El violinista en el tejado

Por Javier Pardo de Santayana

( El violinista. Óleo de Chagall) (*)

Leo en el periódico una noticia que me impresiona como el brillo de una joya en la oscuridad de un bosque. Es un caso curioso: el de un músico que interpreta una pieza mientras le operan en un hospital.

De entrada la cosa precisa cierta explicación, porque una intervención quirúrgica exige casi siempre la inmovilidad absoluta del paciente puesto que cualquier movimiento puede resultar inconveniente. Tanto, que la mayor parte de las veces se aplica anestesia local o general. Y tocar un instrumento en esa circunstancia es algo claramente improcedente, tanto que si a algún demente se le ocurriera tamaño despropósito sería conminado en buena lógica a prescindir de hacerlo. Es más, uno supone que el cirujano y su equipo se lanzarían encima del paciente para despojarle del instrumento enarbolado, cualquiera que éste fuera, y lanzando imprecaciones indignadas ante tan insólita actitud.

Operación de cerebro, nos dice la noticia. “Pues más difícil me lo ponen”, pienso yo. Eso debe requerir buen pulso y precisión a tope. ¿Que de qué músico se habla? Pues nada menos que de un violinista de la Orquesta de Minnesota… Y uno imagina, efectivamente, a un violinista rascando las cuerdas de su instrumento mientras el cirujano, con su bata verde y mascarilla puesta, hurga en el interior de la cabeza del artista intentando dar con el punto exacto. He aquí una escena surrealista si las hay.

Sin embargo, cuando a uno se lo explican aunque sea someramente – pues la noticia no pasa de once líneas cortas – llega a la conclusión de que un gesto tan aparentemente irracional como el ya referido resulta ser fundamental. En efecto, la que parecía una inútil humorada resulta ser algo esencial para una buena y delicada intervención quirúrgica: sólo de esa manera y vigilando sus efectos inmediatos podría localizarse con exactitud la zona donde debe ser realizado el minucioso implante de unos electrodos que permitirán controlar los movimientos del paciente, hasta entonces perturbados por temblores pequeños pero sumamente inoportunos.

Y, en efecto, a partir de la curiosa operación, nuestro violinista recuperará la soltura y la precisión de su arte musical, hasta el punto de que Roger Frisch – que así se denomina nuestro hombre – se reintegrará a la orquesta ya citada con la única variación de tener que pulsar el botón del dispositivo que se le implantó y regular así ese punto casi mágico en el que sus movimientos respondan dócilmente a su inspiración y voluntad.

Desde luego yo hubiera deseado que la noticia fuera acompañada por una instantánea del momento en la que pudiéramos ver a los protagonistas en plena acción; es decir, al cirujano en el momento clave de la intervención, es decir, con sus cinco sentidos centrados en la adecuada aplicación de sus delicadas herramientas de trabajo, y al paciente – al que imagino de frente despejada y melena descuidada – con su violín encajado en la sotabarba y los ojos y la expresión transidos por la emoción del arte. También habría deseado que el zafio periodista añadiese a su curiosa información alguna referencia a la pieza interpretada en aquel difícil trance, que sin duda hubo de ser de fuerte inspiración mas en extremo delicada. Ya ve usted; ese es el tipo de información que yo suelo echar de menos.

También echo de menos que algún artista de la pintura o de la ilustración nos hubiera sacudido tomando este suceso como tema inspirador, es decir, reproduciendo con gracia e imaginación esa escena inaudita que sin duda ya habrán ustedes construido en sus mentes respectivas al seguir la lectura de este artículo. Ahí tendrían ustedes representados algunos de esos ingredientes que producen en nosotros sensaciones inefables, como los que nos sitúan entre el silencio más respetuoso y la más abierta carcajada, al no saber si llorar de emoción ante las maravillas de la ciencia y la excelsitud del arte musical, o la de dejarnos sacudir por una sorprendente coincidencia que la lógica repudiaría: la conjunción irrepetible de uno de esos momentos en que, arrastrado por el arte, nuestro espíritu levita, con la severidad paralizante de un acto quirúrgico nada menos que en nuestro cerebro.

Ahí me gustaría a mí ver a Goñi o a Chagall.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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