Matar a alguien

Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Nieto en ABC el pasado día 14 de Septiembre) (*)

Me juego lo que quieran a que si preguntáramos a nuestros conciudadanos si les parece bien matar a alguien, el 99 por ciento diría que sólo en caso de que peligrase su propia vida; algunos pocos añadirían “o la del prójimo”. Y a las madres ni se les ocurriría añadir que tolerarían matar al propio hijo por muchas circunstancias que mediaran, como incomodidad, inducción por parte de otros o motivos sociales o económicos. Naturalmente, si la pregunta se extendiera a otro tema diferente, como si tienen o no conocimiento de haber sido en su día un feto en desarrollo, el porcentaje ascendería al cien por cien, y cualquier respuesta diferente sería tomada por error o desequilibrio mental del encuestado. Y, sin embargo, vemos cómo un buen numero de españoles, incluidos importantes líderes políticos, difieren de estas opiniones que supongo yo espectacularmente mayoritarias. Entramos por tanto en una distorsión de la razón.

¿Qué hay detrás de esta aberración no sólo moral sino también, incluso, de la propia lógica común?

Uno supone que la ignorancia o el prejuicio, es decir, el juicio que no ha llegado a ser juicio; el que se emite sin reflexionar. Uno se pregunta, por ejemplo, si los adolescentes de hoy no saben de dónde vienen los niños. Y no adelantaré respuesta, ya que ésta es evidente. Estamos por tanto en un problema de asunción de responsabilidades.

El planteamiento proabortista parte de un sofisma: cada mujer es individualmente dueña de su propio cuerpo, así que puede hacer lo que quiera con sus hijos mientras los tenga dentro de su vientre. O sea que si la molestan o tienen visos de poder molestarla por cualquier razón, puede eliminarlos – o sea matarlos – sin mayor remordimiento. Ignorancia consciente porque en el fondo tiene su raíz en el egoísmo, origen que puede atribuirse a todos los pecados, o llámelos usted como bien le parezca. Quien así pueda pensar muestra, sí, un enorme desprecio por la vida, incluida la propia, que se considera manipulable y sujeta a la dictadura del más fuerte. La dureza de corazón de quien se considera libre para destruir a sus propios hijos excede toda medida razonable y corre parejas con la irresponsabilidad declarada, no sólo de la madre en trance de parir a la víctima como de quien la ayudara a engendrarla. Es, en resumidas cuentas, un caso de desenfoque total e irresponsable de un hecho tan trascendental para la especie humana como su perpetuación.

Así que destrozar una vida en el seno de la madre es hoy para muchos cosa banal y dependiente de la voluntad humana, mientras hacerlo aunque sea solo poco después de nacer se consideraría un crimen execrable; realidad esta de todos los días que no tiene el menor sostén intelectual.

Creo yo que si tal aberración es posible en nuestros días – inicios ya del siglo XXI – es porque se ha popularizado hasta la náusea un relativismo moral que alcanza incluso a la relación entre padres e hijos y entre cada uno y la sociedad a la que pertenece y a la que también debiera respetar. El resultado es que lo bueno es simplemente lo que a uno le apetece o lo que le conviene para facilitar su bienestar, su disfrute o simplemente su tranquilidad. Verdaderamente no se concibe mayor falta de madurez ni mayor irresponsabilidad que ésta. Y sorprendentemente estas actitudes y estos hechos coexisten con la proclamación del axioma de que la base de una democracia avanzada – como parece ser el caso de España – es el ciudadano consciente de su responsabilidad. puesto que en sus manos se ha depositado nada menos que el futuro del país.

Que puede haber difíciles problemas familiares o sociales que sitúen a las futuras madres en situaciones complejas o difíciles es cosa sabida pero que ocurre con la mayor parte de lo que sucede a la gente sin que por ello ésta mate a nadie. Es más, nos indignamos justamente cuando alguien se permite hacerlo para salir de un trance, aunque pueda llegar a comprenderse que un hecho parecido, se llegara a cometer en un desvarío de la razón. mas en ningún caso matar a un hijo puede ser cuestión de derechos y de aplausos. Sólo de atención generosa a quienes se encuentran en situaciones imposibles para evitar la tentación de hacerlo, y, llegado el caso, de comprensión y perdón a quienes llegaran a cometer esa burrada por ofuscamiento.

Llegará un día – seamos optimistas – en el que quienes exhiben esas impúdicas teorías que incitan a deshacerse de los hijos a punto de nacer – disfrazándolas de buenismo y de modernidad, serán objeto de una repulsa general que presumo semejante a la que hoy recibiría cualquier acto esclavista que en su tiempo fue aceptado como normal y conveniente, o a la que aún hoy se produciría si alguien osara enaltecer los estropicios de los dirigentes nazis o del doctor Mengele, tan parecidos en estos menesteres a nuestros paladines del aborto.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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