeza de la Commonwealth.
También sabemos que España tuvo algún Rey que otro de no muy buena fama. Ahí está Fernando VII, al que aún conocemos como el “rey felón”. Pero en la Gran Bretaña disfrutaron de uno que tenía la costumbre de decapitar a sus esposas y hasta fundó una religión para que no le pusieran pegas a la hora de cambiar de compañera. Y, sin embargo, la Reina no sólo sigue estando ahí, sino que su autoridad no es ni siquiera puesta en duda. Ella es la Historia y ellos la asumen en su totalidad.
Yo creo que aquí damos demasiada cancha a los piantes y liantes, alentados por la artificial amplificación de los pequeños éxitos de la “Cofradia de la Malababa”, que como ustedes saben alcanza al Parlamento. Pues que quieren que les diga: que se chinchen. No les hagamos más eco de aquél que se merecen. Recuerden, como ejemplo y para tranquilidad del vecindario, que en Gamonal, los del partido del alcalde acabaron por triunfar en las recientes elecciones. O sea que, al final, la mayoría estaba de acuerdo con él pero se acochinó.
Ridiculicemos, pues, a esa gentuza que parece estar siempre cabreada. Que “no se gusta”, como dirían los sociólogos, Confiemos más en la buena gente de siempre: en los que aman a su Patria, en los que están orgullosos de su Historia, en los que son mayores de edad y no se dejan manejar como si fueran niños.
Pues ahí es nada la Historia de España… El Imperio Británico fue glorioso sin duda, pero nadie mejor que los españoles sabemos de sus fallos. Ahí tienen la fragata “Mercedes” tan citada en estos días; la atacaron a traición no estando en guerra con nosotros y se cargaron familias enteras, con mamás y niños incluidos. Pero no por eso se mesan los ingleses los cabellos o se rasgan los vestidos en señal de autoflagelación.
Nosotros somos conscientes de ello. Pero quizá no lo seamos tanto de nuestra propia importancia en la Historia de Europa y hasta del mundo entero. Porque, así como quien no quiere la cosa, con la Reconquista España recuperó la unidad del continente en sus esencias: el pensamiento griego, la organización romana y el espíritu cristiano. La Europa de siempre. Luego extendió aquella cultura al otro lado del océano y creó países que hoy día valoran nuestra impronta. Es más, tuvo el detalle de ir más allá y hasta de dar por primera vez la vuelta al mundo. Y miren si eso no puede ser mediático en estos tiempos de “globalización”.
Pues bien; esta es la Historia que ahora debe lucir en la continuidad de la institución monárquica española, con – como es lógico y normal – los cambios demandados por los avances sociales que impone y aconseja nuestro tiempo. Si además aporta precisamente lo que más necesitamos, que es estabilidad, no la tiremos por la borda. Sólo insensatos pueden proponernos volver a las andadas: la idolatría de las ideologías. Pues que sepan que no estamos en el siglo XX; que ya se desacreditaron los videntes; que ya sabemos lo que dieron de sí todos aquellos; que no anden cambiándonos el mobiliario para medrar o dárselas de listos; que no nos traten como a críos. Que España es una gran nación antigua que ya ha vivido mucho y tiene mucho de qué presumir; sólo hace falta darse cuenta de que la mayoría no es de quienes más gritan.
Así que hablen los españoles según lo que ellos mismos piensan. No crean que hay obligación de doblegarse ante lo que algunos intelectuales a la violeta determinan “políticamente correcto” o lo que algunos descontentos con profundo desconocimiento de la Historia y permanente dolor de estómago pretenden. Que ya los conocemos: presumen de “demócratas”, pero lo que de verdad desearían, aunque no lo confiesen, sería ver de nuevo en nuestras calles un mar de banderas rojas tremolando.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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