Por Javier Pardo de Santayana

( Ruinas de Cartago. Dibujo de Francisco Roldán Morales) (*)
¿Quién iba a imaginar hace tan sólo trece años cómo iba a estar el mundo hoy? Guerra santa combinada con otra igualmente a muerte entre facciones del Islam, una casi Guerra Fría de nuevo y otra real en Ucrania, los americanos de nuevo en un antiguo escenario de combate, un feroz intercambio de cohetes y bombas en Oriente Próximo, una supuesta “primavera árabe” que acabó en el fracaso, y una rampante persecución de los cristianos por doquier. Resurgir de problemas raciales en Norteamérica, Europa de capa caída y España a merced de lo políticamente correcto, con la gente sin empleo, los terroristas pisando moqueta, unos revolucionarios de coleta recolectando votos a mansalva, parte del país en trance de desmembración aprovechando el desconcierto, y el padre y promotor de tan funesta idea pillado “in fraganti” en sus turbias maniobras financieras. ¿Quién da más?
Sobre este panorama que tiende a lo caótico, imágenes vetadas por “herir la sensibilidad». Un conocido periodista describe en ABC una sobrecogedora colección de vídeos exhibidos impúdicamente por sus autores; se trata de asesinatos en masa y de una crueldad extrema ofrecidos al público para el consumo mediático. ¿Recuerdan cuando el 11S un presidente norteamericano dijo que había que ir a por ellos, y los remilgos que todos hicimos con lo de las armas de destrucción masiva y todo lo demás? Pues hala, ahora hay que volver a Irak, y plantear de nuevo una relación a frotamiento fuerte con los rusos ya no soviéticos pero aún con los tics de siempre. Todo muy “light” para no asustar al personal, es decir, intentando convencernos de que al final no pasará gran cosa: los rusos se tentarán los bolsillos con preocupación y cambiarán de tecla, el diálogo en Extremo Oriente acabará por imponerse, y el resto se arreglará a base de ayuda humanitaria y poco más. O sea con paños calientes. Será cuestión de hacer el tancredo nuevamente y evitar escenas desagradables en televisión; claro que no en las películas, donde veremos cosas parecidas pero acompañadas de palomitas de maíz, que a nadie gusta ver salvo en ficción como degüellan a un semejante y le brota la sangre a borbotones.
Recién leído el artículo de referencia – tan sólo pocas horas más tarde – la noticia es, tristemente, nada menos que una decapitación: la de un periodista norteamericano, por más señas católico, tras cerca de dos años de insufrible cautiverio. Los autores de este guión espeluznante pretenden la saturación: un efecto muy intenso que merecerá la débil respuesta a que está ya acostumbrado todo el mundo. Porque aquella “yihad” de goteo de aparatosos actos terroristas se halla ya superada: a estas alturas un ejército salido de no se sabe dónde se ha zampado una buena parte de un país eliminando de paso a los infieles y a los hererodoxos por los procedimientos más crueles. He aquí una nueva versión de lo que suele conocerse como “socialización del terror”: los mismos asesinos facilitarán el material informativo bien empaquetado y listo para su reproducción por si la prensa careciera de contenidos suficientes para periódicos y telediarios.
Lo que más llama la atención de todo esto es que en pleno siglo XXI haya mujeres que, no sólo no se rebelen ante la imposición del obligado burka y de la prohibición de recibir la menor educación, sino que incluso se presten a matar y a morir por tan absurda causa. Y que tenga aún tirón lo que ahora pretenden estos desalmados; es decir, hacer tabla rasa de una sociedad que, pese a todas sus imperfecciones, ofrece un panorama de progreso y libertades que hizo de ella un modelo deseable. También extraña el silencio de los movimientos feministas ante esa obsesión del Islam por callar y someter a la mujer, o que, después de lo que vimos el siglo pasado y de lo que la historia nos enseña, aún se prediquen teorías revolucionarias y se reaviven guerras de religión. Incluso que haya que explicar que todo esto es una burrada de solemnidad..
Quizás la clave de tan kafkiana situación tenga que ver con una decepción. Antes vivimos una Guerra Fría que incluía la amenaza nuclear, y eso era tan serio o más que lo que estamos presenciando ahora. Pero entonces el peligro era conocido y previsible, todos éramos conscientes de nuestros valores y nuestras convicciones, sabíamos que valía la pena defenderlos, y no era necesario decir mucho para llegar a los acuerdos necesarios. Pero por encima de todo había una batuta, y en cambio ahora no hay ni director de orquesta. Nadie parece estar dispuesto a soportar los sacrificios que exige el reaccionar con decisión ante un panorama tan dantesco.
Ahora – y esto fue uno de los efectos más nocivos del 11S – nuestro mentor ya no inspira el respeto de antes y tampoco parece convencido de que deba ejercer el papel moderador de su poder, porque el “buenismo” se ha hecho carne en el señor Obama, un personaje atractivo que hizo concebir unas ilusiones excesivas.
Menos mal que, como a la fuerza ahorcan, siempre es posible que nos dejemos un día de pamplinas y decidamos hacer frente con mayor coraje a una arrogante exhibición del mal que – como la que ahora estamos experimentando – supera las pesadillas de la imaginación más retorcida.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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