Por Carlos de Bustamante

(Ciudad de Tiberíades a orillas del Mar de Galilea. Acuarela de David Robert en “View the Holy Land”; odisea2008.com ) (*)
Yo, ignorante, no lo hice. Jesús sí. Rufo tenía sustituto en el oficio de pastores y, aunque sintiéndolo de veras, recibió, resignado, la noticia de nuestra marcha. Tarsicio, como siempre, a por uvas.
En Caná nos fue fácil encontrar casa. Nos la tenían reservada ciertos parientes próximos de Jesús o Myriam, que de fijo quién, no lo sé. Era amplia, no muy nueva, pero muy bien conservada. Aunque lejos del lago de Tiberíades, era una maravilla.
Del finiquito con Rufo, teníamos algunos ahorrillos; pero no los suficientes para vivir con el decoro que merecía Myriam, ni para acondicionar la nueva casa. Al amanecer del siguiente día de la llegada, marché al puerto de pescadores. En Cafarnaún.
Zebedeo era patrón de una pequeña flota de barcas de vela. Además de los de su propia familia, tenía también jornaleros duchos en el oficio. Con conocimiento previo de “mi familia”, nos contrató a los dos. No mentí, pues le dije que yo al menos en la vida me había visto en otra más gorda. Tampoco fue toda la verdad; porque me infundía el mar tal respeto, que allí, precisamente, no era Tarsicio Juan sin miedo. Pero estando con mi Amigo Jesús, todo era diferente. Si Él se embarcaba en aquellas cáscaras de nuez, yo también.
En pocos días, los dos éramos consumados pescadores-marineros. Aprendí pronto; como más pronto aún a devolver al mar hasta la leche materna y papillas que tomé de niño e incluso alimentos sólidos ya de mayor. ¡Un oleaje y baile de los demonios!
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm4.staticflickr.com/3103/3094698317_b9aaa4f4a5_o.jpg