Por Carlos de Bustamante

( S. Benito y el mercado del Val al fondo. Óleo de J. M. Arévalo) (*)
No vaciaba el mercado del Val, pero rara era la persona que, a la entrada o salida, no se dejase los cuartos en el “puesto” de León Salvador, a poco que le escuchara. Tal era su poder de de seducción, que incluso mozas o mujeres mayores se llevaban ¡encantadas! brochas, maquinillas, cuchillas y útiles de afeitar que “mía tú pa qué las iban a querer”.
Nada fácil, pues siempre sería mal imitador de sus cualidades innatas o adquiridas no sin esfuerzo, trataré de recordar….: Con meticulosa intriga habría el cofre de sus tesoros; vulgo maleta de madera.Tras unos escuetos pero corteses buenos días o buenas tardes, se lanzaba al ataque…:
-“¡Última novedad, señoras, señores, del mercado internacional!”. Y sacaba, por ejemplo, una vistosa pluma estilográfica.
– “¡La pluma moderna, la gigante!, ¡¡carga más de veinte gotas!!”. Al mismo tiempo que las palabras dichas, mostraba al personal absorto una estilográfica, pluma desconocida para muchos. Desenroscada por la mitad, introducía el punto “de oro de catorce quilates” en un tintero. Comprimía la goma al descubierto con los enormes dedazos y, al dejar de presionar, la goma absorbía la tinta que él acompañaba con el gesto exagerado de succión. La volvía a componer. Después de garabatear varias hojas completas del bloc que le presentaba su ayudante “Quinito”, lo mostraba al público que alababa asintiendo con el gesto la nitidez de la escritura. Volvía a desenroscar la joya, y despacio, con calculada parsimonia, exprimía luego la goma. Ahora con el tintero y pluma en alto, bien a la vista de todos. Mientras contaba las gotas, animaba a corear al personal: “¡Una, dos, tres, cuatro…!”.
Se detenía, sonreía y continuaba. Otra vez acompañado por el público absolutamente subyugado por las bondades del producto: “¡Cinco, seis, siete…!”. Coro en aumento. Intérpretes todos de la comedia que vivían como protagonistas, proseguían con el beneplácito en el gesto sonriente, seguro, del director de orquesta. “¡Diez y ocho, diez y nueve, veinte…!”. Suspense y silencio provocados por un nuevo alto en el cuentagotas. Levantaba aún más alta pluma y tintero. Ante los ojos atónitos de los espectadores, exprimía un poco más la goma y el personal enfervorizado: ¡”Veintiuna, veintidós!”. Y León Salvador satisfecho: “¡¡Más de veinte gotas!!”. El público entregado. Faltaba rematar la faena. La finalizaba acto seguido:
– “¡Amigos míos…! (ya lo eran), no os pido el precio verdadero, ni os aconsejo la compréis por el que os pidan en el comercio -¡50 pesetas o más!-. Esta Montblanc -añadía- de la que han omitido la marca para no encarecer el producto (no conocía lo de marca blanca), yo os la ofrezco a menor precio que en fábrica. No os pido 50, ni 45, ni 40, ni 35, ni 30… ¡Os la doy por sólo 10 pesetas! ¡¡Un regalo!!”. Cuando, convencidos los presentes, alguno alzaba el brazo solicitando una “Montblanc”, León Salvador parecía hacer caso omiso, para así continuar…:
-“Un momento señores, que hay para todos.- Por paisanos y amigos, con la pluma os entrego, y además gratis, un paquete de diez cuchillas de afeitar -las consabidas piel roja- (ovación cerrada), crema, brocha del más suave pelo de tejón, y maquinilla con la que afeitarse la tropa o el paisanaje como caricias de mujer”. Tomaba un pequeño sorbo de agua; se secaba el sudor con un pañuelo blanco, impoluto, y esperaba… La reacción era inmediata: multitud de brazos en alto. León Salvador no era un charlatán cualquiera, vencía y convencía. En tanto que Quinito el ayudante repartía y cobraba las “gangas” de pluma y lote de productos, León Salvador proseguía impertérrito:
-“Porque yo, mis amigos, bien sé que con vosotros pierdo dinero; ¡pero me gano la gloria!”. Hasta los más remisos levantaban el brazo antes de que se acabaran las plumas y los objetos preciosos de regalo. El grupo aumentaba con más y nuevos transeúntes. Perspicaz de nueva y mayor clientela, aún con la voz rota y gesto de bondad suma, repetía: “¡Pierdo dinero, si, pero gano la gloria!”. “Cuando me muera -añadía muy serio- (consternación en el auditorio) me imploraréis por esta `pertinaz sequía´ que padecemos: ¡San Salvador!: ¡¡agua!!”. Levantaba la manaza y cerraba el puño al tiempo que añadía: “¡¡Cada melocotón así de gordo!!”.
Sabía, en fin, León Salvador decir la frase adecuada en el momento oportuno. Cuando mayor era la aglomeración de posibles clientes por Semana Santa y barruntaba distracción entre el público, decía inteligente:
– “¡Descubrirse, que van a echar tomillo y romero porque va a pasar la Virgen”. Él se santiguaba devotamente…; los paisanos cubiertos se descubrían; y los soldados, ¡firmes!, ejecutaban bizarros el saludo militar. Captada nuevamente la atención, proseguía…
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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